F. Javier Blasco

La indefensión es una situación física y mental que una persona percibe y sufre cuando siente que está falta de la defensa, ayuda o de la protección que necesita y cuando no encuentra los resortes adecuados para solventarlo.

A este estado de las cosas se puede llegar por muy diversos motivos o circunstancias y no solo es aplicable en los casos por los que uno se ve sometido a la aplicación de la justicia sobre su persona. Muchas veces es el resultado o sentimiento de que las cosas funcionan mal; que por mucho que te apliques a cumplir con los preceptos y normas legales y morales de la sociedad que nos rodea, esa misma sociedad se vuelve contra uno al proporcionarle una intensa situación de agobio e impotencia que te hace revelarte contra todo aquello que ha sido tu norma de vida.

Estamos indefensos ante las muchas, demasiadas, situaciones de escaso o exceso de autoridad por parte de quienes nos gobiernan o pretenden hacerlo, de falta de pusilanimidad de las autoridades ante los atropellos de las gentes, los políticos o por la nula aplicación de una justicia verdaderamente justa y proporcionada. Cuando vemos o sufrimos abusos en nuestro alrededor o en las propias carnes, no te queda otro remedio que la autocompasión porque no encuentras nadie ni nada que proporcione el adecuado o acertado consuelo o compensación.

Vemos como los políticos de todo el mundo juegan a mentirnos para solo buscar sus zonas de confort y autocomplacencia y no se acuerdan de sus votantes salvo a la hora de pedir sus votos y apoyos. Una vez conseguidos, a otra cosa mariposa. Nos mienten por doquier, juegan al blanco y al negro constantemente o a la vez y la validez de su criterio y buena gobernanza tiene menos duración que un bollo o dulce a la puerta de un colegio en la hora de salida de los escolares de sus aulas.

Se juega a la guerra o la no guerra con demasiada facilidad sin importar para nada lo que sus decisiones reportan. Los sátrapas y tiranos amenazan a sus pueblos y vecinos como si de un juego de niños se tratara, sin darse cuenta de que sus actuaciones pueden acarrear situaciones irreversibles y sobre todo, mucho, muchísimo sufrimiento e incluso la muerte de sus conciudadanos. En definitiva, los dirigentes de todo color y pelaje nos embelesan o embaucan con cánticos de sirena y estridentes pífanos que nos atoran o regalan los oídos, según sean los casos y las circunstancias.

Se cometen injusticias y se juega en demasía con las inversiones, los depósitos bancarios o las acciones bursátiles como si se tratara del juego del Monopoly. Se venden y compran propiedades sin importar quienes viven dentro, a quien le afecta y cuanto pueden sufrir estos con dichas decisiones al albur. Se bloquean las exportaciones de un país que basa gran parte de su PIB en ellas por la intransigencia de unos sindicatos sexistas, exclusivistas y totalitarios que, finalmente, se han salido con su pretensiones, aunque tratemos de disimularlas, tras haber perdido cientos de millones de euros para la economía nacional y posiblemente, una gran parte de dicho mercado.

Se juega con las repercusiones del cambio climático como si ese no fuera un problema que de verdad y de una vez por todas hay que resolver porque en ello está en juego la supervivencia del planeta y el legado que dejemos a las generaciones futuras. Igualmente, cientos de miles de conductores han sido timados con las emisiones de sus coches de media y alta gama a los que se les instaló un sistema totalmente trucado por sus fabricantes.

Los acuerdos de cumbres de importancia, como el propio G-20 se reducen a auténticas migajas o cotas sin importancia, sin que los nunca bien apreciados y conocidos como sherpas logren llevar a los dirigentes, para los que constantemente trabajan entre bambalinas, a coronar con éxito la cima de dichas cumbres y sus pretensiones.

