Santiago Mondéjar

Pie de foto: Un militante palestino de Hamás durante el funeral de su camarada Mahmoud Al-Adham, de 28 años, en el norte de la Franja de Gaza, el 11 de julio de 2019. REUTERS/MOHAMMED SALEM

Apenas unos días después de que Hamas llevase a cabo un ensayo para evaluar la preparación de sus Fuerzas Armadas en caso de producirse un escenario de graves desórdenes públicos e inestabilidad estabilidad interna en la Franja de Gaza, el miembro miembro del ala militar de Hamas de 28 años, Mahmoud al-Adham cayó mortalmente abatido al este de Bein Hanoun, por disparos de la Fuerza de Defensa Israelí, al parecer a causa de un error de identificación, según fuentes oficiales israelíes.

En todo caso, esta muerte de suma a los 40 palestinos heridos por arma de fuego durante las protestas en la linde de Gaza, y preludia un aumento de la violencia en la zona, tras un periodo de calma relativa desde que Israel autorizó discretamente un incremento en el número de permisos para trabajadores palestinos en territorio del sur de Israel procedentes de la Franja de Gaza, para lo que contó con la colaboración logística de Hamas y la oposición de los servicios de seguridad israelíes, que pronosticaron que la entrada de volúmenes importantes de trabajadores palestinos podría ser aprovechada para recabar información sensible y llevar a cabo la infiltración de elementos terroristas.

Para la esclerótica economía de Gaza, los ingresos que pueda recibir mediante transferencias de trabajadores temporalmente emigrados a Israel son de suma importancia para permitir la subsistencia de las familias, por lo que cualquier alteración de la política de concesión de permisos de trabajo en Israel como consecuencia de un retorno a la violencia, tendría consecuencias tangibles para los habitantes de la Franja de Gaza, cuyas circunstancias no ha mejorado a pesar de las promesas de ayuda económica de Qatar a cambio de su implicación política directa en la gobernanza de Gaza, y la procrastinación de Israel a la hora de implementar su parte en los acuerdos alcanzados en mayo, que conlleva una flexibilizan del bloqueo fronterizo y llevar a cabo proyectos en estructura de cierta envergadura, todo lo cual no ha hecho sino aumentar la frustración de la población con Hamas, que el verbo incendiario del Likud y su retórica de humillante claudicación de Hamas frente a los petrodólares de Qatar no ha ayudado a atenuar.

Esto sitúa actualmente el problema de la causa palestina más en el ámbito de una crisis humanitaria que en el de un problema geopolítico, como había sido desde los años 60, lo que otorga a Israel un poder táctico desmesurado basado en la amenaza de llevar a cabo una repatriación forzada y masiva de emigrantes palestinos que causaría un disrupción social cataclísmica en Palestina.

Madrid queda ya muy lejos, y la reciente conferencia de Bahrein, promovida por Jared Kushner -judío y yerno de Donald Trump- ha sido percibida por la mayoría de los escépticos actores como un pobre sucedáneo, que ni contó con representantes oficiales de Israel y Palestina, ni ofreció plan político alguno, limitándose a poner el carro delante de los bueyes presentando simplistas recetas financieras basadas en la esperanza de obtener generosas donaciones internacionales, como panacea para un conflicto que en su morfología actual perdura desde la Conferencia de la Sociedad de Naciones de San Remo de 1920 que otorgó el Mandato Británico de Palestina al Reino Unido tras la ocupación de los antiguos territorios otomanos por parte de éste país al final de la Primera Guerra Mundial. Resulta más que dudoso que la nueva fórmula de “paz por dinero” pueda llegar adonde no alcanzó la de “paz por territorios” de 1991, o que llegue a tiempo para evitar una catástrofe social irreparable en la Franja de Gaza y en el resto de Palestina.