Alexandra Dumitrascu

Pie de foto: En 2015 se ha registrado un aumento de 567,35% de los incidentes de carácter islamófobo en España

Cada acto terrorista de carácter islámico acontecido en suelo occidental, entre otras consecuencias, contribuye a alimentar la ola xenófoba e islamófoba. De acuerdo a un estudio de la Universidad de Leipzig, publicado en el mes de junio, más del 40% de los alemanes que participaron en la encuesta estaban de acuerdo con que se prohibiera la entrada de los musulmanes en Alemania, mientras que la mitad aseguraba sentirse ajeno en su propio país ante ya su numerosa presencia. Además, los resultados del estudio revelaban que el apoyo al partido anti-inmigración Alternativa para Alemania –agrupación que considera, entre otras cosas, que el Islam es incompatible con la Constitución alemana- ha amentado, irremediablemente.

España, de acuerdo con la Plataforma Ciudadana contra la Islamofobia, registró en 2015 un incremento de casi 570% incidentes contra personas que profesan el Islam en el país, y contra las instituciones de este género. Asimismo, este año, en la Península, al igual que en otros países de Europa, se han multiplicado los ataques vandálicos contra las mezquitas y los centros de refugiados. Las redes sociales, por su parte, han favorecido sobremanera la multiplicación de los mensajes xenófobos. Tras los atentados de Bruselas del mes de marzo, el hashtag #StopIslam se convirtió en tendencia global en Twitter al ser utilizado de forma indiscriminada en cualquier mensaje difundido relacionado con el ataque, aunque fuera informativo.

En Países Bajos, Reino Unido, Francia y Hungría, entre otros, están resurgiendo o fortaleciendo los partidos políticos ultra derechistas al calor de seguidores cada vez más  cautivados por el discurso del miedo que los líderes de estas agrupaciones pronuncian.

Hay más de 1.6 billones de musulmanes en todo el mundo, lo que equivale al 25% de la población, y un ínfimo porcentaje lo representan los yihadistas o radicales islámicos, responsables a que toda una comunidad que profesa la fe islámica sean cuestionados como terroristas. Titulares mediáticos, cada cual más llamativos, invitan a cuestionarse acerca de la tendencia del Islam a promover la violencia, llegando incluso a ganar terreno cuando con lupa se cuestiona a los musulmanes de por qué no levantan más alto la voz a la hora de condenar el terrorismo islámico. Aunque esto, claramente, ocurre cuando movidos por la empatía de la cercanía, sólo contamos nuestros muertos y nos olvidamos de que la mayor parte de las víctimas del terrorismo son los propios musulmanes que caen a decenas y centenares en atentados cuasi diarios en Oriente Medio y África.

Pecamos de etnocentrismo y nos dejamos cegar por los vicios de visión cada vez que no vemos que, en realidad, las cosas no son del todo tal como nos la presentan, o como las vemos. Pecamos de cinismo cuando no vemos, o valoramos de anecdóticas, actitudes dentro de la comunidad islámica que, en realidad, sí condenan el terrorismo islámico, y repiten hasta la saciedad que el Islam es una religión de paz.

Tal es el caso del gesto de centenares de musulmanes que tras el asesinato del sacerdote francés Jacques Hamel, acudieron a misas católicas en distintas iglesias y catedrales de Italia y Francia en respuesta a la llamada del Consejo Francés del Culto Musulmán. Igualmente, es el ya olvidado ejemplo de la carta que 120 líderes y eruditos musulmanes de todo el mundo dirigieron al autoproclamado califa del Daesh, Abu Bakr Al Baghdadi en 2014, negando en ella las prácticas utilizadas por la organización terrorista que nada tienen que ver con el Islam. Y por último, sirve de ejemplo también la infravalorada iniciativa anónima, Bighdaddy Show, lanzada desde los territorios árabes que de forma inteligente ataca la propaganda del Daesh a base de cortos de dibujos animados satíricos.