Los terroristas y su entorno se presentan como gente de paz y artífices de la concordia; bastan unos pocos años para que las víctimas de las zarpas de aquellos monstruos, queden relegados al ostracismo y hasta se ponga en duda, el legítimo derecho a que un cartel, calle, plaza o parque público les honre con su nombre.

Los que constantemente atacan a la democracia lo hacen con toda impunidad y no contentos con dichas felonías, se presentan ante la sociedad que les rodea y babea como los adalides de la  democracia, la justicia y el buen gobierno. Nadie les sale al paso con la contundencia que dichos actos verdaderamente requiere; muchos les jalean y apoyan y otros, con sus sucias artimañas, son capaces de ponerse de perfil, inventarse nuevas palabras e incluso se proponen como los mejores en la búsqueda de fórmulas mágicas que, como las de cualquier crecepelo, nunca han funcionado, funcionan ni funcionaran.

Los que abusan de los más necesitados como los niños y mujeres campan a sus anchas por mucho que la sociedad proteste porque saben que sus felonías tiene un valor tasado y que muchos de los complacientes jueces siempre están en la línea del “in dubio pro reo”. Aunque este grave problema, no solo reside en la esfera de los togados, son muchos los hipócritas partidos políticos a los que les tiembla el pulso a la hora de legislar o de apoyar decisiones de otros en el sentido de agravar las penas y en ser mucho menos condescendientes con el que infringe la Ley de forma descarada, insana o reiteradamente. 

Cuantos casos se saben a diario de malas prácticas en la sanidad, incluso en las clínicas y hospitales  de mayor renombre. El paciente siente muchas veces el zarpazo de la inexperiencia o poca profesionalidad del personal sanitario que les está tratando y cuantos casos, se resuelven con un simple “ha sido imposible a pesar de nuestros muchos esfuerzos” o “el paciente ya llegó a nuestras manos en muy mal estado, no pudimos hacer nada”. La mayoría se solventan con unas simples palabras que ni siquiera son de disculpa o con un certificado, que no es veraz en absoluto. Mucha gente inexperta o con pocos recursos sufre estos abusos e indefensiones porque nunca o muy pocas veces pasa algo.

Se habla de la proporcionalidad entre el delito o falta y la pena impuesta, sin fijarnos en el  gran daño, que esas cosas ocasionan a los que lo sufren; me refiero a los rateros de poca o mucha monta, los que trafican con drogas y sobre todo a los que causan daños a la propiedad ajena. Porque, en todos estos casos, nunca nos ponemos en la piel de los que verdaderamente sufren las consecuencias de esos “pequeños” actos, que en realidad, no son tan pequeños.

No es mi costumbre hablar de casos y cosas personales; por ello les pido una humilde licencia en esta ocasión. Escribo estas líneas tras llevar dos días de constante ansiedad y zozobra personal y familiar y porque al final de este periodo he podido comprobar la frialdad de la cruda realidad y la indefensión ante la que me he encontrado. Pero, por seguro, que no es un caso aislado.

Tras muchos años de ahorro personal y por aquello de darme el último capricho de mi vida, me compré un coche de gama media, de una afamada marca de autos con sede en Alemania. Debo decir que su adquisición fue el resultado de mis ahorros durante tres años con destino en el extranjero. Era mi sueño lograr un vehículo de cierto porte y buenas prestaciones con el que me aseguraba los últimos años de mi capacidad real como conductor, sentado al volante de un coche verdaderamente fiable y sobre todo, bastante seguro.

Mi ya avanzada experiencia en la vida, me aconsejaba a procurar mantener el vehículo en óptimas condiciones, pasar todas las revisiones fijadas por la marca oficial  a pesar de su desproporcionado coste y cubrir uno a uno con los preceptos regulados no solo para su mantenimiento, sino para su conservación exterior y sobre todo, en no excederme en su conducción ni colocarlo en situaciones límite.

