Javier Fernández Arribas

El fenómeno de Emmanuel Macron es el comentario recurrente en cualquier rincón de Europa y, sin duda, del mundo. En 14 meses ha pasado de dimitir como ministro de Economía de un gobierno marchito como era el del socialista Francois Hollande, a ser presidente de la República francesa y, además, conseguir mayoría absoluta en la Asamblea Nacional. La pócima mágica que ha utilizado Macron para enamorar a buena parte del electorado ha tenido una buena parte de optimismo, otra de ilusión y mucha de pragmatismo por encima de las ideologías políticas anquilosadas que tenían estancada a una sociedad de alto nivel político e intelectual pero harta de la ineficacia y de la corrupción de los partidos tradicionales. Habría que recordar algo elemental en nuestras sociedades como es que la política es el arte de solucionar los problemas de los ciudadanos, o, al menos, intentarlo con tesón y algo de talento político.

Incluso, la pequeña crisis que le han creado cuatro de sus ministros, que han tenido que dimitir por estar involucrados en actuaciones dudosas, le han fortalecido por la forma rápida, clara y contundente de hacer los relevos.

Hasta ahora, Francia iba tirando de manera renqueante con la crisis a sus espaldas, con unos dirigentes republicanos, Sarkozy, o socialistas, Hollande, que no se atrevieron a afrontar claramente la adaptación de medidas y de reformas que necesita imprescindiblemente la economía y el entramado social francés para evitar el colapso y una recesión más profunda que amenazaba con arrastrar al resto de los países europeos. Siendo ministro de Economía, Macron comenta que se dio cuenta de que era imposible poder realizar las reformas tal y como estaba compuesto el Gobierno, pero, sobre todo, el grupo parlamentario socialista. Lo sufrió el primer ministro, Manuel Valls, impulsor de una tímida reforma laboral que necesitó del poder especial de Ejecutivo, por encima del legislativo, para salir adelante.

La realidad es que buena parte de la sociedad francesa va por delante de una clase política ineficaz y con casos de corrupción como en las filas de los republicanos, de la extrema derecha, de la extrema izquierda y de los socialistas. Ese notable porcentaje de ciudadanos esperaban a un personaje como Emmanuel Macron, con las ideas claras, con espíritu de superación, con un pragmatismo que responde a muchas necesidades y una confianza en los propios franceses que ha encandilado a una mayoría. Los que se han quedado en casa a esperar, al menos que no pongan palos en las ruedas en la acción del presidente Macron que tiene como ejemplo mucho de lo que se ha hecho en España para salir de la crisis. Por algo será.