F. Javier Blasco

A lo largo de los siglos los diferentes imperios que se han venido sucediendo y consolidando en el mundo han sido fruto o consecuencia de grandes conquistas militares mediante la invasión o el descubrimiento de viejos o nuevos territorios respectivamente y su posterior ocupación bajo manu militari de dichos territorios para lo que siempre se ha precisado de importantes fuerzas militares de diverso pelaje. Muchas de estas tuvieron que basarse principalmente en sus propias fuerzas autóctonas, aunque en la mayoría de los casos, se tuvo que recurrir a la recluta voluntaria o forzosa de combatientes procedentes de la propia u otras tierras conquistadas.

Una de las principales razones de la existencia y permanencia en el tiempo de todos estos dominios se debió a las capacidades de dichas fuerzas para mantener el orden interno en las posesiones conquistadas o para resistir y rechazar los embates de hordas externas que, como los anteriores, pretendían ampliar sus horizontes y conquistas.

El atropello, la esquilmación de los terrenos y el sometimiento de sus gentes tras la ocupación servía para conseguir la soldada o estipendio a modo de paga de aquellos guerreros que cuidaban, mantenían o aumentaban el imperio a la par que surtía las necesidades de las metrópolis o capitales y de sus pobladores.

Aunque estas costumbres se han venido refinando o disimulando en la forma que no en el fondo hasta fechas bien recientes, la presencia de una potente fuerza militar ha sido predominante incluso para los nuevos o más recientes enfrentamientos bélicos expansivos. Hasta el mismo origen del autoproclamado Estado Islámico está en la necesidad de ocupar un territorio donde imponer y extender sus leyes particulares y donde ejercer como un Estado en el sentido que todos conocemos como tal, sin abandonar de ningún modo, la invasión militar y el uso de estos para aplicar y mantener lo que ellos entienden como su ley y su orden.

Todo esto podría indicarnos que nada ha cambiado, que, aunque las nuevas tecnologías y los modernos medios y procedimientos de combate han venido para revolucionar el mundo de la guerra, sería esta la que seguiría marcando el camino para la creación y existencia de cualquier nuevo imperio. No obstante, las verdaderas razones que han impulsado a muchos de los conocidos imperios no son tan simples como parece adivinarse de mis palabras iniciales. La realidad, es que la mayoría de ellos han venido motivados por una necesidad de tipo económico; porque las tierras conquistadas producían más o mejores recursos naturales o fabricados, el desarrollo cultural en ellos era más que necesario para mejorar el del invasor o porque sus gentes guerreras, en un determinado momento, no eran superiores a las propias y merecía la pena intentarlo sin demasiado esfuerzo, evitando de esta forma que un día, más o menos lejano, se convirtieran en una potencia a la que temer o combatir.

Llegando a este punto y a la vista de ciertos movimientos relativamente modernos, se puede vislumbrar que gran parte de dichos objetivos son también conseguibles sin necesidad de recurrir a la fuerza o a la amenaza de su empleo y así, llegamos a lo que se conoce como las grandes alianzas que, si bien es cierto, en un principio nacieron como medio de aunar fuerzas y esfuerzos para combatir al invasor o convertirse en tal, poco a poco han venido derivando en alianzas supranacionales comerciales que ya no tratan de conseguir y dominar materialmente dichos territorios; basta con conseguir sus mercados e instalarse en ellos para poder vender nuestros productos o, por el contrario, y mediante el intercambio, recoger los suyos de forma que nuestro modus vivendi mejore considerablemente. Hoy en día, se puede asegurar que dicho intercambio de productos y la mutua invasión incruenta de los mercados son mucho más rentables que enzarzarse en largas y costosas campañas bélicas, que por cierto, más tarde o temprano, siempre acabaron mal.

El siglo XX ha sido uno de los claros ejemplos de lo que acabo de decir. Tras dos cruentas y costosísimas guerras mundiales se dio origen a todo tipo de alianzas, convenios, organizaciones y tratados que de forma local, regional, intercontinental o global han tratado con más o menos intensidad y acierto aunar esfuerzos en beneficio del libre comercio y en facilitar los intercambios y traspasos de mercancías y valores en todos los sentidos.

