César Calvar

En las situaciones que nos colocan frente a lo peor del mundo -una guerra, una catástrofe natural, un atentado terrorista como el de Manchester- sale a relucir lo más bajo y lo más elevado de la condición humana. Porque la miseria de algunas personas, como la grandeza de otras, no conoce límites. Y siempre hay quien aprovecha el sufrimiento de los demás para divertirse o, incluso, para sacar tajada.

Leo con preocupación un artículo en La Voz de Galicia, convenientemente divulgado por la Guardia Civil en su cuenta de Twitter, que alerta sobre los numerosos bulos difundidos a raíz de la execrable matanza de niños y adolescentes perpetrada en Manchester tras el concierto de Ariana Grande.

El texto informa, por ejemplo, sobre falsos llamamientos realizados a través de esa red social por presuntas madres, hermanos u otros familiares que buscan desesperados a sus seres queridos entre las cenizas y el humo que dejó el ataque. Pura miseria moral aderezada con fotografías de personas que nada tienen con ver con el drama: en una de las imágenes exhibidas, el supuesto adolescente desaparecido era un famoso youtuber; otra mostraba a un niño con síndrome de down y había sido extraída del catálogo de una línea de ropa infantil.

Hubo incluso quien sembró el pánico con falsas alertas sobre tiroteos y hombres armados en otros puntos de Manchester. Incluso el community manager de una publicación de moda aprovechó el fugaz encumbramiento en las redes de Ariana Grande para publicitar un contenido propio sobre los “looks icónicos” de la artista. Por suerte, el medio rectificó y pidió disculpas a las personas ofendidas por esa actuación, que tachó de “error”.

Todo esto me lleva a pensar en la confusión que hoy se genera cada vez que ocurre un hecho luctuoso, con cruces de informaciones sin contrastar o directamente falsas, bulos, bromas que se confunden con lo real e incluso mentiras interesadas que la audiencia premia con millones de retweets y que suplantan a la realidad hasta que alguien se atreve a cuestionarlas. Todo vale para mendigar ‘clicks’, aunque sea a costa de desinformar o de echar sal sobre la herida de quienes en esos momentos sufren la amputación que provoca la pérdida de un ser querido.

Considero que los medios de comunicación tienen (tenemos) parte de responsabilidad por la pérdida de credibilidad derivada de la precarización del trabajo en las redacciones, del ahorro de costes durante la crisis que llevó a prescindir de los mejores profesionales, las carencias materiales y ese vicio moderno de priorizar la inmediatez al rigor. Una mala práctica que, a veces, lleva a algunos a hacer un cortapega a partir de lo que dice cualquiera con tal de que resulte atractivo a primera vista, en vez de consultar fuentes fiables e ir a buscar los datos allá donde ocurren las cosas.

También la audiencia, los lectores, son en cierta medida responsables por renunciar (no todos, es justo decirlo) a leer los periódicos y por confundir las redes sociales con los medios de comunicación. Lo que estamos viviendo es fruto esa falacia tan extendida de que estar bien informado sale gratis.

En el futuro, quienes quieran estar informados deberán asumir que las redes no pueden suplantar a la prensa como medios de difusión de noticias veraces. Son plataformas en las que cualquiera puede volcar información como un camión de arena, sin ordenar, sin contrastar, sin poner en su adecuado contexto, mezclada y adulterada con ingredientes falsos que muchas veces son nocivos para el desarrollo de sociedades libres y democráticas.

Los medios tienen (tenemos) mucho que rectificar y un largo camino por andar hasta recuperar la credibilidad y el prestigio perdidos. Y los lectores deben convencerse también de que hallarán la mejor información allí donde trabajan profesionales formados para obtenerla, contrastarla, gestionarla y difundirla. Y que no les cuenten cuentos.