Miguel Ángel Benedicto/ Periodista y profesor de Relaciones Internacionales UEM/Teinteresa.es

Pie de foto: Esta semana Trump estrenó estilo presidencial y Juncker pasó de político a burócrata

Trump estrenó estilo presidencial y Juncker pasó de político a burócrata. Esa es la sensación que dejaron los discursos de esta semana del presidente de los Estados Unidos y del de la Comisión Europea que además tuvieron un eco muy distinto. El que venía de Washington retumbó en Europa, el susurro de Bruselas sonó a fin de ciclo. EEUU mantiene el rumbo populista mientras la UE no sabe cómo poner coto a lo que comenzó con el Brexit y se puede avecinar en las próximas elecciones en Holanda, Francia y Alemania.

Trump pidió ante el Congreso la renovación del espíritu americano. Con un relato más suave, el inquilino de la Casa Blanca hizo gala de su proteccionismo, nacionalismo, aislacionismo y retórica antiinmigratoria.

Al otro lado del Atlántico, Jean-Claude Juncker, mientras se dirigía a la Eurocámara para presentar el libro blanco sobre el Futuro de la UE, se preguntó hacia dónde iba Europa. Entre los 5 destinos que marcó estaba el de dar marcha atrás en la construcción europea. Autocrítica demoledora la del luxemburgués, que al menos reconoció que esa no era su opción

En Washington se defendió con aplomo un cambio de paradigma en el mundo. Sin embargo, en Bruselas se habló de reflexionar sobre el futuro de Europa con poca convicción y sin defender ninguno de los 5 caminos por los que debe transitar una UE que parece haber perdido el rumbo.

Ante el Congreso, el presidente norteamericano desgranó su agenda proteccionista. Las industrias moribundas -comentó Trump- volverán a rugir de nuevo. El presidente sacó pecho porque empresas del motor, tecnológicas o grandes almacenes como Walmart vuelvan a invertir en territorio americano para resucitar ciudades como Detroit, Chicago o Baltimore. El mandatario hizo un diagnóstico demoledor del empleo: 94 millones de estadounidenses están fuera del mercado de trabajo. Más de 43 millones de personas viven en la pobreza y otros 43 lo hacen de los cupones de alimentos. La solución: construir nuevas infraestructuras para las que pidió 100.000 millones de dólares de inversión pública y aumentar el gasto militar en un 9%. Todo ello ante un partido republicano que no dejó de aplaudirle.

La retórica anti-inmigración también se dejó sentir en el Congreso americano. Con el objetivo de ensanchar la clase media, Trump quiere dejar de exportar empleo de otros países y está dispuesto a reformar el sistema de inmigración legal para evitar bajadas de salarios y presión a los contribuyentes. Volvió a conectar, pese a que los datos lo desmienten, inmigración ilegal con problemas de seguridad, no dudó en volver a defender el cierre de fronteras y recalcó que pronto construirá el muro con México, aunque carezca de fondos para ello.

Sin liderazgo ante el populismo

En Bruselas, el presidente de la Comisión Europea no se decantó por ninguna de las cinco opciones que presentó para el futuro: seguir como hasta ahora, sólo el mercado único, la Europa de varias velocidades, menos UE, pero mejor o una Europa federal. Juncker olvidó que tiene la legitimidad de los votos y que debería ejercerla frente a la moda populista, eurófoba y nacionalista que se extiende como una mancha por toda la UE. Quien no se enfrenta al enemigo, pese al riesgo de ser masacrado por él, termina perdiendo la batalla y la auctoriutas. Juncker ha perdido la del liderazgo al no apostar por el camino federal que su instinto le indica.

Trump, aunque pueda estar equivocado, defiende sus posiciones con convicción y magistralmente como comunicador, con ejemplos, nombres propios, cifras y una concreción que llega a todo el mundo. Juncker usa conceptos abstractos que no permiten la empatía del ciudadano europeo.

En el momento actual de policrisis europea con el Brexit y el populismo en la puerta, el cargo de presidente del ejecutivo comunitario debería tener un carácter más político. En cambio, Juncker se decantó por un perfil burocrático y sin liderazgo, aunque lo disfrazara de diálogo y negociación con los Estados y los ciudadanos. “No he venido a imponer nada, no soy un dictador”, subrayó. El luxemburgués hizo dejación de funciones y dejó la pelota en el tejado de los Estados; pero Europa está en un momento complejo que requiere apuestas concretas y alternativas al populismo de Wilders, Le Pen o Petry. Los problemas no se van a solventar con un debate de aquí a 2019 del que ni tan siquiera se sabe el formato. Parece un revival de las conversaciones que se iniciaron al fracasar la Constitución Europea tras el “no” francés y holandés, y que abrieron un período huero que finalmente desembocó en el Tratado de Lisboa que acordaron los 27. En defensa de Juncker hay que decir que fue sincero y tiene razón cuando indica que los Estados le han dejado huérfano, sobre todo los más nacionalistas. También hay que reconocer que al final de su intervención defendió los valores y principios europeos.

Trump pedía a los miembros del Congreso que se unieran a él “para soñar cosas grandes y audaces” para su país. Juncker vive una pesadilla de la que quiere despertar, pero no encuentra el apoyo ni la unidad necesaria en los 27. Ha llegado el momento de contraponer el modelo europeo de democracia, paz, libertad de comercio y Estado del bienestar frente a los aires populistas que soplan desde el otro lado del Atlántico. Un vendaval que amenaza con arrasar lo que tanto ha costado construir en Europa cuyos ideales deberá defender el Consejo Europeo el próximo 25 de marzo en Roma con convicción y liderazgo, durante la celebración de los 60 años del nacimiento de la Comunidad Económica Europea.