José María Peredo Pombo. Catedrático de Comunicación y Política Internacional de la Universidad Europea de Madrid. 

La semana pasada me referí a la multipolaridad actual en la cual la Unión Europea es un actor con capacidad de ejercer como una potencia política y económica, y con capacidad de influir a través del soft power de su modelo social y de integración. Un destacado colega, asiduo lector del blog, me llamó para hacerme una matización, “Peredo, me dijo, la Unión Europea no es una potencia. No tiene capacidades y no tiene voluntad de serlo”. Esta semana, el Ministro de Exteriores y explícitamente de la Unión Europea, Josep Borrell, aseguró en un almuerzo de trabajo organizado por el Movimiento Europeo al que asistí: “la Unión Europea no es una potencia internacional, no tiene una lógica de poder y no tenemos una voluntad política de actuar juntos”. El debate está abierto, aunque todos coincidamos en lo esencial: o la Unión Europea se consolida como una gran potencia o sus estados independientes sucumbirán a la influencia o el dominio de alguna otra.

“Los líderes europeos tienen que ser capaces de decirle a los votantes y a los jóvenes ante las elecciones de 2019 que nuestro futuro está en unirnos más”, señaló el ministro, el mismo día en el que Salvini pedía desde Moscú que se eliminaran las sanciones comerciales a Rusia. Y el mismo en el que, el propio Borrell, advertía a las empresas desde el Congreso de los Diputados, donde acudió inmediatamente después de almorzar, que prepararan planes de contingencia ante el previsible desacuerdo del Brexit.

Renovar con fuerza y convicción el impulso del europeísmo en este momento es un proyecto que debe de unir en sus mensajes a los ciudadanos y partidos del amplio espectro que va desde la socialdemocracia al conservadurismo moderado, pasando por las fuerzas liberales y los nuevos partidos reformistas, que demandan cambios pero, reconocen el éxito arrollador de la Unión Europea como espacio de libertades, paz y progreso. Esta es la clave de la potencia europea. La voluntad de hacer fuerte el proyecto de integración para trasladar al entorno global los beneficios de convivir en la diversidad y el respeto a las leyes. Y hacerlo desde un marco de instituciones adaptadas a nuestro tiempo, donde se avance sin recelos hacia unas políticas comunes en materia exterior y de seguridad, o en el proceso de armonización y simplificación fiscal. Un marco que permita hacer reconocible lo europeo en un mundo global que no obliga a perder la identidad de cada uno.

El reto es difícil. Borrell veía dos líneas de fractura en la Europa actual. La primera línea es la Norte – Sur y ha venido propiciada por la crisis económica. Y la segunda es la Este – Oeste que he venido motivada por el desbordamiento de la inmigración. Dos cuestiones que además han propiciado el fortalecimiento de los populismos de izquierda y de los ultranacionalismos. El Movimiento Europeo ha sabido anticipar con estas reuniones, la reflexión a la que nos enfrentamos los europeos en los próximos meses: o consolidamos firmemente nuestra potencia, o nos desintegramos sin remedio alguno.