Anwar Zibaoui

Rodeado de países en conflicto, y con grandes problemas internos, Egipto arrastra una inestabilidad política y económica sin precedentes desde el levantamiento que derrocó al presidente Mubarak en 2011. Sin embargo, ha evitado el caos de sus vecinos, y ha estado aplicando duras reformas económicas, como la liberalización del tipo de cambio de su divisa, recortes profundos en los subsidios de combustible y electricidad, y un nuevo IVA. Tras unos años duros, la economía de Egipto está saliendo a flote con una mejora lenta, un moderado crecimiento y una inflación controlada. 

Las calificaciones de deuda siguen estando limitadas por el déficit fiscal y los bajos niveles de ingresos. Se deben incrementar las exportaciones no petroleras para garantizar un aumento constante de divisas y continuar atrayendo nuevas inversiones extranjeras en todos los sectores de la economía. Pero la tendencia refleja una recuperación en el consumo, mayor inversión y exportaciones netas, y se estima un crecimiento medio del 5% en los próximos cuatro años.

Otra buena señal es que los turistas vuelven a visitar la tierra de los faraones. El turismo, que representa el 12% del PIB y un porcentaje similar del empleo, crece. En 2017 Egipto recibió 8,5 millones de turistas, un 55% más que en 2016, una tendencia que continua, en la primera mitad de 2018 el alza ha sido del 40%.

La visión del Gobierno para 2030 es un buen punto de partida. La nueva estrategia planea impulsar el desarrollo económico, la energía, la investigación científica, la transparencia y la eficiencia de las instituciones. Y la nueva Ley de inversiones es un paso positivo para mejorar el entorno legal y comercial. Sin embargo, se necesitan mayores esfuerzos, especialmente reducir el sector público, potenciar el crecimiento del sector privado y reducir la deuda pública.

Con una superficie de un millón de kilómetros cuadrados, y más de 90 millones de habitantes, la escala del programa de reforma económica es el desafío más grande de su historia reciente, pero es también una oportunidad para consolidarse como potencia regional. Tiene todos los componentes necesarios: el Canal de Suez, las remesas, el turismo, recursos, personas, dinamismo, espíritu empresarial, ubicación y vínculos globales. El país del Nilo se encuentra en medio de una etapa abierta a todos los escenarios. Deberá enfrentarse a retos importantes, y acelerar las reformas. El futuro se juega en ganar la carta económica.