Moda esta que se ha venido prodigando aún más durante lo que llevamos de siglo como la mejor forma para hacer frente a nuestras necesidades, la obtención de productos que escasean en ciertas partes del globo pero que se producen en exceso otras que, a su vez, precisan de los nuestros. El libre intercambio comercial y la supresión o reducción de lo que se conocen como los aranceles o tasas que graban los productos adquiridos al exterior, en defensa de los propios, viene siendo la tendencia en el mundo industrial, económico y comercial a nivel global.

De sobra es sabido, que en esta vida nada es totalmente ideal, siempre aparece algún pero, o un reparo. Muchas veces, las cosas no son tan claras o simples como parecen y algunos ven en este modo de entender la economía y el comercio como una ratonera en la que se cae a fuerza de impulsar la importación en detrimento del consumo interno o la exportación por falta de mercado exterior. Es en este punto donde aparecen las conocidas como las balanzas de pago que no es más que la relación que se establece entre el dinero que un país en concreto gasta en productos producidos en otros países (importación) y la cantidad que otros países gastan en consumir productos del anterior (exportación).

Está claro que cuando se establece una relación global y no biunívoca en algún lugar queda la diferencia negativa y, aquellos países que carecen de recursos o tecnología diversa y avanzada o sus productos resultan poco competitivos deberán invertir mucho más en el exterior que lo que reciben por la venta de sus productos fuera de casa. En definitiva, cuando un país invierte mucho fuera y no recupera gran parte, iguala o supera dicha inversión, se siente invadido comercialmente por el resto al ser totalmente dependiente de estos y porque como consecuencia de ello, su propia industria y producción se desmorona.

Estos son, al parecer, los argumentos que han nutrido parte de las razones de gran peso que han llevado al Brexit en el Reino Unido o a la aplicación de una política altamente aislacionista por parte de Trump. Grave error en ambos casos porque, no siendo unos países parias en el mundo del comercio y con una buena producción gracias a sus avances tecnológicos; ellos mismos, con sus propias políticas se autoexcluyen, al suprimir la reciprocidad, de morder en la gran y creciente manzana que es el mercado mundial. Un mercado evolutivo que, además de los tradicionales países consumistas, incorpora diariamente a millones de personas que habitan en parajes en los que hasta hace poco tiempo era impensable que se pudieran aunar a la vorágine de un consumo casi desproporcionado –China, gran parte de Asia, África, muchos países del continente americano y Oriente Medio -

A mi entender, a estos dos paladines de la moderna autoexclusión solo les restan dos caminos; buscar nuevas fórmulas que no sean tan exigentes en sus planteados términos iniciales o invadirse comercialmente el uno al otro, tal y como parece que es su primera reacción. En un mundo globalizado y transversal como en el que vivimos, darle la espalda a la realidad es no saber entender las cosas. La solución a una balanza de pagos claramente negativa no se debe basar en cerrar las puertas a los mercados exteriores. Todo lo contrario, lo que se debe hacer es mejorarlos propios productos, la investigación, el desarrollo, aumentar la competitividad de los mismos y sobre todo, meter la cabeza en los grandes imperios del intercambio comercial que se están creando y fomentando a lo largo y ancho de casi todo el mundo.

Atrás quedan los tiempos en los que la modernidad, el confort y el lujo estaban reservados a una parte del mundo occidental; ya no hace falta viajar a Nueva York para ver una ciudad llena de rascacielos, lujosos hoteles y grandes almacenes; hoy en día, todos estos campan por doquier. Hasta zonas ocupadas por arenas del desierto hace pocos años, se han convertido en urbes modernas y llenas de lujo. La imagen del chino u otros orientales comiendo solo un puñado de arroz, arrodillados junto a un triste hornillo de carbón para calentarse y tímidamente alumbrados por una lámpara de aceite ya ha pasado a la historia. La India con su potencial humano y los constantes avances tecnológicos se está convirtiendo en uno de los mayores mercados del mundo, cosa que como ya hemos mencionado, ocurre en gran parte de Asia y en muchos países del continente africano.

