Víctor Arribas

Pie de foto: Incógnitas y consecuencias de la guerra tecnológica.

Ya se advirtió en noviembre de 2016, al celebrarse las elecciones presidenciales de Estados Unidos, que el mundo podría cambiar a velocidad de vértigo en apenas cuatro años si Trump lograba agotar su mandato sin ser obligado a abandonar la Casa Blanca, y si llevaba a cabo los puntos esenciales de su programa electoral, el que escandalizó al mundo, pero sedujo a millones de ciudadanos del país más poderoso del mundo.

Desde los primeros meses de su administración, el Presidente emprendió las medidas que desarrollaban ese contrato programático comprometido con su país, que por mucho que nos disguste es el que democráticamente eligieron los votantes, aunque sus efectos llegan hasta el último confín del planeta como ya estamos comprobando y como teorizaba el efecto mariposa.

Llegaron las denuncias de tratados internacionales que imponía la línea unilateralista de Trump, se sucedieron las decisiones contrarias a la acogida de inmigrantes anunciadas durante meses de campaña, llegaron los coqueteos con Rusia y las ocultaciones sobre su verdadero papel en la campaña y en la elección, se sucedieron las advertencias a los socios militares para compartir gastos, y llegó también el endurecimiento de las relaciones comerciales con el mundo entero, fruto de la desconfianza del equipo presidencial hacia la buena fe de países socios y amigos, y de una visión provinciana de la economía global, aunque esta tesis arancelaria y de barreras fuera comprada por muchos productores yanquis ávidos de incrementar sus resultados anuales. Así hemos llegado al estado en que se encuentran las relaciones comerciales a nivel internacional, y al riesgo de que esta guerra, que tiene como soldados vulnerables a los consumidores, se prolongue mientras las políticas trumpianas y lo que las origina sigan vigentes en el mundo.

La decisión de Google aventura que el mercado de las nuevas tecnologías ya nunca será el mismo. Habrá un antes y un después de este veto de la compañía con sede en Mountain View a Huawei, justificado por ser una amenaza a la seguridad comercial de EEUU. Quien haya diseñado esta política de intimidación hacia las relaciones de comercio ha afinado lo suyo: ha excluido los productos farmacéuticos, materiales del sector sanitario y materias primas como los minerales considerados “críticos", pero ha sido implacable con todo tipo de mercancías de consumo que suponen el día a día de miles de millones de personas: productos cárnicos, ganadería, derivados lácteos, frutas, verduras, componentes para automóviles, ropa, calzado y todo lo relacionado con chips tecnológicos.

Desde hace pocas horas, Huawei no puede ya actualizar el sistema operativo Android, aunque afirma que tiene listo el suyo propio, algo que el mercado tendrá que ver para creerse porque la incredulidad se impone en los tiempos que corren. Aunque si han sido capaces de ser fundamentales en la fabricación de componentes tecnológicos de primera calidad, podrán culminar en tiempo récord un sistema para que sus aparatos puedan funcionar sin depender de Google.

La primera duda sobre este nuevo escenario salta a la vista: ¿Ha seguido Google la línea marcada por la presidencia de Estados Unidos? Si es así, el poder de Trump es mayor del que se suponía incluso, y no olvidemos que al boicot se han sumado otros fabricantes de componentes para procesadores, chips necesarios para terminar la fabricación de los productos que llegan a los establecimientos comerciales. Un imperio como el del motor de búsqueda más famoso supone un resorte de poder que cuesta creer se pueda poner al servicio de cualquier interés político, por mucho que recordemos aquellas campañas comerciales en favor de los aliados durante la guerra, la publicidad que se dio a los bonos de guerra con los que se financiaba la mejora de las capacidades militares norteamericanas. Una multinacional se alinea de esta forma con el mandatario más poderoso del mundo si le va en ello algo que vaya mucho más allá que la venta del software necesario para que sean operativos los dispositivos electrónicos.

La sacudida en las bolsas lo puede demostrar: hasta Apple ha visto mermado su valor en los primeros compases de este nuevo escenario comercial. No perdamos de vista la incógnita que más preocupa: qué pasará con los millones de usuarios de teléfonos móviles chinos de la marca boicoteada. No podrán actualizar el sistema operativo ni tampoco las aplicaciones por las que hoy se mueve el mundo: las usamos para pedir un taxi o un VTC, para realizar una operación bancaria, para comprar entradas del teatro o para pagar la barra de pan en el comercio de la esquina.

No sabemos tampoco qué pasará ahora con otros sectores comerciales que tienen la misma alianza de mercado con empresas chinas que el tecnológico: el textil, el del calzado. Las zapatillas deportivas de Nike o de Adidas (que sirven para pasear, pero ahora no tanto para hacer deporte) utilizan componentes de fabricación china, como ocurre con los teléfonos y las tabletas. Por supuesto, qué hará el gigante herido. China tiene ahora varios caminos: emprender represalias de carácter comercial, o recurrir a los tribunales de justicia que deberían ser los norteamericanos para dirimir una cuestión de su plena jurisdicción.                    

Entre las certezas que se extraen de lo ocurrido esta semana, la beneficiada es Samsung, que se destacará en la lucha por el liderazgo de la telefonía móvil en el mundo. Además, la implantación de las redes 5G va a sufrir un golpe irreversible y veremos si su retraso en llegar a los usuarios será mayor del previsto por estos tiras y aflojas a nivel internacional. Lo que es seguro en esta tormenta es el incremento del precio de los celulares y tabletas, como hoy ya se adelanta, cifrando en un 15% esa subida para todas las marcas. Un tsunami no es gratuito y sus efectos llegarán al bolsillo de buena parte de los consumidores de tecnología, que somos todos. En nuestras esferas profesional y personal.