Antonio de Diego Gonzalez. Islamólogo, doctor en Filosofía e investigador asociado de Junta Islámica/WebIslam

Vivimos en una época incierta, en tiempos donde rige la post-verdad. La información recorre la web de forma vertiginosa, apenas sin verificación, y acaba en nuestros dispositivos. Un poco más tarde esa información se convierte en anhelos, deseos, acciones u odios. Ciertamente, son estos últimos los que deberían preocuparnos, pero uno de las grandes “victorias” de las post-verdades es la capacidad para des-moralizar las acciones, banalizarlas y hacernos creer que, encima, llevamos razón. Nuestros imaginarios se saturan de falsas relaciones, apropiaciones simbólicas y discursos vacíos que hacen que veamos la realidad sesgada.

Un delirio que bien parece de ciencia ficción, pero que ya preconizó hace treinta y cinco años el filósofo francés Jean Braudillard. Los conceptos de simulación, simulacro e hiperrealidad forman parte de nuestra vida más íntima y afectan, de forma nada inocente, a nuestras acciones. Tanto que hemos sobredimensionado el valor esencial de las cosas-ideas-experiencias convirtiéndolas en fetiches, en nuevos ídolos de oro.

Es curioso que una de las comunidades más afectadas por esta post-verdad sea la musulmana. Y digo que es curioso porque los musulmanes siempre han sido brillantes en las verificaciones de la información y poco esencialistas en sus praxis. El método de la verificación (taḥqīq) ha servido durante siglos para legitimar la información. El sistema era simple, siempre el contenido era verificado contrastándola con la información disponible e inmediatamente se comprobaba la legitimidad y la honradez del transmisor.

De este modo, y especialmente en aspectos teológicos, el contenido era validado. Sin embargo, desde el siglo XIX, la cosa cambió. Un desenfrenado y neurótico espíritu de “perfección” invadió a la umma y se prescindió de ello en pos de una falsa “fidelidad” a la tradición y un exaltado espíritu de “renovación”. Palabras tan vacías, que preconizaban la era de la post-verdad, eran alimentadas por mucho dinero para hacer servir a los musulmanes a diversas causas. El celo por la verdad y por la experiencia estalló en mil pedazos y aquellos que habían sido ridiculizados siglos antes ganaron una partida, en el campo epistemológico, que fue clave para nuestra historia más contemporánea. Y en ese momento, una cierta parte del islam se volvió indolente y abrazó el totalitarismo tal y como los occidentales lo entendemos y lo experienciamos históricamente. Un totalitarismo epistémico y violento que fue corrompiendo corazones y envenenado los pozos de baraka. Un totalitarismo que ya no tenía que ver nada con el islam, porque el islam es ante todo paz (salām) y justicia (‘adl). Acciones como las de ayer en Cataluña no son producto del islam ni de los musulmanes, sino del totalitarismo que amenaza con robar el plano simbólico y nominal del islam.

Hasta hace poco creíamos vivir en un mundo donde los totalitarismos no podrían mancharnos más. Disponemos de cortes internacionales, de procedimientos sancionadores y de políticas públicas para impedirles el paso. Y, sin embargo, ahí está el mismo totalitarismo del que hablaba la filósofa Hannah Arendt, aquel que muestra progresivamente la naturaleza radical del mal. Porque el mal siempre vive en los extremos, en las ficciones y en las esencializaciones de los totalitarios. Y a pesar de eso, olvidamos que existía porque le ganamos varías veces la partida en el siglo XX.

Pero tras “El fin de la historia” —aquel descabellado sueño neoconservador de Francis Fukuyama—, el mal volvió a nosotros escondido como un totalitarismo asimétrico. Tal y como ocurrió con las guerras, el totalitarismo se volvió invisible. Ya no se presenta como un partido Nazi o una Unión Soviética, sino en discursos sibilinos hacia población desencantada. En cantos de sirena hacia una minoría doliente, incapaz de levantarse y a la cual ellos seducen con promesas de ultratumba. Hacia gente que, en épocas de post-verdad, no sabría distinguir que es islam y que no lo es. Un totalitarismo que actúa como las guerras de este siglo XXI, de forma asimétrica sin mostrar su cara, siempre bajo sombras y robando los símbolos de “otros”. No es islam, ni mucho menos, es nuestro viejo enemigo el totalitarismo. Un totalitarismo que tiene otras caras asimétricas en la extrema derecha racista o en ideologías que intentan pervertir la democracia, y que acaba poniendo en su punto de mira a los musulmanes.

