Javier Fernández Arribas 

La elección de uno de los lugares más sagrados del islam, como es la Meca, para la celebración de las cumbres de la Liga Árabe, el Consejo de Cooperación del Golfo y la Organización de Cooperación Islámica, estos dos días, 30 y 31 de mayo, confiere en sí misma un claro mensaje de la gravedad de la situación, pero, sobre todo, de la determinación de los países del Golfo de enviar un mensaje inequívoco a Irán y a sus simpatizantes de la región.

Además, la fecha elegida se encuadra en el momento más sagrado del año islámico como es el Ramadán. La tensión en la región ha subido muchos grados por el enfrentamiento público de la administración Trump con el régimen de los ayatollah a raíz de la pugna por el programa nuclear iraní, sus amenazas, sus pruebas de misiles y el anuncio de Teherán de dejar de respetar varios preceptos del Tratado de No Proliferación Nuclear como son la producción de uranio enriquecido y de agua pesada.

Hasta aquí nada que no pueda considerarse habitual dentro del clima de tensión que provocó la decisión del presidente de Estados Unidos de denunciar el acuerdo nuclear con Irán y la imposición de nuevas sanciones que están haciendo su efecto en la economía iraní y en el día a día de sus ciudadanos, por ejemplo, la escasez de gasolina para sus coches, en un país que es de los principales productores y exportadores de petróleo pero que no tiene capacidad suficiente ni la última tecnología para refinar la cantidad de carburante que necesita para cubrir sus necesidades. Eso afecta también a la producción eléctrica, lo que significa que con la llegada del verano y la subida inexorable de las temperaturas muchos hogares no van a poder utilizar sus aparatos de aire acondicionado y, lo que es peor, los cortes de suministro eléctrico hacen peligrar los alimentos que guardan en sus frigoríficos.

En algunas ciudades iraníes se registran manifestaciones de protesta por el empeoramiento notable de la calidad de vida mientras el sector más radical del régimen, con el líder máximo a la cabeza, Alí Jamenei, aprovecha para atacar al presidente moderado-aperturista Hasan Rohaní. El incremento de la tensión se ha producido por los ataques del 12 y el 14 de mayo contra intereses petrolíferos en el Golfo destacando el ataque a cuatro navíos petroleros en aguas de Emiratos Árabes Unidos,  buques comerciales de banderas saudí, emiratí y noruega que fueron saboteados en el puerto de Fujairah, y, además, cuatro ofensivas con drones  por parte de hutíes (rebeldes chiíes apoyados por Irán que luchan en la guerra de Yemen ante el Gobierno sustentado por Arabia Saudí) contra instalaciones armamentísticas y de almacenaje de crudo en territorio saudí.

John Bolton, asesor de Seguridad de Trump, de gira por la zona tras la decisión norteamericana de desviar aguas del Golfo al grupo de combate naval encabezado por el portaviones Abraham Lincoln, ha apuntado directamente a Irán por el suceso referente a los barcos comerciales en territorio emiratíseñalando que este sabotaje se debió a minas navales que “casi con toda seguridad” eran de agentes proiraníes. El asesor de Seguridad sí ha mostrado prudencia a la hora de llevar a cabo posibles acciones ante la actividad iraní, destacando que las últimas respuestas estadounidenses han sido acertadas porque no se han vuelto a repetir agresiones relacionadas con los iraníes en Oriente Medio. Los intentos de mediación para rebajar el riesgo de un enfrentamiento no han tenido, que se sepa, el resultado apetecido y se ha mantenido un elevado tono en las declaraciones.

El pasado domingo, el ministro de Asuntos Exteriores de Irán, Javad Zarif, propuso un pacto de no agresión a los países del Golfo Pérsico pero la reacción de varios medios acreditados de la región fue que la propuesta iraní era inaceptable y recordaron las acciones y provocaciones iraníes en Yemen, Siria y el Líbano donde Teherán apoya desde hace años a milicias extremistas con un ánimo de hostilidad creciente. La hegemonía de la región está en juego. Se la disputan desde hace años saudíes e iraníes, en lo que representa un nuevo enfrentamiento abierto entre sunníes y chiíes, conflicto que data de hace varios siglos. En estos momentos, la situación se ha vuelto más delicada y no solo están en juego los intereses de los países de la región. Un posible conflicto bélico con Irán, bien sea por parte de Estados Unidos o de los propios países del Golfo tendría consecuencias impredecibles para el tráfico y abastecimiento de petróleo en todo el mundo. Los líderes árabes y musulmanes reunidos en la Meca reiteran que nunca atacaron a Irán ni planean hacerlo pero no están dispuestos a aguantar ni a tolerar las provocaciones y amenazas de Irán a sus intereses.