Javier Fernández Arribas

Pie de foto: El presidente de Italia, Sergio Mattarella.

Miramos a Italia con una doble visión de la jugada. Por un lado, la defensa de la democracia que exige respeto a los resultados de las elecciones. Por otro, hay propuestas o decisiones que se pueden adoptar, sin una mayoría de dos tercios, que van claramente en contra del interés general. El presidente de la República, Sergio Mattarella, ha vetado a un posible ministro de Economía que tenía como objetivo anunciado la salida de Italia del euro con unas consecuencias nefastas, tanto para Italia como para el resto de la Unión Europea.

Según los intereses de cada uno, se defiende o ataca al presidente Mattarella que ha actuado según le permite la Constitución. Alivio general, pero recelos democráticos… la pregunta que debemos hacernos es ¿por qué los ciudadanos, del país que sea, ahora hablamos de Italia, votan partidos populistas o nacionalistas xenófobos. Los denominados partidos tradicionales, o aquellos que han demostrado durante su etapa de ejercicio del poder que mantienen las líneas generales del Estado, tienen una enorme responsabilidad.

El auge de populistas y nacionalistas tiene como caldo de cultivo la ineficacia y la corrupción de estos partidos que han perdido buena parte de la confianza de una parte importante de la sociedad. Sin duda, la gravísima crisis económica que ha sufrido Occidente ha comportado una durísima prueba para estos representantes políticos con bastantes suspensos. Desesperación, frustración, indignación, podemos utilizar estos y otras actitudes de la población ante la falta de soluciones a sus problemas y ante los inaceptables casos de corrupción que han permitido que las fáciles promesas y alegatos de bastantes oportunistas ganen la voluntad de miles de personas.

No podemos, ni debemos cuestionar el sistema democrático y el cumplimiento de la Ley y de sus reglas de juego con las elecciones como uno de los elementos esenciales pero lo que es indudable es que una determinada coyuntura política, económica o social no puede amenazar la estabilidad a largo plazo de toda una sociedad. Es decir, hay cuestiones de Estado que deben exigir al menos dos tercios de los votos por su trascendencia y relevancia para todos. El euro debe ser una de estas cuestiones. Otro ejemplo que debería serlo y no se ha hecho: el Brexit. La mitad más uno no es representativo de los intereses de la gran mayoría. Una coyuntura extremista no puede cambiarlo todo de golpe, por algo parecido en los años 40 del siglo pasado sufrimos una enorme tragedia mundial