José María Peredo Pombo. Catedrático de Comunicación y Política Internacional de la Universidad Europea de Madrid. /La Razón

Algunas interpretaciones señalan a las clases medias menos favorecidas como el ámbito social responsable de buena parte de los procesos revolucionarios que han transcurrido en la historia contemporánea. El descontento y la escasez de perspectivas para el futuro se encuentran también en nuestros días entre las causas más extendidas para explicar la victoria de Donald Trump en Estados Unidos y del Brexit en el Reino Unido. Varios millones de americanos han interpretado, que los costes de mantener un mundo abierto al comercio, seguro para los mercados y limpio para las generaciones futuras, había recaído sobre sus espaldas sin contraprestación alguna en términos de bienestar u oportunidades. Otros muchos miles de ingleses han preferido desintegrarse de Europa, perder un mercado que representa caso el 45% de sus exportaciones y afrontar la nueva etapa de la globalización desde un lugar indeterminado, soberano y con fronteras.

El proceso de desconexión provocado por el Brexit y la nueva iniciativa de Donald Trump para reventar el proyecto estratégico norteamericano contra el cambio climático, se han producido esta semana de manera simultánea. Como si las fuerzas del populismo crítico ultranacionalista se pusieran de acuerdo para derribar dos de los pilares que han definido el mundo occidental durante los últimos 40 años: el avance en la integración de las sociedades democráticas y el progreso basado en un crecimiento humano y sostenible.

“No veo en este momento un solo escenario donde el Reino Unido pueda salir beneficiado con el Brexit”, afirmaba el Director Académico del programa de la London School of Economics LSE Enterprise, Julius Sen, durante su conferencia en la Universidad Europea pronunciada en esta semana de disrupciones. Aunque en su opinión el efecto Trump es más mediático que político y en Europa, según él, se impondrá la necesidad de llegar a acuerdos para configurar el nuevo marco, el prestigioso experto en comercio internacional, reconocía que “nos encontramos en un proceso de adaptación a los nuevos tiempos de la globalización que probablemente tendrá un sentido más regional”.

Europa es una región construida sobre valores comunes firmes, históricos, sociales y liberales. Que afronta a partir de ahora el reto de flexibilizar y homogeneizar sus estructuras para hacer frente a un futuro incierto. Estados Unidos es una democracia sólida cuyas instituciones deberán rescatar el pragmatismo como principio que guíe la recomposición de una sociedad fracturada. Pero si uno de los detonantes de la disrupción y la crisis de nuestro tiempo fuera el temor al progreso irracional y al caos provocado por determinados contornos corruptos y violentos de la globalización, las clases medias deberíamos recuperar la convicción de que la mejor manera de combatir contra esos males raíces que generan metástasis en el tejido social, es fortaleciendo la racionalidad, el respeto a la ley, la cooperación entre aliados y las libertades. Recuperando principios básicos como la sostenibilidad y la solidaridad, comunes y adaptables a un entorno geopolítico aún más globalizado.

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