Antonio Sánchez-Gijón/CapitalMadrid.com

La cor­nisa me­di­te­rránea del Norte de África, o en otras pa­la­bras la orilla opuesta al flanco sur de Europa, está en su mayor ex­ten­sión bajo el con­trol de es­tados (Egipto, Túnez, Argelia, Marruecos) que man­tienen re­la­ciones es­ta­bles y pa­cí­ficas con la Unión Europea y con las na­ciones de la ri­bera norte. Todos ex­cepto Libia.

Se puede decir que aquellos cuatro países están posicionados de modo estable en la esfera de influencia de Europa. La esfera de influencia de un estado (o de una unidad política, como la UE) es una noción complementaria del modelo de equilibrio de poderes, que desde la Paz de Westfalia reguló las relaciones entre estados hasta la I Guerra Mundial.

El norte de África entró en la esfera de influencia europea en el siglo XIX, como se puso de manifiesto con la incorporación de todos los países norteafricanos en las estructuras imperiales de Francia, Reino Unido y más tardíamente Italia. Esta configuración imperial seguía la trayectoria de otra potencia que la practicó anteriormente, España, con su ocupación de los presidios de Orán, Mazalquivir, La Goleta y otros, posiciones que fue perdiendo paulatinamente bajo el empuje naval del imperio turco.

Las esferas de influencia respondían a la necesidad vital de pueblos y estados, de tener integradas vastas regiones ajenas en un sistema confiable y estable de relaciones, lo que se conseguía mediante la exhibición o aplicación de la superioridad técnica, financiera y militar con que las potencias imperiales se imponían, alternando actos de fuerza con incentivos económicos y obras de desarrollo material.

Con el paso del tiempo, fue inevitable que aquellas poblaciones que vivían bajo una autoridad imperial externa se impregnasen de algunos de los ideales políticos y de progreso que se habían consolidado en Europa durante el siglo de los nacionalismos. Todo aquel impresionante sistema hizo crisis con el final de la II GM. Los países norteafricanos entraron entonces en un proceso de independencia bajo ideales del nacionalismo autoritario y en conflicto con las antiguas potencias imperiales (crisis de Suez, guerra de Independencia de Argelia, golpe de estado de Gadafi, Burguiba de Túnez y Mohamed V de Marruecos como caudillos de la independencia, etc.)

Una vez consolidada la independencia, era inevitable que aquellos ideales de liberación se volviesen contra los líderes que los gobernaban desde aquellos años, y que se habían vuelto opresivos. Fueron las revoluciones de la llamada Primavera Árabe.

Debe observarse, además, que tres de aquellos países, Egipto, Túnez y Marruecos, pasaron una corta transición, desde sus alineamientos políticos con la esfera ideológica y diplomática del llamado Tercer Mundo, a una fase posibilista y cooperativa con las potencias occidentales, bajo los estímulos, primero del Mercado Común, y luego de la Unión Europea. Sólo la Libia de Gadafi y la Argelia del Frente de Liberación Nacional se aferraron a los ideales del movimiento de los No Alineados. Pero con una diferencia: mientras Trípoli se embarcaba en aventuras militares y económicas hostiles a Europa, Argel afianzaba su revolución nacional asegurándose la neutralidad o colaboración de sus vecinos del norte. Así, había de caer el régimen de Gadafi y así ha podido durar hasta hoy el régimen autoritario, y poco eficiente económica y socialmente, de Argel.

El hecho de que Libia haya sido el único país incapaz de acomodarse a la esfera de influencias mutuas entre los países del eje mediterráneo, pone en evidencia una dificultad o limitación estructural, que en su caso hay que atribuir al retraso en el desarrollo de su sistema social, algo que los otros países del área sí han logrado. Una de sus causas es no contar con un consenso interno sobre la conveniencia política y económica de mantener relaciones estables y pacíficas con otros países y sobre quién debe gobernar Libia.

A su vez esa falta de consenso interno es debido a la fractura de la sociedad libia entre modelos e ideales incompatibles, como son los objetivos de un desarrollo económico y social basado en la fuerza de la ley y sostenido por fuentes de riqueza propias, sobre todo el petróleo (un ideal y una propuesta típicamente europeos), por un lado, y una sociedad desestructurada que apenas logra articularse en torno a lealtades religiosas y tribales.

Y aquí llego a donde quería llegar. El acercamiento de Europa a la crisis libia, y a su propia crisis de las migraciones originadas en Libia, no se inspira en los mecanismos consustanciales a las relaciones entre estados, esto es, en el establecimiento de esferas de influencia, que hoy no pueden ser sino multilaterales y mutuas, sino que se atiene a principios universales como los de la carta de las Naciones Unidas, que de momento no hay quien logre extender a Libia. Como muestra un botón: las NN.UU. acaban de prohibir el envío de armamento por otros estados a las facciones libias, incluido el propio gobierno del Acuerdo Nacional, que es el formado y reconocido por las Naciones Unidas, admitiendo implícitamente su impotencia para lograr la pacificación.

Toda la crisis de los inmigrantes, que tan ocupada tiene a la UE, gira pues en torno a quién hará lo que la ONU no se cree con fuerzas para hacer. ¿Puede Europa?