Anwar Zibaoui

Las ciudades se enfrentan a múltiples retos y se convierten en espejo amplificador de las dificultades con las que se encuentran los países. Y Barcelona está reflejando la situación de incertidumbre política que, de prolongarse, puede afectar a su proyección internacional.     

Barcelona ocupa una posición estratégica, y su modelo es una referencia para el intercambio, el dialogo y la integración. Pero hay que consolidar la apuesta como ciudad plataforma y centro decisivo en el Mediterráneo. Para ello, se deben aunar voluntades y recursos, e ir en una sola dirección.

Barcelona debe seguir su camino para consolidarse como ciudad global, líder en el comercio, las artes y el conocimiento. Tiene el alcance, y la ambición para dar forma, no solo al mundo de la economía, sino también ser su modelo. Promover sus ideas, su cultura, sus políticas y su futuro. Además de ser lugar para vivir, podría convertirse en actor en la escena mundial. La habitabilidad, y no solo para la rentabilidad, debe ser una apuesta.

Una ciudad es atractiva mientras sea diferente. Porque este es el siglo de las ciudades y en ellas reside el verdadero poder más allá de los estados. Las ciudades y no los países, impulsarán la creación de riqueza y se convertirán en pilares globales. Las 600 ciudades más grandes conducen la economía mundial, representan el 60% del PIB mundial.

La carrera entre las ciudades es cada vez más difícil. A pesar de la perdida de la sede de EMA y el actual momento, Barcelona dispone de infraestructuras, de una gran oferta hotelera, distritos de innovación que son herramientas útiles para seguir impulsando una coherente política de promoción internacional, hay opciones para desarrollar una oferta que sea a la vez cuantitativa y de calidad. Barcelona puede consolidar y rentabilizar aún más su marca, construir una reputación, aumentar el interés y facilitar la llegada de talento, empresas e instituciones internacionales.

Pero hay que tener una estrategia clara, un discurso sólido, conocimiento profundo de las competencias y demostrar esta capacidad de creación de la cultura de intercambio.

Ignorar esta realidad sería muy peligroso. No se puede actuar como si el éxito dependiese de la historia o como si el futuro estuviese predeterminado por el presente. Barcelona ha conseguido una transformación espectacular en su desarrollo interno y un dinamismo externo que le ha valido el reconocimiento mundial. Pero ahora hay que estar vigilante. Y Barcelona y su gente, son capaces de volver a ilusionarse e ilusionar.