José María Peredo Pombo. Catedrático de Comunicación y Política Internacional de la Universidad Europea de Madrid/La Razón

Maquiavelo tuvo claro que debía convencer al Medici de que era más importante para el Príncipe ser temido que ser amado. Aunque un alto porcentaje de políticos y líderes desde los albores de la Edad Moderna han mantenido serias dudas sobre la primacía del realismo sobre la vanidad. Entre ellos parecía acomodarse el presidente Donald Trump, fascinado con ser amado, y odiado, mucho antes que cualquier otra cuestión. Tentado por las adulaciones de su jefe de estrategia Stephen Bannon y de sus consejeros más nacionalistas, Trump ha vivido dos meses de espaldas al mundo, tomando decisiones sobre muros y fronteras, con una doctrina aislacionista e inconsistente en un mundo abierto al comercio, las alianzas y a los conflictos.

Pero los consejeros denominados “realistas” de su administración, el Secretario de Estado Rex Tillerson, de Defensa James Mattis o el general Mc.Master, Consejero de Seguridad Nacional, discípulos de Maquiavelo y de la tradición más extendida en el internacionalismo republicano, encontraron el momento preciso para dar un giro a la desconcertante debilidad norteamericana. Una respuesta contundente al ataque con armas químicas de El Asad; una bomba de dimensiones ultra pesadas para recordar que el principal enemigo de los Estados Unidos es el terrorismo internacional y el ISIS; y una serie de advertencias a Corea del Norte para que vaya pesando en transformarse en una lenta y agónica Cuba asiática, que no interfiera en la recomposición del complejo tablero político del Pacífico.

El tercer sector de la administración, el del establishment conservador liderado por Pence, más la prensa y el Congreso, han pinchado me gusta a la presentación en sociedad de la doctrina del realismo globalizado, que reconoce a los problemas globales como cuestiones americanas y al uso de armas no convencionales como una amenaza tanto para Estados Unidos como para sus aliados. Israel en Oriente Medio y Corea del Sur y Japón en Asia.

Al cuarto y último sector, la Trump Family and Brand: Ivanka, el yerno Kushner, la rubia Conway y los Goldman Sachs boys, también les ha parecido muy bien esto de producir temor entre los rivales y enemigos. Más aún si tenemos en cuenta que la popularidad del vanidoso presidente ha subido exponencialmente. Y con ella, la marca y las perspectivas de los buenos negocios en la economía americana.