Víctor Arribas

Más allá de las polémicas que un año más se escuchan respecto a la forma en que hay que afrontar la defensa de los derechos de las mujeres, el día 8 de marzo llega otra vez convertido en momento esencial del año para la lucha de todos por la igualdad. El objetivo es común, nadie lo duda, pero la forma de lograrlo difiere mucho desde que hace algunos años irrumpió en este debate social una forma radical de feminismo que tan sólo se ha expresado en países desarrollados, y que ha tenido a la sociedad americana como punta de lanza. Una acción basada en gestos (vestir de negro en una gala de los Oscar hiper reivindicativa y olvidarse al año siguiente de esa reivindicación), en reclamaciones un tanto peregrinas (el cambio “inclusivo” en el lenguaje hasta que todos hablemos de otra forma porque se supone que así no discriminaremos a las mujeres), y en el uso partidista y político de la lucha por la igualdad excluyendo a los que no se pliegan a ser, por ejemplo, anticapitalistas. Esta manera de defender los derechos de las mujeres ha sembrado la discordia con la que desde hace algunos años conmemoramos el 8 de marzo, a pesar de los esfuerzos de Naciones Unidas por canalizar un movimiento de reivindicación y de alerta sobre los principales problemas de la mujer en el planeta. 

Esta jornada universalmente conmemorada ha cambiado mucho en los últimos años, y ha pasado de ser el Día Internacional de la Mujer Trabajadora a un día institucionalmente reconocido para la defensa global de la mujer. El lema de esta fecha, Pensemos en igualdad, construyamos con inteligencia, innovemos para el cambiopuede quedarse corto, pero es imposible que no sea compartido por el cien por cien, por todas ellas en todos los países del mundo. Las claves para entender mejor esa lucha necesaria y plural siguen provocando asombro: 

El 35 por ciento de las mujeres en el mundo ha sufrido algún tipo de maltrato, produciéndose la trágica estadística de que el 38 por ciento que muere es a causa de la violencia de género. Uno de los objetivos que deberían ser plurinacionales y multiasociativos es el de erradicar la violencia de los hombres contra las mujeres en los países en los que es una verdadera lacra arraigada en el tejido social por tradiciones, costumbres familiares o pura supremacía del sexo masculino. Las campañas de tantas y tantas asociaciones que claman en el primer mundo sobre un problema real pero mínimo, podrían ampliarse a todas esas partes del mundo donde la mujer es sojuzgada y sometida a trabajos. El asesinato de mujeres en su hogar o por sus parejas sigue arrojando índices sonrojantes en una sociedad que tanto ha avanzado en otros terrenos como el tecnológico.

Hay países en el mundo en los que las mujeres cobran un 75 por ciento menos que los hombres realizando el mismo trabajo. En Irán este panorama de desigualdad extrema coloca las cifras en un vergonzante nivel: los varones ganan como término medio más de 20.000 dólares frente a los 4.000 de media que perciben las iraníes por realizar su actividad profesional, según daros de Oxfam. Es cierto que en Europa y Estados Unidos queda mucho por hacer, pero tal vez las campañas tan aceradas y directas, que dejan en ridículo a quienes no se suman a ellas, deberían poner su foco en esos lugares donde el problema está elevado a la enésima potencia. 

El acceso a los puestos de dirección es otra rémora que castiga a las féminas. Si la cifra del 21 por ciento tan sólo de mujeres en órganos de gobierno de empresas e instituciones mundiales es correcta, que no hay motivos para dudar, este junto al de la desigualdad salarial es uno de los puntos donde más queda por hacer. Y por supuesto, el del acoso en ámbitos laborales, esa despiadada muestra de superioridad machista que hace a la mujer sentirse un objeto, y que es tan difícil de medir cuando la mayoría de los casos que se producen quedan sin denunciar y se convierten en hechos silenciados que quedan tan sólo en el recuerdo de sus víctimas. 

Los parámetros derivados de la condición de ser mujer no están mucho mejor. Del total de seres humanos que son vendidos o explotados el 80 por ciento son mujeres y niñas. Un problema que Anesvad localiza sobre todo en países de Europa del este y Latinoamérica. Una de cada tres mujeres es todavía hoy obligada en algún lugar del mundo a contraer matrimonio antes de los 18 años. Más de 130 millones de mujeres han sufrido la ablación en países de África y Oriente Medio. 

El mero repaso a los más graves puntos de desigualdad entre hombre y mujeres en el mundo anima a pensar que queda mucho por hacer. Pero no destruyamos lo ya conseguido politizándolo y convirtiéndolo en arma arrojadiza.