Ante el miedo y el pánico que, obviamente, nos provoca vivir la incertidumbre del próximo ataque terrorista, nos alojamos en los prejuicios que obstruyen nuestra manera de ver y de razonar. La tendencia a generalizar suele ser un ejercicio mucho más fácil, tal como simplificar nos resulta mucho más cómodo a la hora de amoldar una fe compleja y secular, convirtiéndola en una cosmovisión frívola e insustancial.

Islam, ¿la religión de la violencia?  

Unos de los grandes argumentos a los que se alude a la hora de atacar a los musulmanes es su falta de integración en las sociedades occidentales, al vivir en los guetos en los que la propia sociedad los ha recluido, bajo sus propias leyes que tan permisivamente han resultado a los ojos de los gobiernos de turno a lo largo de los últimos años.

Debido a esto, no es sorprendente que un número cada vez mayor de jóvenes musulmanes, pertenecientes a la segunda y tercera generaciones, hayan caído presos del discurso propagandístico que tan exitosamente ha difundido el Daesh a través de las redes sociales. Ha quedado demostrado en múltiples estudios sociales que la discriminación es uno de los factores que más ha contribuido a la radicalización de estos en los últimos años. A pesar de ello, las medidas adoptadas por parte de los gobiernos occidentales se han dado en orden a ahondar más en este sentido, tal como la prohibición del burka o el velo musulmán y, recientemente, el burkini o bañador utilizado por las mujeres musulmanas. Justamente fue la prohibición del burka, impuesta por Francia en 2010, lo que provocó el divorcio del Estado con los jóvenes musulmanes, que lo percibieron como un atentado contra sus libertades, y que desencantados se arrojaron en los brazos del radicalismo.

Entonces, en estas circunstancias, habría que preguntarnos mejor, ¿falta de integración o escasa voluntad política para aplicar las medidas acertadas para integrar a esta comunidad? Ahora más que nunca hacen falta normas contundentes y reales para combatir el radicalismo islámico, porque aunque algunos no quieren aceptar la realidad, el enemigo lo tenemos en casa, y en parte se ha nutrido del odio de la falta de inclusión social padecida.

Recientemente, el primer ministro francés, Manuel Valls, aseguró que “si el Islam no ayuda a la República contra quienes ponen en peligro las libertades públicas, será cada vez más difícil para la República garantizar el libre ejercicio del culto”. Esta frase que encierra una reiteración marcada de la palabra República, con la connotación que encierra, también deja entrever que en el futuro no se descartan más prohibiciones. Alegar que ellos también se tienen que ceñir a nuestras reglas, como nosotros lo tenemos que hacer en sus países es medio falso, dado que nosotros somos los que presumimos de la garantía de los derechos sociales y de las libertades individuales, y no al revés.

Otra manipulación islamófoba es afirmar que el Islam en sus raíces es una religión violenta cuyo ánimo de conquista se encuentra intrínseco a la misma, remitiéndose con ello a los hazañas de los primeros años del profeta Mahoma. Si bien es verdad que en el siglo VII los árabes llegaron hasta las Península Ibérica, conquistándola, y  dando forma a un Imperio próspero que se prolongó hasta el siglo XV, no menos verdad es que también hubo otros pueblos, como los germánicos o los maghiares, que poco difirieron en sus intenciones. Hasta nuestros días, el ansia de conquista y expansión ha formado parte indivisible de la naturaleza…política.

Los que afirman que el Islam es una religión violenta se olvidan de la Inquisición y las Cruzadas dentro del catolicismo. Alegan que ese es un capítulo oscuro, producto de la ignorancia del medievo, que ya se ha superado. Es cierto, pero el catolicismo es ahora la principal religión del mundo y durante muchos años ha tenido una condición cuasi monopolizadora.

