Ignacio Ortiz.  vicepresidente del Fórum Canario Saharaui

Le llegan a uno las noticias del inminente cambio en los órganos de poder del Secretariado Nacional del Frente Polisario y Gobierno de la RASD, y resulta difícil que no resuenen en mi cabeza épocas pretéritas en una mezcla de asombro y vergüenza ajena ante semejante falta de pudor entre su vieja guardia. Y lo de viejo es tal como suena, literalmente. Al ya conocido nepotismo se suma otro mal endémico en el que lleva tiempo instalado el Polisario: la gerontocracia. Algo que inevitablemente evoca a algunos de sus congéneres de similar ámbito no tan lejano en el tiempo quizás, del que podríamos poner ejemplos, algunos casi hilarantes, dentro del bloque ideológico al que fueron afines.

Inolvidable era aquel Comité Central del Partido Socialista Unificado de Alemania en la RDA, compuesto en su mayoría por octogenarios políticamente refractarios a los cambios como Honecker, Mielke o WIlli Stoph. De hecho, Egon Krenz no andaba lejos del medio siglo de edad cuando abandonó el liderazgo de las FDJ o juventudes del partido, algo inaudito. Aunque el premio a la senectud sería para Zhivkov, Secretario al frente del Partido Comunista Búlgaro durante nada menos que 45 años, y que gracias a sus sucesivas y sospechosas reelecciones se acuñó aquella frase —por cierto muy apropiada en los tiempos de Mohamed Abdelaziz— que aun hoy pervive en política: “ganar a la búlgara”.

Poco quedaba ya de aquellos jóvenes insurrectos que habían abrazado el marxismo-leninismo casi como dogma de fe y forma de vida, y cuyo presente se basaba en la perpetuación en el poder en base a la cooptación, casi como una suerte de mafia en versión comunista que no daba paso alguno al relevo generacional. Aquel sistema fue produciendo una caducidad del esquema cuya máxima expresión se alcanzó en la URSS. En 1980, la edad promedio de los miembros del Politburó era de 70 años, con los Secretarios generales del PCUS como punta de lanza, los Brézhnev, Chernenko y compañía. Todo un cementerio de elefantes plagado de longevos burócratas apoltronados que vivieron incluso en los tiempos de Lenin. Hasta la llegada del ‘joven’ Gorbachov y su Perestroika, pero ya era tarde.

En el Polisario el reloj de la historia se detuvo hace tiempo, con prácticas similares dentro de este perpetuo ‘juego de la silla’ ministerial entre los mismos acartonados personajes, que quedaría de la siguiente manera: Mohamed Al-Wali Akeik será el nuevo Primer Ministro sustituyendo al caduco Abdelkader Taleb Omar, que a su vez será el embajador en la madre patria Argelia, un puesto estratégico para paliar la evidente pérdida de poder. El cargo de Akeik como Ministro para las zonas ocupadas será para el histórico —y quien no lo es aquí— Bachir Mustafa Sayed, que a su vez deja el cargo de Ministro consejero de presidencia, que heredará Mohamed Moulud Mohamed, que cerrará el círculo dejando su cargo en Educación al anterior embajador en Argelia, Bucharaya Beyun. Todos ellos peinan canas desde hace ya varios lustros.

Como guinda del pastel en este rancio sainete político quedaría por confirmar un último intercambio de cromos entre Jira Bulahi, delegada en España por Ahmed Bujari, delegado en la ONU. Es decir, la dirigente connivente en los casos de las mujeres secuestradas en los campamentos, en el lugar del sujeto que amenazó, en el cenit terrorista del grupo, a los pescadores canarios y sus familias con lindezas como "que (los pescadores) elijan entre el hambre o la orfandad" (Diario de Las Palmas, 7 de febrero de 1978), y que fue expulsado de España por el Gobierno de Felipe González tras años de atentados y bravatas en prensa.

Es evidente que no hay mucho que rascar en estos nombramientos, a lo sumo el velado mantenimiento de las cuotas tribales, un elemento que suele disfrazarse de democracia interna y que resulta más importante de lo que muchos creen, dirimiendo más de un conflicto interno por encima incluso de la propia autoridad del Polisario. Y en esencia un mensaje ante las críticas entre su población de su Presidente, Brahim Ghali, el líder del Frente. Además de nombrar un Primer Ministro más manejable que el anterior, Ghali quiere demostrar que él es el líder, que tiene el control de todo y que es capaz de generar cambios. Si, lo han leído bien, cambios.

La realidad es que ese demencial requisito de haber participado en acciones de guerra para poder ostentar cargos de dirección dentro del Polisario inhabilita cualquier posibilidad de cambio o aperturismo, cambios que se antojan imprescindibles hacia una clase dirigente más joven que supere la fractura generacional con el grueso de la población. Un pueblo que asiste una y otra vez con resignación a la ‘bunkerización’ de una cúpula cada vez más acomodada en puestos de privilegio y beneficios pecuniarios, distanciada de una población joven que vive en el hastío de la indefinición permanente mientras se la ignora y se le niega su cuota de representación en los órganos de poder. Llegados a este punto, a ese entramado enmohecido, gerontocrático y pudiente que conforma la dirección del Polisario, solo se le puede recordar una cosa: más cantera y menos cartera.