Noor Ammar Lamarty

Hoy nos ha llovido la verdad a todos. La rabia de unos y el rencor de otros, sólo se traducen de esa manera en nuestro humor para recordarnos que la desgracia en este mundo no entiende de religión, de ideología, de procedencia, y mucho menos de educación. Es inherente a quienes seamos, donde estemos, lo que sintamos, opinemos o queramos. Simplemente cualquier parte de nuestra identidad puede condenarnos a ser el pecado de alguien, de algunos, o de muchos. 

Hoy este jaque mate de sangre sólo nos recuerda que somos los peones de una misma partida en la que nos hemos obsesionado con que los enemigos son del bando contrario. Las redes se inundan de la rabia de los que llevan sufriendo los prejuicios que pesan sobre el islam y los musulmanes durante tantos años, que aclaman el carácter de terrorista del atacante que ningún medio subraya. Mientras,  aquellos que lo viven  desde el rencor esbozan crueldades del tipo “Quien siembra vientos, recoge tempestades”. Y para desgracia de todos, (incluso de los que no opinan, y sólo observan sorprendidos), estamos alimentando el bucle del odio, el bucle de la ignorancia, en el que no somos conscientes de que mientras pensemos vivir una guerra constante, van a existir dos bandos enfrentados. Lo que no sabemos, desde la rabia, ni desde el rencor, es que no va a cambiar el mundo lo que hoy sintamos, ni lo que opinemos, ni lo que queramos que los demás sepan. Van a seguir existiendo personas con problemas mentales que cometan atrocidades en nombre en una ideología, una religión o una procedencia. Sólo nos corresponde a nosotros saber contra quién estamos peleando, y sobretodo cual es el precio a pagar por esa pelea.

Porque el enfrentamiento sesga, limita y destruye innecesariamente.

La rabia condena, y el rencor reconcome.

 El mal, allá donde exista nos envuelve e inmiscuye a todos, nos hace daño a todos, y sobretodo nos divide lo suficiente para garantizar que estemos lo suficientemente lejos para no entendernos nunca y así poder perpetuar la costumbre de echarnos la culpa constante por todo.

La violencia, la sangre y la maldad son las armas necesarias para generar la duda, la discriminación, la falta de tolerancia, el miedo y la división de las sociedades. Porque una vez que todos odiemos lo suficiente, una vez que todos tengamos la suficiente rabia o rencor que nos muevan día a día a vivir enfrentados, se habrá garantizado, que la desgracia separe más de lo que une. Y de esa manera, sólo garantizaremos que siga ocurriendo y que nunca aprendamos de un pasado que nos tiene dicho a grito de lamento que la única manera de ganar una guerra es evitándola.

La masacre de Nueva Zelanda, es la humildad llamando a las puertas de quienes tienen la poca tolerancia de pensar que el enemigo tiene religión, procedencia o una cultura determinada, olvidando que la condición de humanos nos atañe a todos y de que el día que seamos conscientes de que todos somos blancos fáciles para el mal, podremos aprender a perdonar, y a ver con ojos de bondad incluso aquello que no conocemos y en lo que no creemos.

Las vidas ya están cobradas, los sueños ya están rotos, las familias ya están destrozadas. Igual de destrozadas que las de Charlie Hebdo, que las del 11M, que las de las Ramblas de Barcelona, que las de Palestina, que las de Senegal, que las de Venezuela, que las de Siria, que las de todas las partes del mundo en las que injustamente falta el corazón y la cordura para que nadie se sienta con el derecho a arrebatarle la vida a otra persona. Intentemos que no sean muertes en vano. Sino que dejen el legado, de que en todos los lados del mundo, la sangre es tragedia de todos. Sin importar a quien se rece, lo que se piense, o de donde se sea.