Por Ismaïl HARAKAT

Desde su independencia -e incluso antes-, Marruecos apostó fuertemente por los Estados Unidos como aliado leal, incluso cuando el mapa del mundo árabe estuvo en buena parte tintado de un inequívoco rojo socialista. El Reino alauita estuvo al lado del tío Sam durante la Segunda Guerra Mundial, durante la guerra del Golfo y la actual guerra contra el terrorismo. Además, miles de millones de dólares han acabado en las arcas de las empresas norteamericanas de venta de armas durante las últimas décadas y nuestro modo de vida se inspira en lo que nos llega de Broadway y de Hollywood.

A la hora de hacer el balance de lo que supuso concretamente para Marruecos este alineamiento ciego y que roza el absurdo, cabe preguntarse sobre la pertinencia de una apuesta política tan poco equilibrada. ¿De qué nos sirvió ser el primer país del mundo en reconocer la independencia de los Estados Unidos en 1777 bajo Mohamed III? Algo que siempre la diplomacia marroquí ha puesto de relieve como si se tratara de una tarjeta de visita diplomática. ¿De qué nos sirvió invertir millones de dólares en unas cuantas operaciones de relaciones públicas en los Estados Unidos, incluyendo el contratar servicios lobbistas de primer plano como Edward Gabriel, John Abi Nader y otros? ¿De qué nos sirvió la diplomacia del cuscús y de las alfombras que consiste en gastar una barbaridad en visitas de grupos de presión y periodistas norteamericanos? Cuando están en Marruecos juran por todos sus santos que somos los más guapos, pero una vez de regreso, una parte de ellos no se priva de darnos lecciones de democracia y de derechos de hombre como si la primera potencia mundial estuviera por encima de cualquier reproche en este sentido.

En fin, Marruecos ha tardado demasiado en darse cuenta que sólo los intereses cuentan para el tío Sam y no la historia o los sentimientos. Si es verdad que Argelia nunca ha tenido lazos tan estrechos con los Estados Unidos, el oro negro y el gas natural constituyen una moneda de cambio para tomar decisiones políticas que no van necesariamente en el sentido de la razón o del corazón. Y los norteamericanos, al contrario de los europeos, te hacen saber sin tapujos ni guantes que sus intereses están por encima de cualquier consideración. A partir de ahí, no nos puede extrañar el cambio de actitud brusco de los estadunidenses en cuanto a la cuestión del Sáhara. La cosa no tiene nada que ver con los derechos del hombre porque todo el mundo sabe que los yanquis establecen muy buenas relaciones con muchos regímenes poco recomendables a través del mundo pero que presentan la ventaja de tener un suelo rico en petróleo y en gas natural.

La diplomacia marroquí debe ya darse cuenta de unas cuantas realidades. A partir del año 2016, es decir mañana, China será la próxima primera potencia económica mundial si se mantiene la tendencia actual de su crecimiento. El presupuesto militar chino supera desde hace un par de años la mitad del presupuesto militar estadunidense. Lo que es absolutamente considerable y amenaza con poner fin a la hegemonía militar norteamericana. Y otros países empujan fuerte como Rusia, por ejemplo, que no parece dispuesta a perder terreno tanto a nivel económico, político o militar respecto a las dos potencias actuales.

Es una cuestión de buen sentido. Apostar por los Estados Unidos de una forma exclusiva es un cálculo contra productivo. El mundo está cambiado de una forma más rápida que nunca. No hay motivo por lo tanto para que la diplomacia no se adapte al cambio. Lo requiere un mayor equilibrio.

Otros horizontes prometedores nos esperan con la emergencia de países que presentan un potencial de desarrollo interesante. Hay que osar.