Santiago Mondéjar. Asesor estratégico empresarial

Pie de foto: El quebradizo mosaico cingalés.

Aunque Sri Lanka no es una nación que desconozca el terrorismo, los atentados del pasado Domingo de Resurrección han roto con una década sin actividad terrorista  en un país que nunca ha estado plenamente en paz consigo mismo, aún después de haber superado una guerra civil que estalló en 1983 después de que la minoría étnica tamil, aduciendo agravios étnicos y religiosos, luchase por la independencia de Eelam, situado en la región tamil del norte de Sri Lanka, provocando 70.000 asesinatos, entre los que destacaron los de Rajiv Gandhi, ex primer ministro de India y el del presidente de Sri Lanka, Ranasinghe Premadasa.

Tras haber estado colonizada por europeos durante 500 años, fue dejada por estos a su suerte tras lograr la independencia en 1948. La importancia estratégica de la isla recibió la atención de China a principios del siglo XXI, al hilo del colapso  del alto el fuego acordado en las negociaciones de Noruega en 2002, apoyando económica, política y militarmente al gobierno singalés en su lucha contra las guerrillas de los Tigres Tamiles, a cambio de proyectos multimillonarios en infraestructuras portuarias,  vitales para su "cadena de perlas" en el Océano Índico, facilitando la derrota del grupo terrorista y respaldando en  el Consejo de Seguridad de la ONU al gobierno de Mahinda Rajapaksa frente a las acusaciones de vulneración sistemática de derechos humanos.

Las inversiones chinas y la paz han propiciado un periodo de crecimiento económico y prosperidad, que sembró la esperanza de que ayudaría a suavizar las divisiones étnicas avanzando hacía el federalismo. Estos anhelos no acabaron de materializarse, como demostraron los recientes y graves disturbios contra musulmanes liderados por turbas alentadas por la organización budista ultranacionalista Bodu Bala Sena. La mayoría cingalesa budista se consolidó, tras la independencia nacional en 1948, como la etnia predominante, imponiendo un nacionalismo agresivo y excluyente, que formaba parte de sus esfuerzos para garantizar la prevalencia de Sri Lanka como último bastión del budismo identitario en el subcontinente indio, tal y como había quedado prescrito en las escrituras del Mahavamsa.

En consecuencia, las otras minorías religiosas han sido habitualmente maltratadas por la mayoría budista, particularmente cristianos y musulmanes, aún cuando solo representan, cada uno, un 7% de la población. En el caso de los católicos, cuya comunidad trasciende las líneas étnicas, y que has sido tradicionalmente asociado al pasado colonial de Sri Lanka, el gobierno singalés segó en 1960 de raíz su aspiración a una identidad diferenciada, basada en la obediencia papal, nacionalizando la red de escuelas de la Iglesia.

Por lo que respecta a lo musulmanes, estos han hallado su cohesión en la religión, antes que en particularismos étnicos. Así, los tigres tamiles contaron en sus inicios con combatientes musulmanes de habla tamil, y la amenaza de una potencial alianza pantamil, no pasó desapercibida al ejercito regular de ejército de Sri Lanka, que actuó para abrir una brecha entre los musulmanes tamiles y los tamiles hinduistas, instigando ataques a civiles musulmanes que enturbiaron irreversiblemente las relaciones entre ambos grupos.

Todo este bagaje complica el hacer una lectura de los atentados contra los fieles cristianos en términos puramente locales. Una interpretación basada en vengar agravios de la comunidad musulmana tendría sentido si se los atentados se hubiesen llevado a cabo contra budistas, pero es una hipótesis poco plausible cuando el objetivo han sido los católicos.

El patrón de los atentados se corresponde con el del manual de guerra para fomentar el odio religioso del Daesh y Al-Qaeda, aunque posiblemente en esta ocasión hayan buscado cobrarse una pieza mayor que la paradisíaca Sri Lanka. De tener fundamento esta hipótesis, cabe especular con la implicación de organizaciones terroristas musulmanas como Thawheed Jama'ath, organización yihadista local -que ha sido asociada con actividades contra la mayoría budista- así como Lashkar-e-Taiba y Jaish-e-Mohammad, con el objetivo primordial, y a largo plazo, de desestabilizar el sur de la India, estrategia para la que contarían con extremistas musulmanes en Tamil Nadu y Kerala, sabedores de que Delhi está seriamente concernida, ya que todo lo que ocurra en Sri Lanka, con una población de 21 millones de habitantes,  tiene profundas repercusiones en el estado indio de Tamil Nadu, a tiro de piedra de Sri Lanka, que tiene 70 millones de habitantes y goza de una estabilidad social comparativamente alta para los estándares subcontinentales.

Hay poca duda de que los sucesos del Domingo de Resurrección en Colombo obligan tanto a India como a China a seguir muy de cerca la evolución de los próximos acontecimientos, en especial la reacción del gobierno del primer ministro Ranil Wickremesinghe.