Algunos países han entendido claramente que además de tener una importante capacidad militar para mantener su prestigio o hacer frente a potenciales amenazas, se puede dominar el mundo o gran parte de él de diferente manera a la invasión militar. Quizá cansados de tanto guerrear de forma costosa y poco resolutiva, han llegado a la conclusión de que sus alianzas deben basarse sólo en las relaciones comerciales dado que si dominas dichos canales o conductos y enlazas con lugares muy distantes, los beneficios finales son incalculables y altamente positivos.

Me refiero claro está a Rusia y a China. Dos potencias que solo entre ambas suman casi 27 millones de Km2 y 1.500 millones de habitantes. Si a estos mastodontes se les suman las capacidades y extensiones de sus aláteres o potenciales aliados como Kazajistán, Bielorrusia, Kirguistán, Irán y algún que otro más, las cifras redondas supondrían unos 32 millones de Km2 y 1.800 de habitantes.

Un imperio comercial que está bañado por multitud de mares y océanos y que por sí solo o a través de potenciales aliados pueden llegar a dominar grandes zonas de mercado como el propio Mediterráneo, el Golfo Pérsico y el Océano Índico.

En este puzle comercial no debemos olvidarnos de la India y Pakistán, dos protagonistas comerciales con los que, cada vez más, hay que contar por su enorme capacidad de absorción de recursos y su amplia población en pleno proceso de trasformación consumista. Países que siempre andan a la greña por sus aspiraciones y reclamaciones sobre la región de Cachemira lo que les sirve, no solo para mejorar en cantidad y calidad su armamento, incluido el nuclear y que paralelamente han llegado a un incremento de sus necesidades de producción energética debido a sus imparables consumos en dicha materia.

Ambos son codiciados por EEUU y Rusia, aunque, la India, una vez superados y casi rotos sus importantes lazos con el Reino Unido, se aparta cada vez más de la esfera norteamericana para acogerse al tradicional amparo ruso –procedente desde la antigua URSS- y Pakistán, aunque tontea de vez en cuando con Washington, se encuentra mucho más cercano y confortable con China, país con el que mantiene importantes vínculos militares, económicos, comerciales y estratégicos que no cesan de aumentar. Es en esta región y sus aledaños donde EEUU ha tenido varios y sonados batacazos militares, y sobre la que ha ejercido actitudes dominantes y ciertamente despectivas en muchos casos; razones más que de peso para ser visto por ambos como un aliado, distante, voluble y por ello muy poco fiable.

Yendo al meollo de la cuestión comercial, conviene recordar que Rusia y China no cejan de impulsar y ampliar su gran proyecto para la región, la Organización para la Cooperación de Shanghái (OCS).  Una organización en ampliación poco conocida a pesar de ser quizá el proyecto comercial más ambicioso de la actualidad.

India y Pakistán ingresaron en la OCS como miembros de pleno derecho el pasado mes de junio y lo hicieron bajo el amparo de sus respectivos padrinos locales; Rusia y China. Hecho este al que en el resto del mundo no se ha dado mucha publicidad e importancia a pesar de que su incorporación supone alcanzar el 60% del territorio euroasiático, el 45% de la población mundial y el 20% del PIB del planeta.

Otra iniciativa que tampoco ha sido objeto de mucho interés mundial es la referente al acuerdo de mayo de 2016 ente India, Irán y Afganistán para la construcción de un importante puerto en la ciudad de Chabahar que está situada al sudeste de Irán y que albergará uno de los más trascendentales complejos petroquímicos. La resultante zona de libre comercio de Chabahar, se convertirá en el principal puerto de salida de Afganistán, conectará Asia Central, el Cáucaso, Rusia y Europa. Además, bajo lo acordado, la India tendrá permitido el acceso a Afganistán y podrá eludir los impedimentos de Pakistán a sus transacciones comerciales en dichas regiones. Una vez terminado, supondrá que Irán mejorará sus capacidades industriales y comerciales y lo que es más importante, dejará de depender de Emiratos Árabes Unidos para la exportación de su petróleo o para la importación de productos o derivados del mismo, tras ser adecuadamente refinados en el exterior.  

