Javier Fernández Arribas

Leyendo el tuit del presidente de Estados Unidos anunciando a Rusia el ataque a Siria con "misiles bonitos, nuevos e inteligentes" no he podido evitar el recuerdo de Gila, con su teléfono negro llamando al enemigo. Es algo muy serio lo que ocurre porque Rusia ha advertido que los interceptará. Trump asegura también que las relaciones con Rusia estánpeor que durante la Guerra Fría. Es insólito por no decir bochornoso que se especule vía twitter con este tipo de ataques que más bien parece responder a una táctica para que la inestabilidad política provoque, además de la caída de las bolsas por el miedo y la incertidumbre posterior, la subida del precio del petróleo. Por cierto, algo que beneficia a Estados Unidos, pero también a Rusia aunque las sanciones norteamericanas están haciendo bastante daño, sobre todo a industrias rusas del aluminio. Con esta escalada de la tensión y si se produce el ataque, la industria de armamento también obtiene sus réditos. 

La utilización de armas químicas es abominable, un hecho deleznable que retrata la calaña de quien las usa. Y si se lanzan contra civiles indefensos, la condena debe ser tajante con una reacción lo más contundente posible. Pero, cuidado, porque la muerte de 48 personas afectadas por arma química es un ataque cobarde contra la dignidad de los seres humanos que nos provoca una reacción visceral pero no debe diferenciarse demasiado de un bombardeo con armas convencionales contra civiles desarmados. El asesinato de los civiles en estos conflictos es tan inaceptable de una manera o de otra.

Sin duda, la muerte por arma química es más dolorosa, angustiosa y con mayor sufrimiento. Se debe considerar inhumano este hecho, pero también el de mantener sitiados a miles de personas sin agua, alimentos o medicinas durante semanas y bajo continuos bombardeos. Entramos en categorías de muerte de difícil justificación y, sobre todo, con elevado riesgo de manipulación para provocar decisiones arriesgadas. Que Donald Trump tome ahora decisiones importantes sobre Siria, después de 7 años de guerra y destrucción y medio millón de muertos, no deja de ser una actuación forzada. Habría que buscar una solución para acabar con los enfrentamientos y evitar, además, que se incremente la intervención de Israel porque el conflicto adquiere una dimensión mucho más preocupante.

Hay muchos actores involucrados en la guerra de Siria: el régimen del dictador sirio Bachar el Asad; los grupos de la oposición que reclaman liberad y democracia y se alzan en armas; los grupos terroristas que aprovechan la ocasión para infiltrarse en diversas zonas e intentar crear un Califato; las potencias regionales que pretenden la hegemonía en la región divididos entre chiíes, encabezados por Irán, y sunníes, liderados por Arabia Saudí; Turquía que pretende acabar con la oposición kurda; los países vecinos que reciben a miles de refugiados como Líbano, Jordania y la propia Turquía que los envía a Europa; el vecino Israel siempre atento para evitar ataques contra su seguridad; y la superpotencias que han jugado un papel diferente: Rusia interviniendo sin complejos ni piedad para respaldar al régimen de Al Asad y defender sus intereses en la zona y Estados Unidos y los aliados europeos que se han mantenido al margen con una actuaciones contra los grupos terroristas muy limitadas. Ahora hace falta una justificación para salvar la cara a nivel internacional y castigar a quien utiliza armas químicas en Siria. Se trata de una mera justificación tóxica, que esperemos no empeore la situación.