César Calvar

Pie de foto: Imagen del rey de Arabia Saudi, Salman bin Abdulaziz

Hay un viejo proverbio árabe que dice que “si tu casa es de cristal, mejor no lanzar piedras contra la de tu vecino”. Porque si alguien decidiera responderte con las mismas armas, una pedrada te puede dejar sin morada.

Ese refrán es una forma sutil de recordarnos que uno debe tener cuidado con lo que dice, pues puede volvérsele en contra. Y eso le ha pasado estos días a Arabia Saudí, cuyas acusaciones contra el vecino emirato de Qatar de apoyar el terrorismo han desatado una ola de estupor y rechazo hacia Riad, que en ese asunto haría bien en guardar silencio porque tiene mucho de qué avergonzarse.

La estrategia de Arabia Saudí de promover el aislamiento de Qatar en el Golfo Pérsico esconde motivaciones más oscuras que las declaradas. La principal es la aspiración saudita de someter a sus vecinos y controlar todo cuanto ocurre en la región, hasta el punto de que ningún estado desarrolle una política exterior autónoma que choque con sus intereses.

De ahí que el anuncio de Riad de romper relaciones diplomáticas con Doha fuera secundado inmediatamente por Bahrein, Emiratos Árabes, Egipto y Yemen. Y después por Libia -donde los petrodólares saudíes financian la reconstrucción institucional- y por Maldivas, paraíso fiscal donde el capital de la Península Arábiga desborda cuentas corrientes y domina la industria hotelera.

Qatar no es una democracia. Ni un régimen ejemplar, por mucho que invierta en soft power, financie al FC Barcelona o le resulte simpático al independentista Pep Guardiola. Pero a cada estado hay que verlo en su contexto, e igual que China puede parecer libre y segura tras visitar la vecina Corea del Norte, este riquísimo emirato que permite a las mujeres conducir y a los extranjeros beber alcohol en sus hoteles es un oasis comparado con la feudal Arabia Saudí, donde todo está sometido a la férrea ortodoxia islámica.

Los saudíes no soportan que Qatar haya cultivado buenas relaciones con Irán, el otro gran poder que aspira a dominar la región. También les incomodan las emisiones de la cadena de televisión qatarí Al Jazeera, el medio de comunicación más influyente de Oriente Próximo.

Desde su lanzamiento en 1996, Al Jazeera es el principal divulgador de las críticas que millones de ciudadanos árabes no pueden lanzar en casa contra sus gobiernos sin jugarse el pescuezo. Y eso es difícil de digerir para los guardianes de las esencias. De ahí que en Egipto hayan sido arrestados varios de sus reporteros y sus delegaciones en Irak y Arabia Saudí clausuradas con el pretexto de que promueve el extremismo. Estados Unidos también culpó hace años al canal de ser un altavoz de terroristas, por ser el elegido por Osama Bin Laden para enviar sus comunicados.

Qatar está acusado de acoger a un exlíder de Hamás, a talibanes y -sobre todo- de apoyar a los Hermanos Musulmanes, el movimiento islamista más antiguo y enraizado en Siria, Egipto, Libia y Túnez. No obstante, en la lucha contra el terrorismo también ha demostrado ser un aliado de Estados Unidos, país que comparte con Gran Bretaña en su suelo una base con más de 10.000 militares en Al Udeid, la mayor de Oriente Próximo y vital para las operaciones contra el Estado Islámico.

Esa fuerte presencia del Ejército norteamericano y de la CIA en Qatar sugiere que las denuncias de apoyar el terrorismo pueden ser infundadas, ya que hacerlo en ese contexto sería suicida. Aun así, es complicado saber qué hay realmente detrás de esta escalada y qué planes tiene para Qatar el imprevisible Donald Trump. De momento, resulta sospechoso que la crisis estallara después de su visita a Arabia Saudí, a quien puede haber dado manos libres para meter en cintura al vecino díscolo.

Existen informes como el de la fundación Center on Sanctions and Illicit Finance que denuncian que en Qatar hay donantes privados que financian la yihad. Pero el problema no se limita al pequeño emirato petrolero, sino que alcanza a otros muchos estados. Y en esa cuestión Arabia Saudí no es el más indicado para lanzar piedras contra sus vecinos porque tiene más que callar que ningún otro poder de la región.