Rusia también juega sus bazas comerciales con la India ya que quiere compartir la explotación de sus iniciativas para establecimiento de nuevas rutas como el recientemente anunciado acuerdo para participar en el denominado corredor Norte-Sur entre Bombay y San Petersburgo. Una ruta de más de 7,000 Km que atraviesa Irán y Azerbaiyán y que seguirá los pasos trazados para la Nueva Ruta de la Seda. Un gran proyecto liderado por China para mejorar la conectividad entre Asia y Europa con importantes infraestructuras y otras inversiones.

Proyecto, que fue ideado por el presidente chino Xi Jinping en 2013 durante una visita oficial a Asia Central y con el que se pretende construir importantes carreteras, vías férreas, puertos, plataformas logísticas y otras infraestructuras en más de 60 países. Una de las metas de esta nueva ruta es montar una red que permita, por mar y tierra, crear vías alternativas para los productos que China exporta y para importar las materias primas que requiere su industria, para lo cual se planean grandes conexiones por Asia Central, Rusia, el subcontinente indio, el sureste asiático e incluso el este de África. China calcula invertir en dicho proyecto unos 500,000 millones de dólares [1].    

Por su parte, los otros aliados, China y Pakistán, también han establecido acuerdos para el desarrollo y la explotación de las instalaciones portuarias de Gwadar (Pakistán) que empezó a funcionar a finales de 2016 y que constituye una pieza clave para el conocido como Corredor Económico China-Pakistán (CECP). Corredor en el que China lleva invertidas cantidades cercanas a los 50,000 millones de dólares –la mayor inversión exterior en el país- que la hace gustosamente ya que como contrapartida les proporcionará el acceso directo al Océano Índico y a Oriente Medio y supondrá un ahorro de movimientos para sus inversiones e importaciones en África, reducirá sus movimientos por el Estrecho de Malaca -controlado por EEUU- y aleja comercialmente a dicho país de sus negocios con Pakistán. Un proyecto que mejora las condiciones de vida y la economía de Pakistán; aunque como parte negativa con su vecino, se puede decir que el CECP contrarresta los efectos para la India del arriba mencionado puerto de Chabahar y además su trazado pasa por Cachemira con lo que irrita aún más las relaciones entre ambos.

De todo lo dicho anteriormente resalta un hecho irrefutable, ambas potencias Rusia y China buscan e invierten en nuevas vías de comunicación para favorecer la expansión de sus productos y abaratar sus necesarias importaciones, pero, aunque en ocasiones sus interese parezcan o sean realmente contrapuestos, las iniciativas entre ambos colosos no se enfrentan, sino al contario muchas veces se complementan y refuerzan. Así, Rusia apoya el macro-proyecto chino de la Nueva Ruta de la Seda y China lo hace con el proyecto ruso denominado la Unión Económica Euroasiática (UEE) que es la gran apuesta rusa [2].

Sus respectivos mandatarios se reúnen muy a menudo; desde 2013, lo han hecho en 22 ocasiones y siempre es para hablar de macro economía ya que no se paran en estos importantes proyectos sino, que también se complementan con acuerdos para la ejecución de abrumadoras inversiones bilaterales en los terrenos de las comunicaciones, economía, energía, nuevas tecnologías y una gran impronta en la cooperación en la industria del armamento con el horizonte de 2020. Es en definitiva, una nueva fórmula de agrandar sus imperios y hacer cada vez más pequeño el de su enemigo común, EEUU.

Hay un problema latente que en los últimos meses ha vuelto a rebrotar y tomar una mayor intensidad y que puede afectar a los planes expansivos de Rusia y China. Me refiero a Corea del Norte y sus constantes amenazas con quebrantar la calma en la región. Amenazas que se han incrementado recientemente sobre sus países vecinos, tradicionalmente protegidos por EEUU y donde estos despliegan fuertes contingentes militares. Las capacidades norcoreanas sobre los sistemas de misiles y la posibilidad de miniaturizar cabezas nucleares para que puedan ser transportadas por dichos misiles han venido aumentando en los últimos meses y años.