Cuando nos referimos al carácter agresivo del Islam, no hay que olvidarnos de que la violencia actual que asola Oriente Medio es producto de una compleja realidad política y social a la que Occidente está dando la espalda, o está apuntando con el dedo hacia otra dirección. La gran mayoría afirmaría que la Historia en este caso sobra, pero es justamente en la misma donde hay que indagar para desenredar el presente, y encontrar, consiguientemente, una solución que no se construya sobre la bases de los mismos reiterados errores pasados. La política global llevada a cabo por Occidente ha alimentado durante años las tensiones en Oriente Medio y África. Los Estados disfuncionales o fallidos, resultados tras el colonialismo, o la retirada de las tropas occidentales, han fomentado el surgimiento de extremismos que en su práctica tenían y siguen teniendo el propósito de desafiar el poder y el estatu quo.

Es del pasado de donde aprendemos que tanto Al Qaeda, como el Daesh, las dos principales organizaciones terroristas, han prosperado gracias a la ayuda de quienes ahora son sus enemigos. Es más, Daesh, no es un grupo fanático que surgió de la nada, sino que no hay que olvidar que su radicalismo afloró post invasión estadounidense en Irak, y en las instalaciones norteamericanas erigidas en el país. Es cierto que nada justifica los ataques indiscriminados, y el terrorismo es una práctica que hay que condenar de forma rotunda, pero quizá algo de autocrítica también es necesario para conciliarnos con ese pasado, y triunfar en el presente para asegurar un futuro no tan oscuro.

Hasta el siglo XX apenas se tenía conciencia del Islam o poco interesaba. Si bien las corrientes proclives al empleo de la violencia databan desde el siglo XIII, no fue hasta el XX cuando empezaron a ponerse en práctica como reacción a las progresivas invasiones en los territorios de Oriente Medio. La ideología que rodea a la actividad del Daesh, el salafismo, poco difiere de las que dominaron en Europa en el siglo XX. La única excepción es que esta organización, como cualquier otro grupo extremista, tiene a su disposición la religión como herramienta que la va manipulando a su antojo para alcanzar sus aspiraciones de naturaleza política: conquista, expansión, control de territorios, gobernar los mismos, etc. La religión, como parte indivisible de la política de los países de mayoría musulmana, es el instrumento que les permite ganar adeptos, y movilizarlos con argumentos que, al igual que de antaño, el nacionalsocialismo o el comunismo lo hacían para activar el espíritu guerrero de sus seguidores.

Un fundamento básico del Islam es la prohibición del suicidio, considerado como en el cristianismo un pecado. Los ataques suicidas muy habituales últimamente no son más que una adaptación manipulada construida a base de una promesa engañosa de naturaleza divina: ganarse el cielo y con ello 72 bellas mozas vírgenes. La yihad, que ha adquirido últimamente una de las más negativas connotaciones, significa literalmente “servir a Alá”, y para la mayor parte de los musulmanes denota hacer un esfuerzo diario para llegar en la medida de lo posible a ser un buen musulmán, tal como los católicos tratan a diario de ser buenos cristianos.

Decir Daesh o Al Qaeda, es como decir ETA, las FARC, o el IRA, todas agrupaciones terroristas que mediante la violencia tratan de alcanzar un fin de naturaleza política. ¿Y si dejáramos de ver a los terroristas yihadistas como musulmanes? ¿Y si dejáramos darle al terrorismo islámico ese tinte religioso? ¿Qué nos queda? El terrorismo yihadista como movimiento; como conflicto del siglo XXI reaccionario,  "antioccidental" e imperialista.

La visión compartida por el radicalismo islámico ha triunfado, y ahora la interpretación que hacemos del Islam es la misma que los miembros radicales. El ascenso de Hitler al poder ya nos enseñó una vez cuán frágil pueden ser las instituciones democráticas ante unas masas enfadadas. La manipulación de los ánimos que manchó la Historia de Europa, debe servir de lección para evitar actuaciones similares.