Pedro Canales

El panorama que se anuncia en Cataluña después de las Elecciones autonómicas, es sombrío. La llave de la gobernabilidad la tiene la CUP, un pequeño partido radical, republicano e independentista. Y esto es un serio problema para el candidato previsto del bloque mal llamado soberanista, Carles Puigdemont.

El partido Ciudadanos, cuya candidata a la Presidencia de la Generalitat, Inés Arrimadas ha gnado limpiamente los comicios con amplia ventaja en votos y en escaños al segundo, Puigdemont, candidato por Junts per Catalunya, no puede formar una mayoría en el Parlament, ni siquiera con el apoyo de los seguidores catalanes de Pablo Iglesias.

Los de En Comú Podem, se frotaban las manos pensqando que ellos iban a ser el partido bisagra, para que los “soberanistas” o los “unionistas” alcanzaran mayoría parlmentaria. Los adeptos de Ada Colau y de Xavier Domenech, están tocados. Pensaban que serían ellos la llave y ya se disponían a negociar con el socialista Iceta y el esquerra Junqueras, porque no querían verse cara a cara con Puigdemont y Arrimadas. Pero todo ha quedado en un sueño, como el de Pablo Iglesias que sólo piensa en La Moncloa.

La realidad ha sido más prosaica: la CUP, que se ha hundido perdiendo 6 de sus 10 escaños, sigue siendo el partido que tiene en sus manos el que los “soberanistas” gobiernen. Si apoya al binomio Junts-ERC, Puigdemont puede repetir. Pero eso sería un harakiri para la formación de Carles Riera. Porque el enemigo natural de los anticapitalistas de la CUP es precisamente la burguesía catalana, la derecha nacionalista que ha gobernado Cataluña durante cuatro decenios. La CUP no ha surgido contra la banca madrileña o las multinacionales europeas o americanas que operan en Cataluña: su razón de ser es lo que estiman la opresión que sufren las clases trabajadoras en Cataluña sometidas al diktat de sus patronos, las familias conservadores del establishment catalán, bastión tradicional de Convergencia, hoy Junts per Catalunya. Si la CUP decide dar el placet a Puigdemont firmará su sentencia de muerte, y terminará disolviéndose o relegada a ser un partido extra-parlmentario. Ni siquiera la consigna de “la república” puede unir a los enemigos irreconciliables: los Junts-ERC quieren la República burguesa, parlamentaria y democrática, de la que hablaba Azaña; mientras que la CUP quiere la República socialista más próxima a Indalecio Prieto y Juan Negrín.  Las dos son incompatibles.

El resultado electoral de las Autonómicas, es el peor posible, porque augura una inestabilidad crónica, en la que no hay que descartar aventuras políticas suicidarias. Carles Puigdemont aún no es president, y podrían no serlo nunca. Si la CUP lo veta, su aureola de exiliado voluntario, habrá terminado.

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