Víctor Arribas

Pie de foto: Finlandia y Ucrania: las señales del desencanto. 

Las opciones políticas que representan el hartazgo de los electores llevan algunos años abriéndose hueco en los países occidentales. En España sin ir más lejos, la crisis económica y de valores que sacudió el país entre 2009 y 2014, con repercusiones todavía hoy visibles, propició el nacimiento o la consolidación de partidos que en otras condiciones habrían sido marginales en su defensa de posiciones alternativas a las de los partidos tradicionales.

Alguna de ellas directamente fue la expresión del descontento hacia esa política convencional, incapaz de encontrar soluciones a las dificultades que el momento histórico presentaba, al desempleo, la corrupción, los bajos salarios o la impunidad de los políticos de toda la vida en sus manejos en beneficio propio. Nadie pudo discutir entonces lo que aportaban esas nuevas formaciones a la vida institucional, pese a que en algunos casos la nueva política trajo también un auge de los nacionalismos radicales: Cataluña, Le Pen, Farage, Trump, Bolsonaro... Los principios conservadores de izquierda y derecha saltaban por los aires elección tras elección de las que se iban celebrando en el mundo.

El actual presidente norteamericano ganaba contra pronóstico a Hillary Clinton, apoyado en los votos de la América profunda y desencantada; se afianzaba en Grecia la coalición radical Syriza, aunque al poco de llegar ya se comprobó la debilidad de sus posiciones frente a la UE; el Brexit se imponía en el Reino Unido y dejaba al país sumido en la mayor crisis de su historia; el no al acuerdo de paz vencía en las urnas en Colombia hasta producir el insólito efecto de la repetición que garantizó el resultado deseable; y en Italia se abrazaban los dos extremos, derecho e izquierdo, para conformar una imposible coalición en la que conviven sin aparentes fricciones y destrozando sólidos pilares que construyeron el proyecto europeo, como la bienvenida a cualquier tipo de inmigración.

Esto ya no tiene nada que ver con lo que era hace diez años: la ciudadanía ha aplicado un severo corrector en los sistemas de gobierno de Occidente desde que estalló la crisis de las hipotecas subprime, y la cuesta abajo y sin frenos parece no tener por el momento dársena segura en la que desembocar.

En este contexto general, en apenas dos semanas se han celebrado o están a punto de celebrarse tres procesos electorales importantes en el continente: Finlandia, Ucrania y España. Veremos qué ocurre el domingo en España, donde el voto a una formación nacionalista surgida como respuesta a la tibieza con el independentismo parece estar poco valorado en los sondeos. Los resultados de las dos primeras confirman esa tendencia que supone el auge de un voto transversal y defraudado por todo lo que ocurre en la sociedad: extrema derecha en Finlandia, populismo en forma de incógnita en Ucrania.

Finlandia. Casi dos décadas después, los socialdemócratas se han aupado a la primera posición electoral pero solo con comprobar el escaso porcentaje de votos que ha obtenido su cabeza de cartel Antti Rinne, se entiende el grado de fragmentación, o de frustración política que vive el país: 17,7%. Los titulares en España hablaban la pasada semana de una “victoria empañada por la ultraderecha”, en ese eterno empeño de la prensa de decirle a los ciudadanos qué está bien y qué está mal de sus decisiones. En pleno uso de su libertad, los electores han convertido a Verdaderos Finlandeses (algo así como el América first de Trump) en segunda fuerza, separados tan sólo por un puñado de votos de los ganadores: 17,5%. Y el mensaje antiinmigración es el que ha calado, ese que gusta tan poco a los medios de comunicación y a los partidos tradicionales y que sin embargo supone un aldabonazo en Europa para las opciones que lo defienden cada vez que hay elecciones desde hace una década.

Ucrania. Ha ganado un cómico, lo cual recuerda el caso de Beppe Grillo en Italia cuyo Movimiento 5 Estrellas gobierna en la actualidad. Aquí no ha habido incertidumbre como en Finlandia: Volodímir Zelenskiy ha arrasado al presidente Poroshenko y ha conseguido más de siete votos de cada diez emitidos. Un vapuleo en toda regla. Lo ucranianos no han perdonado al líder del establishment que no haya avanzado en la defensa de las clases medias, que no haya logrado mejores salarios ni defender al país como ellos esperaban frente a la invasión rusa de Putin. Y por eso han apoyado a un candidato sin experiencia pública que ha propuesto “romper el sistema” como gran oferta a la ciudadanía. Ha conseguido una marea de votos, cercana al 90%, en las regiones del este, donde se enmarcan Donetsk y Lugansk en las que el separatismo ha anidado y los rusos han armado a los grupos paramilitares que amenazan con romper Ucrania. En una palabra, Zelenskiy es algo nuevo, contestatario, orgulloso, antisistema y nacionalista histriónico. Ha forzado debates electorales en estadios olímpicos, donde el contacto con la gente fuera más cercano, y ha puesto a su partido instrumental el mismo nombre, Servidor del pueblo, que la serie de televisión que él protagonizaba en la que era el presidente de Ucrania tras haber dado el salto desde los pupitres de un instituto al palacio presidencial de Kiev.