Paco Soto/El Debate de hoy.es

Pie de foto: Un volcán que amenaza con entrar en erupción

La crisis rifeña ha puesto en jaque al poder político en Marruecos y a su pieza esencial: la monarquía. El Rif es un volcán dormido que, si despierta, puede sumir al país en el desorden y el caos. Se necesita estabilidad, pero debe estar ligada a mayor democracia y un verdadero Estado de derecho.

En octubre de 2016, la trágica muerte de Mohcine Fikri, un humilde vendedor de pescado que fue triturado por un camión de la basura cuando trataba de recuperar la mercancía que le habían requisado unos funcionarios públicos, en Alhucemas, desencadenó una auténtica rebelión popular en esta ciudad del Rif, en el norte de Marruecos. Tradicionalmente rebelde y hostil a la monarquía alauita, el Rif se enfrentó una vez más al poder central y a la corriente más conservadora en su seno y vinculada a Palacio, el Majzén. El descontento de Alhucemas se extendió como un reguero de pólvora a otras poblaciones rifeñas. Casi nueve meses después, el Hirak (movimiento rebelde) sigue activo en el Rif, a pesar de la represión policial y la ofensiva judicial contra sus principales dirigentes y activistas.

Las protestas constantes en el Rif causan una crisis en Marruecos

El actual Gobierno de coalición del islamista moderado Saad-Eddine El Othmani se ha visto incapaz de hacer frente a la crisis rifeña. Sus maniobras políticas de última hora no han conseguido frenar la rebelión popular. Sus promesas sobre rápidas inversiones no se las cree la mayoría de la población rifeña, que en Alhucemas y otras ciudades y pueblos sale prácticamente a diario a la calle contra la pobreza, las injusticias, el desempleo, la corrupción y la hogra (desprecio de los poderosos al pueblo). La crisis rifeña ha puesto en un serio aprieto al poder político en Marruecos y a su pieza esencial: la monarquía. Tanto es así que el rey Mohamed VI, que llegó al trono en 1999 prometiendo grandes cambios y reformas en el país, se ha visto en la obligación de criticar abiertamente a varios ministros del Gobierno de El Othmani por el retraso que llevan en la aplicación de un ambicioso plan de desarrollo socioeconómico para el Rif anunciado por el anterior gabinete del también islamista Abdelilah Benkirane.

Algunas personalidades han pedido al monarca que intervenga directamente en la crisis del Rif para tratar de encauzar el legítimo descontento popular y buscar una salida negociada a las reivindicaciones del Hirak. Los partidos políticos clásicos, como el PJD (islamista), el PI (nacionalista de derecha), la USFP (socialista), el MP (berberista y conservador), el RNI (centrista) y el PPS (antigua formación comunista) están descolocados ante el conflicto que recorre la región norteña, de cultura mayoritariamente amazigh (bereber). La principal fuerza de oposición, el Partido de la Autenticidad y la Modernidad (PAM) de Ilyas El Omari, fundado por un amigo y ex secretario de Estado de Interior del Rey, Fouad Ali El Himma, no ha logrado capitalizar el descontento rifeño. Muchos ciudadanos rifeños y marroquíes ven en el PAM un partido formalmente modernista y liberal creado por los aparatos del Estado para hacer frente al auge imparable del islamismo político y embaucar a muchos demócratas sinceros, y vinculado a las mafias de la droga, que en el Rif ejercen un gran poder.

