Melitón Cardona. Ex embajador de España en Dinamarca/The Diplomat

Es probable que el tema de la inmigración condicione los resultados de las próximas citas electorales europeas; no sería de extrañar porque se trata de un problema que amenaza con resquebrajar las costuras de la Unión; los países de del grupo de Visegrado, Austria y, recientemente, Italia no parecen estar dispuestos a seguir tolerando un estado de cosas que perciben como una amenaza a su identidad, algo que, en mi opinión, es el meollo de la cuestión, porque pensar que una llegada masiva de personas que pertenecen a otro círculo cultural no tendrá impacto en el devenir de un país es pensar en lo excusado.

Conviene tener presente algunas ideas básicas. Para empezar el derecho internacional general no contiene ninguna norma que obligue a los Estados a admitir en su territorio a ciudadanos extranjeros, algo que conviene retener. Para continuar, nadie emigra si no tiene un incentivo que le impulse a hacerlo, como ha señalado certeramente Hans Magnus Enzensberger, lo que explica el hecho de que no lleguen pateras ni a las costas portuguesas ni a Gibraltar.

El caso australiano es significativo: hace años, llegaron a alcanzar las costas australianas hasta 30.000 personas al año; un gobierno sensato decidió que quien entrara irregularmente en su territorio sería inmediatamente reenviado a determinadas islas del Pacífico: el resultado fue concluyente: se pasó de 30.000 entradas ilegales a ninguna.

“Una política de fronteras abiertas es incompatible con el Estado de bienestar”

Dejando aparte las aportaciones buenistas al debate, que surgen de lo que Max Weber categorizó como Gesinnungsethik o ética de los principios, el hecho es que quien pretende instalarse en Europa a toda costa es alguien que desea beneficiarse de un Estado de bienestar a cuya costosa creación no ha contribuido mediante el pago de impuestos y contribuciones sociales. De ahí que frente a ese buenísimo surja esa Verantwortungsethik o ética de la responsabilidad que cualquier gobernante que se precie, haya leído o no a Weber, debe tener presente.

El ciudadano puede regirse por la ética de los principios, el responsable político debe hacerlo por la de la responsabilidad en tanto en cuanto su buenismo puede tener consecuencias sociales devastadoras y contraproducentes y una cosa es clara, a saber, que una política de fronteras abiertas es incompatible con el Estado de bienestar: lo afirmó Milton Friedman al escribir que “You can have open borders or you can have a welfare-state. But you can’t have both”.