Pedro Canales 

Los tres conceptos, Democracia, Ideología y Desarrollo están de moda. En función de la región del planeta, se habla más de uno que de los otros. Los tres parecen estar unidos. Pero ¿cuál es el más relevante para la inmensa mayoría de la población mundial? ¿Hay que empezar por la Democracia y las libertades individuales, como pretenden los académicos y filósofos de los países desarrollados de la OCDE arrastrando con ellos a los organismos planetarios como la ONU? ¿Hay que ser intransigentes con la Ideología, en nombre de principios inamovibles de que el bueno es bueno y el malo es malo, porque sí? ¿O hay que comenzar con desarrollar las economías para dar de comer a todos, tener casa, trabajo, salud y educación?

Dos respuestas venidas estos días de dos lugares distintos ilustran la actualidad de este tema. En Cuba, el líder del Partido dirigente y hasta hace poco presidente, Raúl Castro, afirmó en una reunión de la cúpula dirigente, que “lo más importante es el desarrollo económico, incluso para resolver los problemas de la ideología”; días después, el actual Jefe del Estado, Miguel Diaz Canel, dijo con rotundidad que “la prioridad para el país es la inversión extranjera”. Cuba necesita cada año 2500 millones de dólares de inversión directa, si quiere salir adelante. 

La otra respuesta vino de África. El rey de Marruecos Mohamed VI y el presidente de Nigeria Muhammadu Bujari, firmaron el acuerdo definitivo para la construcción de un gasoducto que unirá los riquísimos pozos de combustible nigerianos con Marruecos, pasando por más de media docena de países costeros del Atlántico que podrán beneficiarse de esta riqueza energética, limpia y económica. Por Marruecos podrían incluso alcanzar Europa.

¿Significa en el primero de los casos citados, que Cuba renuncia al marxismo como ideología, y al socialismo como modelo de desarrollo socio-económico? En absoluto. Los dirigentes de La Habana parecen seguir en esto el ejemplo chino, en el que, en el mismo Buro Político del Partido Comunista dirigente, está representado el sector capitalista. Pekín estima que “la revolución comunista la tiene que hacer la clase trabajadora; y para que haya clase trabajadora, primero hay que desarrollar el país con la economía capitalista”. Quizás le esté saliendo bien, porque China ya es hoy la primera potencia económica mundial, aunque no la más desarrollada tecnológicamente. 

En el segundo ejemplo citado, ¿significa que Nigeria renuncia a dar su apoyo junto con Sudáfrica y Argelia, al movimiento independentista Frente Polisario en disputa contra el Reino de Marruecos por el control del territorio del Sahara Occidental, antigua colonia española de África? Tampoco. 

En los dos casos, los dirigentes de estos países, Cuba y Nigeria parecen ser conscientes de que sin desarrollo económico no habrá solución de conflictos, sean sociales, lingüísticos, étnicos o territoriales. La inversión extranjera es tan imprescindible para Cuba, como el gasoducto Nigeria-Marruecos lo es para Senegal, Mauritania o el Sahara. En ambos casos desarrollo es sinónimo de estabilidad. Tanto Cuba como Marruecos podrán resolver el difícil problema de la partición de su sociedad (igual que Corea y Alemania antes, hay dos Cubas, la de la isla y la de Miami; mientras que Marruecos tiene que encontrar la fórmula de unir el país, sus lenguas, su cultura y sus diferencias étnicas en el Rif o en el Sahara), con el crecimiento económico. 

¿Sabrán entenderlo esto los protagonistas, los partidos políticos, los ideólogos puristas cubanos, la cúpula dirigente argelina, los dirigentes del Polisario, los nacionalistas conservadores marroquíes? El tiempo nos lo dirá.