Javier Fernández Arribas

Los ciudadanos del mundo asistimos aterrados a lo que ocurre día a día en lugares como Alepo con un sentimiento de impotencia general. La violencia se impone a la razón, no es nada nuevo en la historia de la humanidad, en pleno siglo XXI cuando todo parecía indicar que se había alcanzado un nuevo Orden Internacional gracias a las nuevas relaciones entre las superpotencias. Los civiles son las víctimas de una guerra entre el régimen del presidente Bachar Al Assad y la oposición que empezó manifestándose por las calles pidiendo democracia y libertad y se vio forzada al uso de las armas para responder a la brutal represión de la Muhabarat siria y del Ejército.

La vía de la violencia ha desencadenado todos los horrores habidos y por haber, y siempre pagan los mismos: niños, mujeres, ancianos, hombres que cometen barbaridades en una guerra donde la acción de los grupos terroristas ha elevado a extremos insospechados el grado de maldad y crueldad donde el hombre se convierte en un lobo rabioso contra el hombre. Los bombardeos de la aviación siria y rusa para forzar la rendición de la oposición a base de asesinar civiles son contemplados por lo que se llama la Comunidad Internacional con una pasividad hiriente para cualquier conciencia.

Si no teníamos suficiente con el infierno de Alepo para vergüenza internacional, los terroristas han sembrado indiscriminadamente de muerte y destrucción las calles de Estambul, El Cairo, Nigeria y Mogadiscio. Nueva dosis de impotencia ante los ataques cobardes y docenas de muertes y tragedias familiares. Mientras tanto, ante situaciones insoportables como las que se viven en estos países, miles de personas tratan de salvar sus vidas huyendo hacia Europa. Aquí sí que podemos ayudar, no hay impotencia que valga.

La responsabilidad es de los gobiernos, pero también son posibles las iniciativas privadas de cada uno de nosotros apoyando a ONGs que ayudan a los refugiados. También se dan iniciativas de instituciones como la Obra Social ‘la Caixa’ con una aportación de 100.000 euros a la ONG proactiva Open Arms para que pueda incrementar su ayuda a estos seres humanos. Esta es la percepción que hay que valorar: son seres humanos. Sin duda, hay que saber quiénes son, de dónde vienen, qué han hecho y propiciar su regreso cuando sea posible para reconstruir sus vidas; pero, mientras tanto hay que evitar que las mafias se aprovechen con resultado de muerte infame en el Mediterráneo.