Aida Albertos Goyos/Política Exterior.com

Pie de foto: Reunión bilateral entre Donald Trump y Hamad Al Thani en Riad. GETTY IMAGES.

En la que tal vez sea la crisis diplomática más grave que sufre el Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) desde su creación en 1981, Catar ha sido declarado paria oficial de este club de seis Estados. El 5 de junio, Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Baréin y Egipto fueron los primeros en declarar la ruptura de relaciones diplomáticas, el cierre de las fronteras y las conexiones aéreas. Poco después se unieron Maldivas, Libia y Yemen, sumido en una guerra civil donde participaban los cataríes, en una coalición liderada por los saudíes. Hoy Catar ya no forma parte de dicha coalición.

Los siete países acusan a Catar de desestabilizar Oriente Próximo mediante la financiación de grupos islamistas, de injerencias internas en sus asuntos nacionales, y de acercarse estratégicamente al gran rival regional de Arabia Saudí (Irán), además de estrechar lazos con Israel. Respaldan estas acusaciones con unas declaraciones emitidas en mayo por la agencia estatal de noticias catarí en las que el propio emir, Tamim bin Hamad Al Thani, ponía en duda sus relaciones con el gobierno de Donald Trump y pronunciaba un discurso de mayor tolerancia hacia Irán.

Desde entonces, Catar ha defendido la falsedad de esas declaraciones, señalando un posible hackeo de la agencia, al tiempo que asegura su alineamiento con el CCG. Las acusaciones, como defiende el ministro de asuntos exteriores catarí, Sheikh Mohammed Bin Abdulrahman al Thani, “están basadas en desinformación”. En ayuda de Catar ha venido el FBI, que ha confirmado el hackeo de la agencia estatal de noticias tras enviar a Doha un equipo de investigación para resolver la controversia. En su informe, el FBI señala a Rusia como la potencia detrás de las publicaciones.

Así las cosas, y para dolor de cabeza de los funcionarios estadounidenses, Donald Trump publicó una serie de tuits donde respaldaba la decisión de Arabia Saudí, reconociendo implícitamente la responsabilidad catarí. No parece que Trump haya tenido en consideración las posibles consecuencias de sus comentarios, sobre todo teniendo en cuenta que la mayor base militar de EEUU en el Golfo está en Catar, desde donde la superpotencia lanza todas sus operaciones militares de la región. “Es interesante que Trump haya escogido avivar las presiones mientras estamos iniciando la operación en Al Raqa”, afirmaba en The Guardian la profesora de Estudios Internacionales Avanzados de la Universidad Hopkins, Kelly Magsamen.

Luchas de poder

Las supuestas declaraciones de Al Thani han tenido, sin embargo, un mero papel de “gota que colma el vaso” en esta crisis. De hecho, las razones por las que se ha defendido el bloqueo son más que discutibles, al menos ahora. La vinculación catarí, sobre todo financiera, con grupos islamistas como Al Nusra (vinculado a Al Qaeda) se conoce desde el principio de la guerra en Siria, o con el partido islamista tunecino Ennahda. También su apoyo a los Hermanos Musulmanes, quizá lo que más moleste a la Casa de Saud: la Hermandad es un férreo competidor por la representación del islam político. Catar apoyó sin reservas a Mohamed Morsi. Su destitución mediante un golpe de Estado militar, liderado por el general Al Sisi, fue duramente criticada por Al Jazeera. Para terminar de colorear la escena, Arabia Saudí ve con muy malos ojos la cooperación energética entre Irán y Catar, que viene reforzándose desde hace años, temerosa del fortalecimiento del llamado “creciente chií”.

Parece que Arabia Saudí ha sido “oportunista” y ha aprovechado las dudas de los países de la región sobre las injerencias de Catar para frenar las aspiraciones de independencia de su pequeño hermano petrolero, que gusta de jugar a varias bandas. Como dice la ficha-país catarí del Noref, “es Arabia Saudí, y no Irán, la principal amenaza para Catar”.

Auge (¿y caída?) de Catar

La política exterior de Catar desde la independencia de los británicos en 1971 se ha sustentado en una idea de supervivencia y pragmatismo más que en una base ideológica, como explica Ana Echagüe en Geopolitics and Democracy in the Middle East. El hecho de que su gran vecino del este sea igualmente wahabí influye menos en su relación que el histórico esfuerzo por parte de la realeza saudí por mantener en una posición subordinada al pequeño y rico Catar.

Las decisiones políticas en Catar se toman por muy pocas manos, y las que más peso tienen son las del propio emir. En 1995, cuando Al Thani depuso a su padre, la estrategia cambió de subordinación a independencia. Desde entonces, Catar se ha esforzado por construir una política exterior que le permitiese más cuota de autonomía en la región. Para ello ha desarrollado una estrategia apoyada en tres pilares: alianza con EEUU para resultar necesario; proyección de una imagen de compromiso con la resolución pacífica de los conflictos, mediando en muchas negociaciones regionales; y un poderoso poder blando eficientemente construido en torno a Al Jazeera, la cadena que ha conseguido ser puente entre la audiencia panárabe y la occidental.

Todo ello con algunos matices, por supuesto, impuestos por condicionantes geopolíticos. Catar apoyó fervientemente –a través de Al Jazeera– las primaveras árabes de Túnez, Egipto, Libia y Siria, dando voz a la población civil y reivindicando derechos, justicia y democracia. Sin embargo, conforme la convulsión se acercaba a casa, se desvinculó del movimiento. En el caso de Baréin no solo no cubrió del mismo modo las revueltas de la mayoría chií (apoyada por Irán) contra la minoría suní gobernante, sino que participó en el batallón saudí que fue enviado a Manama para sofocar los disturbios. Además, salvo en el caso del conflicto palestino-israelí, sus mediaciones han resultado total o parcialmente infructuosas.

Por no hablar del hecho de que Catar, un país con poco más de dos millones setecientos mil habitantes y la renta per cápita más alta del planeta, no cumple bajo su propio techo las reclamaciones exigidas en otros territorios. Y es en esos países donde, tras las primaveras árabes, se ha gestado un sentimiento anti-catarí motivado por los rumores y noticias de intromisiones en asuntos nacionales y apoyo a grupos islamistas, aprovechado por Arabia Saudí para reclamar su viejo trono de líder regional, que ve cuestionado desde más de un frente –Irán, Hermanos Musulmanes, el propio Catar– y además con sus defensas debilitadas por la crisis propiciada por los bajos precios del petróleo.

Puede que esta crisis diplomática termine como lo hizo la de 2014: con una expulsión de algunos líderes de los Hermanos Musulmanes de Catar, y punto. Sin embargo, la lista de concesiones de los saudíes en esta ocasión es notablemente más larga. También es posible que los actores que hacen hoy las llamadas –o que escriben los tuits– no estén a la altura, y que las heridas abiertas de Yemen y Siria no faciliten un acuerdo. Mientras tanto, la situación geopolítica en Oriente Próximo empeora mes a mes y, más que luchas intestinas en la comunidad musulmana, lo que demanda es unidad frente a las amenazas comunes.