Las respuestas brabuconas de Trump para contrarrestar dichas amenazas parecen que vienen siendo bastante inefectivas si no contraproducentes, tanto que, en cierto modo recuerdan otras similares contra China en la década de los 60 cuando este país comenzaba a desarrollar sus capacidades nucleares. A pesar de la tensión vivida en aquellos tiempos, no pasó nada y hoy China es una reconocida potencia nuclear y de la mano de EEUU forma parte de los países con capacidad nuclear reconocidos por el propio Tratado de Prohibición Nuclear (TNP). Puede que ocurra algo similar, aunque no tan patente y al estilo de cómo se permitió internacionalmente alcanzar sus capacidades nucleares a Paquistán e Israel, aunque este último, no posea armas nucleares de forma oficial. 

Desconozco cuál será el desenlace de esta situación de tensión; pero hay bastantes razones para pensar que, en esta ocasión, los intereses, necesidades e inversiones chinas y rusas en estos nuevos proyectos son tantas que puede que sean más que suficientes para dejar de prestar su tradicional apoyo a Corea del Norte en sus devaneos y esta vez sean capaces de ir algo más lejos que limitarse a permitir ciertas sanciones del CSNU como las recientemente adoptadas. Les interesa tener distraído a su principal oponente en la zona, EEUU. Pero no tanto como para poner en peligro sus propias economías y el desarrollo en ciernes.     

Paralelamente, aunque a escala menor, vemos que Irán tampoco se queda atrás en incitativas bilaterales de carácter comercial ya que, además de lo ya visto y comentado, tiene un gran interés en cooperar con Paquistán, país con el que desde 2014 lleva firmados numerosos memorándums de entendimiento y acuerdos de cooperación. Otro tanto se podría decir de Turquía, quien a pesar de su empeoramiento a nivel internacional por los abusos de poder internos y falta de respeto a los derechos humanos, se está convirtiendo en un punto focal para el paso de ductos por sus tierras o bajo sus aguas y ha puesto en marcha importantes proyectos energéticos; la mayoría de ellos con Rusia e Israel.

En definitiva, cuando todas estas iniciativas y otras en proyecto sean efectivas, podremos asegurar que es cierta aquella famosa frase que decía que el mundo es un pañuelo en tus manos y que se emplea para expresar que no es tan grande como parece por coincidir con personas conocidas en cualquier parte del planeta.

Trump y May siguen a lo suyo, despreciando a los demás y aislándose del mundo. Cosa que, al parecer, también se practica en Venezuela y no solo en ellos, ya que a menor escala y dentro de España, otros también predican localmente o apoyan indirectamente unas políticas nacionales por las que, a pesar de todo lo visto y expuesto, pretenden imponer o favorecer una especie de aislacionismo independentista y separatista creando innecesarias fronteras difíciles de soslayar.

Movimiento este que no solo les llevará a la no aceptación exterior, sino a quedarse fuera de todo el potencial enjuague comercial mundial. Todos ellos siguen empeñados en volar por su cuenta, sin darse por enterados que los nuevos imperios son y serán comerciales y que lo mejor para llevarse una buena tajada de ellos, es estar en plena concordancia con el resto y respaldados políticamente por fuertes mercados supranacionales y un número importante de consumidores.

Quien pretenda sobrevivir solo de la venta interna de sus productos y seguir mirándose al ombligo, lo tiene bastante crudo. Las nuevas iniciativas y tendencias comerciales, sin lugar a dudas, pavimentarán los caminos para la rapidez y seguridad de los intercambios comerciales en ambos sentidos y el que que no ofrezca una fuerte demanda ni pertenezca a las necesarias alianzas colectivas, poco o nada tiene que hacer a la hora de vender lo suyo.