Estaría bien recordar que el islam no lleva en su historia la tan consabida hostilidad. Al contrario, mientras en occidente se quemaban libros la corte de los Abasíes los mandaba traducir y preservar o el sultán Otomano Beyazid II acogió a los sefardíes expulsados de España por sus creencias. Y a pesar que esto suene a retórica sentimental no lo es, los mundos islámicos fueron eminentemente pragmáticos y se basan en éticas concretas fundadas, a su vez, en una metafísica de sinceridad (ikhlās) con Allāh. Seamos conscientes de ello.

Decía el Profesor Hatem Bazian que el drama más grande que sufrió el islam fue dejar de vivir y experienciar el pacto con lo metafísico. Y es cierto, ese pacto impedía o dificultaba el totalitarismo historicista, puesto que en la argumentación metafísica siempre cabe una interpretación más: la del corazón. Y es eso, en ese contrato metafísico prevalece la misericordia potencial (raḥma) frente a la pseudo-lógica basada en el yo (yo pienso que esto es verdad y como es verdad es real). Un pensamiento dual, reductivo y opresor. Un pensamiento que asfixia a la riqueza de lo simbólico en pos de una falsa verdad.

Este es el punto clave, hay que pensar más en el nosotros y menos en el yo. La ética islámica enseña a ver el mundo hacia el “otro” plural, no hacia el hedonismo y el individualismo. Un mirar hacia el nosotros, pero también un ellos llenos de compasión y verdad. Pero verdad desde la conciencia individual de la relación con Allāh y no con la verdad de la ideología grupal. Un juego de identidades y personas que debería resumirse en «mi conciencia me hace que yo sea para “el otro”, sin distinguir a que otro mire porque para eso yo soy el garante, incluso en mi propio cuerpo, de una revelación que salva».

Este es un espacio ético a potenciar. En el cual no cabe el totalitarismo, ni el orgánico ni el asimétrico, porque destruimos su esencia del egoísmo. Aquí es donde hay que construir la ciudadanía plena, desde la experiencia de la transculturalidad y el saberse parte de una diversidad, pero también desde el conocimiento de las bases que conforman el islam. Conocer la historia, la creencia (‘aqīda), la parte legal (fīqh), las fuentes para que nadie pueda manipularlo, para que nadie vista al totalitarismo con las ropas del islam. Ciencias olvidadas por antiguas y poco eficientes, de las que poco a poco se han apropiado —de forma muy torticera— los totalitarios. Y ya se sabe que en tiempos de post-verdad nadie se da cuenta, y así una parte, nada desdeñable, del islam contemporáneo está colonizado por telepredicadores y asusta-viejas con chilaba.

Por eso, es responsabilidad de los musulmanes denunciar las manipulaciones de ese totalitarismo a su dīn, porque nadie tiene derecho a apropiarse de él, ni de sus ritos, ni de sus símbolos; y mucho menos del pacto metafísico, tan personal, con Allāh. Solo desde una posición de empoderamiento y abandono de la condición de víctima se puede hablar y convivir con “los otros”. Ellos que son la base del diálogo y la convivencia profunda. Un “otro” que cuando se acerca a nosotros se diluye la otredad y las sin razones y lo vemos como parte del nosotros. Entonces comenzará la colaboración plena para derribar, con tolerancia y sinceridad, los falsos ídolos que ha construido el totalitarismo en tiempos de la post-verdad a través de la praxis que explica este ḥadīth ṣaḥīḥ del Profeta Muḥammad:

El Profeta (ﷺ) dijo: “Haz las cosas simples para la gente y no se las dificultes, hazlas de buena forma y no las rechazarán”. Bukhāri, Ṣaḥīḥ, 78: 152