Me dispuse a preparar "mi joya" para pasar unos días de vacaciones en la costa junto a mi corta familia, incluido, ni único y apreciado nieto. Como es preceptivo, había pasado la última revisión de motor, y por consejo del taller, le cambie las ruedas delanteras por acercarse a su desgaste permitido. Igualmente y, aunque aún no habían alcanzado su límite, procedí al cambio de discos y pastillas de freno y ya puestos en faena, había decidido darle una mano de pintura. Mi coche, con diez años de vida, había quedado flamante y casi como nuevo, al menos así me lo aseguraron hace dos semanas cuando pasé la correspondiente ITV, tanto por su estado real como por el corto kilometraje realizado en todo su tiempo de vida.

El pasado viernes lo lavé y reposté a tope, porque en pocos días comenzábamos el ya mencionado único y esperado viaje anual en familia. Lo aparqué en la puerta de mi casa, como siempre, ya que la finca no dispone de garaje y el más próximo está a unos dos kilómetros. La mañana del sábado, al disponerme ir a comprar el pan, descubrí que mi coche ya no estaba allí. Que desazón y escozor corrió por mis venas y mente cuando comprobé, que no me había equivocado de sitio, es que el coche había sido robado.

Allí empezó mi clavario, tres horas de espera en la comisaría más cercana para dar el parte del robo ante la policía; cuatro llamadas y dos correos electrónicos a mi casa de seguros, que gracias a mi previsión, si me cubría el robo. Una espera agobiante para ver si los mecanismos policiales se ponían en marcha y, por suerte, pronto lo pudieran encontrar en manos de unos chorizos o abandonado en cualquier barrio alejado, una carretera aledaña o en un descampado.

Mi zozobra fue en aumento cuando el oficial de policía que rellenó el formulario de primera denuncia, me dijo con todo su aplomo y algo falto de reparo, que ese tipo de coches es muy codiciado por tres motivos; para ser trasladado a cualquier país de la Europa del Este o Marruecos, ser empleado para realizar lo que se llama un alunizaje –que consiste en la rotura de los bolaños y lunas que protegen las tiendas de cierto postín- y que luego, para evitar pistas, huellas o señales los ladrones, suelen quemarlo o por último, para ser desguazado en piezas que son vendidas a los talleres que, fuera de toda ley y norma de comportamiento, te montan piezas de repuesto “usadas”, alegando que estas proceden y son compradas en desguaces legalmente establecidos.

Mi compañía aseguradora, de altísima fama y renombre, de las más caras y que invierte muchos millones en propaganda presentando todo tipo de facilidad, buen trato y total tranquilidad para el potencial cliente, me daba una información y, seguidamente, otra contradictoria sobre lo que debía hacer, como tratar el caso, elementos a aportar y a qué tendría derecho. Cuando les reclamaba, lo informado por el anterior interlocutor –pasé por varios- me negaban la mayor, alegando desconocimiento del procedimiento por parte del anterior. Todas estas largas llamadas y consiguientes esperas, por supuesto a un 902.  

Contacté con un abogado amigo mío y me dio ciertas directrices a seguir a la hora de que ocurra lo esperado y menos deseado. Me alegré por ello, porque soy sabedor, que las coberturas sobre robo van decreciendo en proporción mayor a la geométrica con los años de vida del vehículo (valor venal) y, por ello, sus indicaciones sobre los certificados de todas mis revisiones en la casa de la marca y los resultados de las ITVs podrían elevar en algo la cuantía a recibir en caso de siniestro total o su desaparición definitiva.

Hoy, lunes 10, recibo una llamada del puesto de la Guardia Civil de un pueblo cercano a Madrid, próximo a Barajas. “¿Hablo con el señor Blasco? me dijeron. Si al aparato. Soy de la Guardia Civil de (dicho pueblo) y le llamo porque hemos encontrado su coche…. Pausa. Lleno de gozo por mi parte, no tardé ni dudé en agradecerle su prontitud, buen hacer y lo bien que, al fin, habían salido las cosas… Pausa. El problema, es que su coche está carbonizado, totalmente inservible. Pásese por este acuartelamiento para hacerse cargo del parte correspondiente y proceda cuanto antes a recoger y trasladar los inservibles restos de su coche; están en plena calle en un polígono industrial y no pueden permanecer allí por mucho tiempo. Fin de la llamada.