EEUU está perdiendo importantes oportunidades comerciales y dejando el camino expedito o casi libre de obstáculos a sus dos mayores oponentes. Puede que sea tarde cuando intente recuperar el camino y el tiempo perdido y ello le cueste un serio castigo en la arena internacional. Bravuconear de una capacidad nuclear, imposible de modernizar en seis meses como asegura, no es suficiente para seguir siendo el que era.

Por otro lado; la UE si no quiere perder parte del inmenso pastel que se está fraguando y ya casi en marcha, debe tomar buena cuenta de estos movimientos, tratar de meter la cabeza en ellos y no quedarse al margen o simplemente contentarse con asegurarse la llegada de gas por otras vías que no sean a través de la problemática Ucrania y sus constantes vaivenes políticos y problemas con Rusia que ponen en peligro dichos suministros. Alegrarse de haber superado oficialmente la crisis -tal y como se viene pregonando estos últimos días- sin un claro y amplio plan de futuro no es el mejor camino para superar los nuevos retos que aparecen y llaman en las propias puertas de nuestras fronteras y que pueden poner en peligro los poco asegurados caladeros en los que todavía tiene algo que decir y vender.

España, por su parte, debe liderar otros flujos en ambos sentidos con el continente americano, especialmente con Centro y Sudamérica para no solo llenar el vacío que posiblemente dejará EEUU, sino para implementar nuevas fórmulas comerciales mucho más abiertas y menos peligrosas o conservadoras como en el pasado reciente. Con respecto a otros horizontes, hace meses que vimos la llegada de un tren chino a Madrid lleno de mercancías y personalmente no he vuelto a saber nada de esa nueva iniciativa. China es un gran país, con una importante economía y sobre todo, con una población ávida por conocer y disfrutar de unos placeres que de siempre les han estado vetados o eran inalcanzables para la inmensa mayoría de sus habitantes. Abramos la puerta a China sin olvidarnos de Japón para venderles como al resto del mundo nuestros productos, que son mucho más que sol, playa, flamenco, algunas corridas de toros, vino y jamón.

El turismo tiene su límite en cuanto a su propia calidad, capacidad real de acogida y grado de atención que precisa. En varias zonas de España se vienen cuestionando estos conceptos y aparte de determinadas demagogias, en algunos aspectos, no les falta razón porque su presencia masiva dificulta la vida normal del ciudadano, fomenta el abuso o la picaresca y, por tanto, encarece la vida del aborigen. Es además, un producto que depende mucho del criterio del consumidor y puede cambiar la moda de sus preferencias a nada que dejen de sentirse cómodos o timados y se superen algunos problemas en otros países ribereños del Mediterráneo. Razones más que de peso para no pensar en mantener este fenómeno como la principal y casi única fuente de ingresos de forma permanente o a largo plazo.

No quisiera terminar este trabajo sin hacer mención especial a la absoluta inconveniencia y a la falta de oportunidad de las alocadas iniciativas separatistas y al apoyo encubierto a ellas como algunos dirigentes políticos parecen proponer -aunque sea a escondidas o de forma poco clara- para arañar un puñado de votos. Estas iniciativas deben ser cerradas de raíz y así evitar que, embebidos en dimes y diretes, España como un todo, se quede fuera de este importante negocio que puede ser el fulcro en el que se sustente el futuro de nuestros hijos y nietos. Sinceramente pienso que no es tiempo para reminiscencias poco fundadas o ya caducas ni para experiencias sin justificación. 

NOTA del AUTOR.

Quisiera agradecer la importante aportación e inspiración de Augusto Zamora R. quien en un brillante artículo de opinión, publicado en el Diario EL MUNDO, del 28 de junio de los presentes, contribuyó con su temática y la cronología de los elementos a conformar esta humilde publicación.

[1] http://www.libremercado.com/2017-05-15/la-nueva-ruta-de-la-seda-que-impu...

[2] La Unión Euroasiática es un proyecto de integración económica y política de derecho basado en la Unión aduanera de Bielorrusia, Kazajistán y Rusia y el Espacio Económico Único de la UEE, y ampliable a otros estados de la Comunidad Económica Eurasiática (EurAsEC) y la Comunidad de Estados Independientes.