Javier Fernández Arribas

463.723 afiliados al partido socialdemócrata alemán van a decidir estos días el futuro de los más de 80 millones de ciudadanos que esperan la formación del Gobierno en Alemania. Estas consultas que se venden como un ejercicio de democracia directa y participativa, en realidad son el recurso de los políticos sin personalidad ni categoría política para tomar decisiones, explicar los argumentos y asumir las consecuencias.

Es una boca de lobo que termina engullendo a los que se asoman a ella: los últimos casos más destacados el del británico David Cameron con el Brexit o el propio dirigente socialdemócrata alemán Martin Schultz que ha tenido que irse a casa, ofrecer su cabeza política para intentar cumplir sus promesas electorales y para que los militantes aprueben los acuerdos negociados, por cierto, con grandes ventajas para su partido.

Es paradójico que después de haber alcanzado de la líder conservadora Ángela Merkel, que ha conseguido que su partido lo apruebe, unas concesiones muy relevantes para el SPD como son los ministerios de Finanzas y Asuntos Exteriores, entre otros, Martín Schultz se haya suicidado políticamente por haber echado mano del recurso fácil de que las decisiones complicadas se toman consultando a los militantes.

Hay una gran falacia en este tipo de actuación política, más allá de la demagogia y el populismo que después se ahogan por la habitual falta de participación y compromiso de esos militantes sagrados. Se trata de tener la dimensión adecuada de los partidos políticos, sus actuaciones, sus influencias, sus papeles en toda la sociedad. Un partido político no se debe exclusivamente a sus militantes, se debe principalmente a sus votantes y sus objetivos deben aspirar al beneficio de toda la sociedad. Da igual el país del que estemos hablando.

Además de la razón ideológica y útil de un partido político dentro del sistema democrático, hay que tener muy en cuenta cómo se sostiene, financia y tiene recursos para sus actividades. Con la cuota que pagan los militantes no habría ni para pagar el alquiler de las sedes. En la mayoría de los países, los votos que sirven para ganar escaños en los parlamentos, y alcaldes y concejales en las regiones revierten en fondos.

Por tanto, son los votantes y no los militantes quienes sostienen económicamente a los partidos. Y, por supuesto, les otorgan el peso político imprescindible para su supervivencia.

El caso es que la dejación de responsabilidad de un dirigente alemán nos tiene en vilo a toda Europa.