Procedí a contactar urgentemente con la casa aseguradora para darle cuenta de lo sucedido, tomaron nota y me exigieron, cuanto antes el parte de recogida del vehículo expedido por la Guardia Civil y me indicaron que una persona de su compañía a la que denominan algo así como un “mediador” se podría en contacto conmigo para darme instrucciones. Al mismo tiempo, me ofrecieron un taxi para recogerme en mi domicilio y trasladarme al sitio indicado, cosa que debía formalizar en otra extensión. Al alcanzar la misma, me comunicaron, que eso no era así, que seguramente había sido un error de la persona del contacto anterior y que el traslado hasta el coche o lo que quedara de él, debía hacerlo por mi cuenta.

El susodicho mediador contactó  conmigo a las dos horas, mientras yo buscaba alguien que me pudiera llevar al sitio indicado; me dio un montón de instrucciones difíciles de entender porque entre otras cosas, poco esperanzadoras, suponía mover los restos del vehículo hasta un depósito intermedio donde ser tasado por un perito suyo y tras ello, de nuevo solicitar yo el traslado de los restos del vehículo a un desguace que también yo debía buscar o decidir y allí proceder por mi parte y presencia a la baja del vehículo en la Dirección General de Tráfico o a través del desguace.

Ante la complejidad de sus indicaciones, falta de apoyos reales y personales y por las reiteraciones de movimientos de un lado a otro, le pregunté por la posibilidad de ahorrar un paso intermedio y llevarlo directamente al desguace más cercano. Me contestó, que no había problema. No entiendo que una empresa aseguradora de tamaño renombre, tenga un procedimiento tan enrevesado y, al mismo tiempo, mucho más costoso para ellos por necesitar dos grúas para realizar dos cargas, descargas y traslados diferentes de un mismo e inservible vehículo en fechas sucesivas.

Aprovechando la conversación y, a pesar de la escasa amabilidad del empleado, le pregunté por lo referente a lo que me había indicado mi amigo el abogado sobre la vida real y estado de conservación del vehículo mientras estuvo en uso. Me dijo que no me molestara, que no hacía falta para nada, el precio que él le pondría al coche por robo sería el mismo con independencia de mis inversiones sobre el vehículo antes de ser robado, aunque estas, fueran demostrables.

Me traslado a la Guardia Civil en el coche de un amigo siguiendo las indicaciones de un navegador de mucha fama en internet que, forzosamente, nos llevó por todas las autovías de pago posibles a pesar de otras muchas alternativas no de pago; otro gran negocio encubierto y por el que debes pasar si no estás alerta o nada familiarizado con el trayecto. Veinte minutos para rellenar un impreso de no más de 30 líneas aporreando un sufrido ordenador y bajo la inquisidora mirada  de su compañero de puesto, ninguna indicación de acompañarme al semi descampado donde se encontraba “mi coche” por lo que un trayecto de unos diez minutos, se convirtió en veinte por culpa, otra vez, del citado navegador. La justificación por su parte al hecho delictivo fue sencilla y tajante; es muy frecuente este tipo de actuaciones de los cacos para borrar unas huellas, que, según los informantes, la policía nunca busca en los robos de coches recuperados, aunque estos no sean incinerados salvo que estos resulten implicados o usados en asuntos mayores. Muchas dificultades, demasiado trabajo y pocos resultados palpables. En definitiva, a su entender, exageradas precauciones para unos despiadados y desalmados cacos.