Curiosamente, Said Chaou, un narcotraficante de origen marroquí y nacionalizado holandés que está acusado de financiar e intentar teledirigir desde el extranjero la rebelión del Rif, es primo del líder del PAM. El Rif es una región que, en buena medida, vive del cultivo de cannabis y del dinero que envían a sus familiares los emigrantes rifeños que viven en Europa, sobre todo en Países Bajos, Bélgica, España, Francia e Italia. El poder central siempre ha mirado al Rif con recelo. El político y líder militar rifeño Abdelkrim El-Khattabi, además de encabezar la resistencia contra la administración colonial española y francesa durante la Guerra del Rif, proclamó la República del Rif entre 1923 y 1926. En 1959, Hasan II, que entonces era príncipe heredero, reprimió con gran dureza una revuelta que estalló en el Rif. Durante su reinado, Hasan II marginó económicamente a la región rebelde y humilló a su población. Mohamed VI prometió un cambio de estrategia espectacular y, tras llegar al trono, viajó al Rif para tratar de reconciliar la monarquía alauita con los rifeños.

El actual soberano no ha conseguido plenamente su propósito. Tiene poder político, pero menos que su padre. La sociedad marroquí ha cambiado y, en gran medida, ha pedido el miedo al Majzén. El avance de los islamistas de Justicia y Caridad, movimiento de inspiración sufí tolerado pero no legalizado, es imparable. Los partidos tradicionales están en crisis. Viejos conflictos como el del Sáhara Occidental no se han resuelto. El país ha progresado económicamente y existe una clase media urbana, pero la pobreza y los desequilibrios sociales y territoriales son enormes. Existen grupos autonomistas e incluso independentistas en el Rif y otras regiones amazighs que cuestionan el Estado centralista y muchas reformas modernizadoras impulsadas por el propio Mohamed VI se han quedado a medias.

Dos visiones del conflicto

El conflicto rifeño genera grandes contradicciones en el seno del Estado. A grandes rasgos, quiero destacar que existen dos corrientes. Un sector del poder estatal apuesta por la pacificación y la negociación en el Rif. Otro grupo defiende la vía represiva, que, según varias ONG, se ha concretado en la detención de unas 200 personas. El líder de la rebelión, Nasser Zafzafi, está encarcelado en Casablanca y podría ser juzgado por atentar contra el Estado y querer acabar con la unidad territorial del reino. Zafzafi y otros activistas detenidos denunciaron torturas y malos tratos. Cuentan con el apoyo de colectivos como Amnistía Internacional (AI). El conflicto rifeño es estructural, y no meramente circunstancial, y ha puesto en un serio aprieto a la propia monarquía. No es fruto de extrañas maniobras urdidas desde el extranjero por los enemigos de Marruecos, como sostienen algunos responsables marroquíes. La represión pura y dura contra un movimiento mayoritariamente pacífico no parece ser la solución más viable e inteligente, aunque a corto plazo pueda tener ciertos resultados prácticos.

Manifestación multitudinaria en Rabat en solidaridad con los detenidos en las protestas del Rif

Si el poder se enroca y se niega a escuchar las peticiones nacionales e internacionales a favor de una solución dialogada a la crisis y del fin de la represión policial y judicial, las repercusiones sociales y políticas podrían ser desastrosas. Marruecos es un país relativamente estable y la institución monárquica goza de prestigio. Ahora bien, no existen ninguna “excepción marroquí” en un mundo árabe atravesado por grandes contradicciones y tensiones. Hasan II se inventó el mito de la supuesta naturaleza excepcional de Marruecos respecto a otros países de la región. Eran otros tiempos. Su país era distinto. La crisis rifeña surgió hace muchas décadas y no se resolverá si no se llevan a cabo hasta el final las grandes reformas democráticas, económicas y sociales que el Rif -pero también el conjunto de Marruecos- necesita. El Rif, de momento, es un volcán que está dormido. Si se despierta, la irrupción de lava puede acabar con todo Marruecos y hundir al país en el desorden y el caos. Sí, Marruecos necesita estabilidad, pero esta debería estar ligada a mayor democracia y un verdadero Estado de derecho, progreso económico y bienestar social.

