Noor Ammar Lamarty

Pie de foto: Ilham Omar, el rostro del anti-sionismo en el Capitolio estadounidense

EEUU amaneció hace unas semanas con una congresista portadora de velo. En esta cámara se tuvo que derogar uno de los artículos que prohibía taparse el cabello. Y realmente la novedad fue el titular durante días constantes. Todos estábamos al corriente de que Ilham Omar, de 37 años, que fue refugiada de la guerra civil de Somalia en un campo en Kenia y que, como simboliza su velo, es musulmana.

Sin embargo, todas las noticias que recibimos de ella están meramente relacionadas con el Dios al que reza, y qué tan tapado tiene el cabello. Las noticias rondan más su vida personal que su vida profesional, no porque sea una vida personal extremadamente interesante, sino porque no se trata de una blanca, heterosexual, con rasgos occidentales, judeocristiana.

Lo que vemos cuando leemos sobre la vida de Ilhan, es que está lejos de ser reconocida por la opinión política, por sus ideales y su programa político, por el apoyo que ha recibido para estar en el cargo que ocupa, por todo lo que ha tenido que recorrer para hacerse escuchar para convertirse en un símbolo tan representativo, pese a sus diferencias con mucha de la población de Minnesota; por los motivos por los que hay personas que confían en ella y en sus promesas.

Sin embargo, parece ser que lo más relevante de su vida profesional es su vida íntima. En el banco del acusado por la consternación mundial ante un velo, o ante el origen, es el caso de Kamala Harris de ascendencia jamaicana e india, impulsora de la ley de fomento para el progreso alivio y educación para menores extranjeros, así como por la reducción de los impuestos para las clases medias y trabajadoras, y el aumento de impuestos a las corporación y al 1‰ de la población americana más rica. La demócrata equilibrista abogada de profesión, ni siquiera portadora de velo, pero titular en las noticias en su nombramiento por la simple cuestión de sus creencias. Parece ser que el concepto de libertad religiosa se traduce como la imperativa necesidad de describir a alguien, sin poder crear una realidad en la que la religión es solo una parte íntima, que no está intrínsecamente relacionada con la actividad profesional de dicha persona.

Es por ello por lo que, de Rachida Tlaib, abogada y congresista de origen palestino, solo sabemos que es la primera mujer musulmana estadounidense en la cámara de Representantes de Michigan, y la segund en cámara de EEUU. Y así es como estas mujeres más que destacar por sus planteamientos políticos, son simplemente las primeras y las segundas de listas. Nada se dice de lo que aspiran como políticas, solo son objeto de morbo por su procedencia, religión, aspecto o por qué tanto van destapadas o no. En el caso de Ilhan, crecer como refugiada de la guerra civil de Somalia en un campo de Kenia y aspirar a convertirse en Congresista de los Estados Unidos de América, es en el ideario de cualquier persona prácticamente imposible, o en atenuantes, muy complicado. Y hoy, junto con otros compañeros y compañeras de diferentes orígenes, constituye la resistencia ideológica al extremismo de Trump que la acusa de antisemitismo por denunciar abiertamente junto con su compañera Rachida Tlaib la violación de Derechos Humanos de los palestinos en lo que hoy llamamos el territorio de Israel.

Por un lado, es de agradecer que el foco sobre esta política deje de ser que porte un velo, pero, por otro lado, las falacias con las que se ha relacionado su acción opositora al Gobierno de Nethanyahu la califican de antisemita. El mismo presidente Trump, fiel aliado de Israel, le ha recriminado algunos de sus comentarios, lo que ha expuesto al peligro a la congresista que ha sido amenazada de muerte por parte de extremistas.

Sin embargo, la opinión pública la apoya y así es como han demostrado con la etiqueta de #IstandwithIlhan, que no solo ella no es un perfil político antisemita, sino que EEUU pasa por alto diariamente acciones homofobias, racistas y que, sin embargo, la alarma parece dispararse solo cuando se habla de “Israel”, y relacionan esto a la imponente cultura judeo-israelí predominante en las altas esferas estadounidenses, así como al victimismo que ha trascendido todos estos años con la figura preminente del “judío-perseguido”, que convierten en cualquier opinión respecto a Israel en la más hiriente y por consiguiente antisemita. Ilhan Omar y Rachida Tlaib apoyan abiertamente al movimiento Boicot, Desinversión y Sanciones (BDS) contra Israel. El movimiento BDS es una campaña global que busca aplicar presión financiera a Israel para obligarlo a cumplir con las normas según el derecho internacional, incluido la retirada de los territorios ocupados, la eliminación del muro de separación (el Muro de Apartheid) de Cisjordania y el derecho de retorno para los refugiados palestinos.

Ilhan Omar denuncia el sionismo gubernamental israelí, no el judaísmo, por lo que no es etimológicamente correcto tratarla de “antisemita”, dado que significa “persona hostil hacia los judíos o hacia la cultura e influencia de estos”. Sin embargo, sí podemos afirmar que Ilhan Omar (como todos aquellos que creen en la Declaración Universal de los DDHH y en su aplicación por igual a todos los individuos, sea cual sea su origen, religión, raza o nacionalidad) es anti-sionista.

Y cuando el pueblo de Palestina, y todos sus habitantes han sido invadidos, asediados, desterrados de sus vidas, apresados, oprimidos y masacrados, el mundo es consciente de que es legítimo y casi obligatorio, si se cree en el Estado de Derecho, ser anti-sionista, que no antisemita.