Llamada a la grúa a la vista del amasijo de hierros retorcidos de lo que había sido mi flamante coche. Retraso de dos horas en la recogida del mismo, porque entre unas cosas y otras, la hora de comer se había echado encima y eso es sagrado para todo español. Una lágrima ante los restos, unas cuantas fotografías para el recuerdo, la impotencia y la rabia y, todas mis ilusiones, ahorros, cuidados y esperanzas en lo que debió ser mi último vehículo de cierto lujo, al que siempre cuidé mucho, echadas al cubo de la basura. No habrá investigación, no hay testigos del robo ni del incendio del coche y tampoco se sabe, hasta la fecha, si con él se desbalijaron uno, dos o tres escaparates en Madrid o ni siquiera hubo alguno y solo ha servido para dos días de juerga y borrachera de unos maleantes. Unos malnacidos, me robaron un flamante coche, muy bien cuidado, mi última y preciada ilusión para hacer, no sé qué con él. Pero lo que sí sé, es que nunca más volveré a ilusionarme en estos temas; es demasiado tarde y ya no me quedan ahorros ni ganas para sustituirlo.

Ahora a esperar, que, en unos días, la compañía me de unas migajas, que no cubran ni la décima parte de lo que me costó y ni siquiera la mitad lo que había invertido en él estos últimos meses. Todos lo han visto como un hecho normal, nadie se ha apiadado de mi desventura y aquellos hijos de mala madre que han tenido mi coche durante 48 horas o algo menos, para terminar quemándolo, siguen tan tranquilos o ya robando otro para hacer más de lo mismo.

La culpa de todo este tragicómico relato de risa o terror, según se mire, es fruto de un cumulo de desventuras:  por vivir en una casa sin garaje –aunque este no te libre de algún robo-; porque tu calle tiene fácil acceso a una Autovía nacional y cercana al Metro; porque estamos faltos de presencia policial en nuestro distrito a pesar de que en esta, mi zona, se dan robos de coches casi a diario; porque los sistemas empleados para el robo hacen que este sea rápido y casi insonoro; porque nadie se asoma a la ventana aunque se escuche un ruido extraño a altas horas de la noche; porque España está llena de maleantes y rateros de poca monta y totalmente sin escrúpulo –por cierto, muchos de ellos procedentes de países extranjeros- que actúan con total impunidad porque saben a ciencia cierta, que nunca serán perseguidos y aunque, si por un azar de la vida o pura casualidad, son aprehendidos, saldrán a la calle a las pocas horas por la jurisprudencia en vigor –creo que aún se les acusa de uso indebido y no de robo- o el buen corazón de la mayoría de los jueces; porque ante los muchos casos como el mío no se toma ningún tipo de medida y se sabe que no tienen pena y muy escaso riesgo y porque las empresas aseguradoras te venden el oro y el moro a la hora de contractarte pero luego, de lo dicho nada; paga muchos años para cubrir dicho riesgo como si siguiera siendo nuevo y prepárate a sufrir un verdadero calvario contactando con multitud de incompetentes y en espera de algo que te resarza muy poco de tus pérdidas, penares y desconsuelos.

Por esta sensación de impotencia personal y todo lo anterior es por lo que afirmo y me reafirmo que estamos totalmente indefensos. Tus esperanzas e ilusiones se van todas juntas por el sumidero en unos momentos y nada ni nadie hacen algo por remediarlo. Solo te queda tu propio desconsuelo y contárselo a un amigo mientras tomas un café. Será el único que te escuche con verdadero interés.

Dudo mucho que ningún truhan, de los que se dedican a estos menesteres, entre en estas páginas, ni llegue a leer nunca este humilde y enrabietado trabajo; pero si alguno lo hace, que le diga a sus compañeros de “bravas hazañas”, que no quemen más coches, que la policía no persigue la mayoría de estos hechos y, al menos, personas humildes e ilusionadas con sus propiedades podrían recuperarlas con solo unos pequeños trabajos de mantenimiento. No nos dejen con cara de bobos, sin nuestros coches y totalmente indefensos.   

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