Un acontecimiento relevante

La revuelta mayoritariamente pacífica del Rif tiene orígenes de orden económico, social y también identitario. Esta crisis es un acontecimiento relevante y de inciertas consecuencias. Negarlo, como hacen algunos poderosos en Marruecos, es absurdo. Absurdo y peligroso, porque no enfrentarse a los problemas no significa resolverlos. Al revés, los problemas empeoran y las soluciones son después más difíciles. El Rif tiene unas características sociales y culturales específicas dentro de Marruecos y su proceso de integración dentro del Estado nacional marroquí no ha sido fácil. Quedan muchas cosas por hacer. Una de las promesas de Mohamed VI, la reforma de la organización territorial del Estado, no se ha llevado a cabo. El rey, siguiendo las enseñanzas de su padre, lo planteó como una forma astuta de acabar con el conflicto del Sáhara Occidental, integrando el territorio de la antigua colonia española en el marco de un Marruecos descentralizado y con amplios poderes para las regiones. Los autonomistas del Rif y de otras regiones lo vieron, lo siguen viendo con buenos ojos y se fijan en modelos como el español.

No veo otra vía para solucionar los grandes problemas del Rif que la del diálogo sincero entre las partes enfrentadas, el grueso de la población con los poderes locales y central. El Estado marroquí necesita una profunda reforma que ponga en marcha soluciones políticas, económicas, sociales, culturales para el Rif y los territorios más marginados. Si de verdad el rey y los dirigentes marroquíes más lúcidos quieren solucionar la crisis rifeña, tendrán que coger el toro por los cuernos. Con parches a derecha e izquierda no solucionarán los problemas. Neutralizar al Majzén no es una tarea fácil, pero no le queda otra al monarca si de verdad quiere ser un jefe de Estado democrático y del siglo XXI. Lo que ocurre en el Rif en estos momentos tendrá repercusiones en el resto de Marruecos y probablemente en el conjunto del Magreb. Y no olvidemos que este territorio en conflicto, el Rif, está cerca de España y de la Unión Europea (UE). Lo que ha ocurrido hasta ahora no es muy alentador. De momento, el Estado ha sacado la porra. Desde luego, no como en tiempos de Hasan II. No ha habido muertos, lo que es un gran acierto, pero sí demasiadas detenciones, torturas, malos tratos, violencia policial…

La cólera popular, cuando tiene bases justas, no se soluciona a porrazo limpio. Frente a manifestantes que gritan “queremos un hospital, una universidad y puesto de trabajo”, un Estado que a estas alturas del siglo XXI pretende homologarse al mundo democrático no puede recurrir a la fuerza bruta sin más. ¿En qué quedamos? ¿Es Marruecos un país en transición democrática? ¿Es el rey Mohamed VI el motor del cambio que, a trancas y barrancas, se inició en 1999? La muerte de Mohcine Fikri el año pasado provocó indignación. Y la indignación se transformó en contestación pacífica. El poder no ha reaccionado bien. O mejor dicho: ha reaccionado como siempre. Es un grave error, pues, como dije antes, la sociedad marroquí ha cambiado. Exigir una vida digna, mayor justicia social, trabajo no es un crimen. Cuando miles de personas protestan cada día en las calles de Alhucemas y otras poblaciones rifeñas, desde hace casi nueve meses, es que hay un problema. Y no es un problema menor.

En las protestas, muchos ciudadanos han criticado directamente a Palacio. No es una cosa frecuente en Marruecos, donde quien critica a la monarquía se expone a graves condenas. La cuestión en Marruecos no es acabar violentamente con la monarquía alauita y sustituirla por una república corrupta y autoritaria como ocurre en muchos países árabes. El problema es llevar a cabo las grandes reformas que el país necesita, no solo en el Rif, para transformarlo en los próximos años en una nación plenamente democrática. ¿Sabrá o podrá el rey apostar decididamente por la opción democratizadora y reformista, aunque esto le cueste romper parcialmente con un pasado heredado y acabar con privilegios arcaicos? Esta es la pregunta clave. ¿Sabrá transformar a su país para evitar males mayores? Esto sería lo deseable.