José María Peredo Pombo. Catedrático de Comunicación y Política Internacional de la Universidad Europea de Madrid/La Razón

Las elecciones del midterm ponen sobre el terreno de juego político a los 435 escaños de la Cámara de Representantes, 1/3 de los senadores, 36 gobernadores de estado más 3 territoriales, y a más de 300 alcaldes de todo el país. Sólo por este motivo ya tendrían interés en un momento en el que la democracia se arrastra por los campos. Pero si además ponemos sobre la mesa del próximo 6 de noviembre la posibilidad de que los demócratas recuperasen la mayoría en el Congreso y todo el poder legislativo, y esto les permitiera iniciar un proceso de impeachment al presidente. Y si a ello le sumamos el interés de la sociedad americana e internacional por saber si el trumpismoha sido el sueño, o la pesadilla de una noche de otoño o, por el contrario, sus ideas nacional populistas han calado en una América socialmente renovada, económicamente boyante e ideológicamente conservadora, las elecciones del midterm son un nuevo test sobre el estado de forma del mundo democrático.

Si dejamos que la economía hable a través de las encuestas y no de las cifras, la inmensa mayoría de los americanos no niega la evidencia de que los datos económicos van entre muy bien y excelentemente bien. La coalición imposible, la de los trabajadores autóctonos y los agricultores, más la élite financiera y las clases acomodadas, podría liderar la recuperación en la recta final del voto republicano y contrarrestar la ligera ventaja demócrata en las encuestas de intención de voto. Las cuales muestran resultados similares procedan de donde procedan: que los demócratas son más firmes en sus preferencias (en torno a 195 escaños asegurados frente a 170 de los republicanos en la Cámara de Representantes); que hay alrededor de otros 30 escaños que pueden variar de un partido a otro; y que la victoria está más cerca del Partido Demócrata si sabe mantener el sentimiento anti Trump, cuyo rechazo es más unánime que sus apoyos.

Entre otros, el 70% de los evangélicos que aprueba la gestión del presidente en especial después de haber sentado en el Tribunal Supremo al juez Kavanaugh, consiguiendo así el quinto voto necesario para abolir en un futuro hipotético, la legislación proaborto. Para los trumpistasconvencidos, que también los hay, el presidente ha logrado con esta victoria, y con su populismo nacionalista en defensa de los puestos de trabajo, aglutinar al disperso votante republicano que no se encontraba cómodo en el centro del campo ideológico, así como al obrero agrícola industrial que, durante generaciones, nunca había soñado con votar republicano.

Marco Rubio, los senadores Tom Cotton y Tim Scott o el congresista Mike Gallagher, son algunos de los jóvenes republicanos que han sabido entender que después de Trump habrá trumpismo amable y reformismo conservador. Y podría reproducirse en 2020 una senda de líderes equiparable a la que, en la década de los 20 del siglo pasado, encadenó a los presidentes Harding, Coolidge y Hoover, en unos años de proteccionismo, aislacionismo y crecimiento económico. Una década a la cual puso fin la Depresión de 1929 y que vio nacer y crecer al fascismo, en un mundo polarizado hasta los extremos.