José María Peredo Pombo. Catedrático de Comunicación y Política Internacional de la Universidad Europea de Madrid

Pie de foto: Donald Trump, presidente de los Estados Unidos, mira al presidente de Turquía, Recep Tayip Erdogan.

Barack Obama le criticaron con dureza por no tener una doctrina elaborada y manifiesta sobre la política exterior. El pragmatismo con el que desarrolló la estrategia de devolver el prestigio a la imagen deteriorada de los Estadios Unidos tras la guerra de Irak y los desbarajustes neoconservadores no tuvo otra respuesta por parte de los sectores más críticos con su política, que la de tacharla de no ser doctrinal. Es decir, de no ser coherente y vagar por el mundo internacional siguiendo los dictados de aquello que conviniera en cada caso. Los mismos censores de entonces, es de suponer, estarán ahora enormemente desconcertados ante los quiebros, dimes y diretes, rectificaciones, dimisiones y ceses, giros, especulaciones, amenazas y tuits del presidente Trump en su nada elaborada ni coherente manera de dirigir la política exterior de la primera potencia del mundo. 

El anuncio de la retirada inmediata de las tropas norteamericanas del conflicto de Irak y Siria; la inminente dimisión del Secretario de Defensa, James Mattis, valedor de la Estrategia de Seguridad Nacional de 2017, manifiestamente realista; la posterior matización de Bolton sobre una retirada prudente y no inminente; la contra decisión de iniciar la retirada; la amenaza a Turquía, socio de la OTAN, de medidas devastadoras para su economía si se produjera una reacción agresiva contra las guerrillas kurdas, aliadas en la lucha contra el ISIS; y la advertencia final sobre la salida de los Estados Unidos de la organización atlántica, han puesto sobre el terreno de la política internacional los sustantivos de riesgo e incertidumbre y sobre la política exterior americana el adjetivo de caótica.

Doctrina en las relaciones internacionales es un término un tanto impreciso. En la política exterior se asocia a la elaboración civil y militar de unos principios generales y unas normas de actuación coherentes en las decisiones políticas, acordes con una estrategia y unos objetivos que permanecen en el tiempo, y que se desarrollan en un marco internacional estable sobre el que se quiere actuar para combatirlo, modificarlo o impulsarlo. El exponente de tal planteamiento estratégico y político fue la llamada Doctrina Truman que impulsó una acción de respuesta y de anticipación ante la rivalidad y pugna de la superpotencia americana contra la Unión Soviética en el inicio de la guerra fría, que se prolongó durante varios mandatos posteriores en el marco de la bipolaridad. Doctrina se consideró a la estrategia y reformulación política de George W. Bush para combatir el terrorismo yihadista internacional y promover la democracia como alternativa para combatir sus raíces, que parcialmente se prolongó durante los años del presidente Obama, aunque en este caso haciendo reaparecer los valores del internacionalismo liberal y el multilateralismo. Doctrina no se llamó al diseño del presidente Bush padre, de una política internacional de aperturismo comercial y de configuración de un orden mundial renovado y dinámico institucionalmente, impulsado por la Presidencia de Clinton en torno a valores más globales y en algunos casos de nueva creación.

Lo de Trump no es ninguna doctrina. Ni es aislacionista, aunque lo pretenda, ni realista, aunque intente. Ni antiglobalizadora, ni primacista. Ni nada de nada. Y de seguir así, ni siquiera exponente del “América First” porque, a día de hoy es difícil reconocer lo qué es exactamente América y qué es lo primero.