José María Peredo Pombo. Catedrático de Comunicación y Política Internacional de la Universidad Europea de Madrid

El problema tradicional de convertir la política en un reality show es que se puede cometer el error de cesar al director del prestigioso FBI porque no te guste el sabor del plato que ha cocinado. Pero una vez rotos los límites entre la verdad y la mentira en la era de la posverdad y de la cocina creativa, el problema se encuentra más bien en determinar en qué consiste el plato cocinado.

Aunque pudiera parecer que Donald Trump se mueve como pez en el agua en los fogones de la Casa Blanca, no debería olvidar que el desprecio a la prensa y los coqueteos con los rumores, las medias verdades y las mentiras llevaron a sus predecesores al olvido, al despido y al ostracismo de la historia. A Bill Clinton le consumió su estrategia de no reconocer su affaire con la becaria en un largo proceso de respuestas a medias ante las preguntas de los periodistas y la oposición republicana. Richard Nixon pagó caro su desprecio enfermizo por la prensa y terminó fulminado por los turbios manejos del Watergate. A Bush, el hijo, le devoró la memoria histórica junto a todo su equipo de neo conservadores por haber infravalorado las trágicas consecuencias humanas y políticas de comenzar una guerra de Irak sobre la falsedad de las armas de destrucción masiva.

Llegados a este punto en 2017, donde la especulación ha entrado a formar parte de los desayunos americanos, cabría preguntarse a quién le conviene el deterioro de la imagen de Trump y de Rusia al mismo tiempo: ¿a la oposición demócrata y a la humillada Hillary Clinton que aparece en la prensa estos días para recordar que su derrota fue una consecuencia de filtraciones intencionadas?; ¿a los enemigos de un hipotético acercamiento de las grandes potencias para avanzar en la resolución del conflicto sirio o en la lucha contra la proliferación nuclear?; ¿a la propia imagen de los rusos, que pueden ganar protagonismo internacional si mantienen una capacidad de influencia artificial y mediática en la era de la posverdad?; ¿a la prensa tradicional que necesita un escándalo político para recuperar su credibilidad y rentabilidad?

El cese del director del FBI, James Comey, vuelve a poner sobre la mesa de la opinión pública una única verdad contrastada. La necesaria aparición de la prensa libre y profesional y de las instituciones políticas y judiciales para explicarle al presidente de los Estados Unidos la diferencia entre un guiso y un revuelto.