Marc Riera /Debate21

El fin de la Guerra Fría derrumbaba el “telón de acero” que dividió el mundo en dos durante aproximadamente cuatro décadas. Los ciudadanos, al fin, andaban libres de esa etapa sobreactuada en la que se buscaba, a toda costa, fragmentar y desavenir. Podríamos decir que esa “guerra”, en la que se trataba de diferenciar a los países entre un bando u otro, respondía a intereses de más bien pocos: pero que nada tenía que ver con la gran mayoría de ciudadanos que, sin buscarlo ni quererlo, se vieron separados por un muro inquebrantable. Unos individuos que, indistintamente del bloque en el que estuvieran sus países, poco podríamos diferenciar.

De hecho, es el final de la Guerra Fría a principios de los noventa, lo que se considera antecedente clave para la nueva era que dio paso. Una aún hoy vigente, en la que las sociedades revolucionarán su relacionarse entre sí. Un nuevo paradigma se vislumbraba y nada parecía poder revertirlo.

El acercamiento entre individuos más allá de sus fronteras ya era algo innegable. La globalización se convirtió en un fenómeno a nivel mundial en el que se revolucionó la interrelación entre los ciudadanos. Una nueva forma de entender el mundo, que no tardó en hacerse notar en ámbitos como el social o el cultural, pero también en el económico, tecnológico o político. Ejemplo claro de este cambio podrían ser las redes sociales (mientras la población mundial hoy está alrededor de los 8 mil millones, la red social Facebook cuenta ya con 2,3 mil millones de usuarios).

Desde el prisma económico, es espectacular la fuerza que supone esta mayor interconexión entre personas, sobre todo, esa forma en la que las preocupaciones, intereses, gustos… son cada vez más compartidos. Asistimos a un proceso de homogeneización de patrones, es decir, enormes conjuntos de personas que exigen al unísono algo en particular. Cuanto más ciudadanos cuente una tendencia, más poderosa se puede convertir.

Para entender mejor el impacto de tener una economía más profunda –con mayor número de compradores y vendedores-, permíteme un ejemplo a pequeña escala. Imagínate que estamos en una plaza en un día de mercado. No sería de extrañar que cuantos más vecinos se acerquen a comprar a la plaza, más comerciantes tratarán de poner sus estands. Pero, además, si la afluencia no decae, en apenas unas jornadas más de mercadeo, veremos cómo los comerciantes tratan de seducir a los vecinos con productos cada vez más frescos y más baratos[1]. Con lo cual, ante una misma renta disponible, los consumidores tendrán acceso a más y mejores bienes. Aunque como era predecible no será el único impacto. Sumerjámonos un poco más.

Las sociedades globalizadas que avancen en la integración de sus economías con sus respectivos vecinos de forma libre tendrían impactos tantos del corto como del largo plazo. Los primeros años, alcanzarían como hemos dicho, las ventajas de la competitividad (menor precio con mayor calidad, y más cantidad de bienes, -más eficiencia-). Sin embargo, las empresas más desfasadas que no fueran capaces de afrontar las nuevas exigencias de los consumidores se verían obligadas a reinventarse o a cerrar. En el largo plazo, en cambio, observamos que las economías tenderían a igualar precios entre ellas, especializarse en eso que produjeran mejor – aprovechar su ventaja comparativa-, e incluso cabría espera que se alcanzara una asignación de recursos más eficaz. Todo ello permitiría llegar a la maximización del beneficio social en el largo plazo. E indirectamente no nos podemos olvidar del impacto que supondría todo ello sobre la tecnología y su efecto transvase: el incentivo a seguir reinventándose.

Todo ello me hace declararme ante quien me lee como fiel globalista. Pero también crítico. Centrémonos en la parte menos amable de la integración de economías. En primer lugar, el gran inconveniente. Las economías que participen deberían tener un grado de desarrollo parecido y un nivel de uso de tecnologías similar, de este modo, los procesos de convergencia no serían innecesariamente largos y extremadamente crueles con los menos ‘competitivos’. No supone algo excluyente, pero sí que es interesante cubrir adicionalmente estas posibles consecuencias.

En segundo lugar, estos agentes “menos competitivos” a los que nos referíamos, por ejemplos esas empresas, autónomos o trabajadores que se viesen fuera del mercado o de sus empleos debido al aumento de la competencia y de las exigencias de esta nueva era. También acuñados como “los perdedores de la globalización” son los eslabones más desprotegidos. Es necesaria una respuesta real para ellos. Una respuesta que no deje de premiar el esfuerzo, pero que, a su vez, asegure una segunda oportunidad que les permita reengancharse al crecimiento. Políticas sociales en busca de la protección y oportunidades para estos colectivos, preservando el Pacto Social. Son ellos, el principal nicho electoral de partidos populistas que utilizan su ‘desprotección’ y sufrimiento para alcanzar mayores cuotas de poder, pero como ya sabemos, sin soluciones consistentes al respecto.

La globalización es beneficiosa en términos generales, pero es importante que consigamos regularla. Todo mercado necesita de un agente independiente que establezca y haga cumplir las reglas del juego. De este modo, se podrá asegurar la eficacia y el correcto desempeño de dicho mercado, alcanzando el mayor beneficio social posible. Entonces, esta línea, la cuestión es, mientras el mercado es cada vez mayor e involucra a cada vez más países, ¿quién ejerce de agente independiente?

Las instituciones que se encargan del engranaje cotidiano de la economía, entendido como regulación, tributaciones, gasto público, etcétera, son los Estado-Nación. Núcleos de decisión, materializados en el mundo democrático, por parlamento o asambleas conformadas bajo el mandato de la soberanía de su correspondiente pueblo.

Sin embargo, debemos reconocer que quizá no todos los Estado-Nación tiene el tamaño perfecto para responder a todos los desafíos que se nos presentan durante este siglo, la globalización es un claro ejemplo. Actualmente, el comercio exterior es pilar esencial de muchas naciones, sobre todo, para esos países más pequeños que pudieran tener mayor dependencia de sus vecinos para satisfacer la demanda de sus propios consumidores. Su poder de negociación es muy limitado. E incluso, ya no sólo eso, la actual guerra comercial sin trincheras que plantea Trump -con la crisis de Huawei, como último capítulo- ponen de manifiesto la endeble estrategia, o inexistente, de conseguir una regulación efectiva y justa para la globalización y el mercado internacional.

Dada esta tesitura, la puesta en marcha por parte de los países europeos de lo que se considera el proyecto de integración más ambicioso de la historia moderna de la humanidad, la Unión Europea, recobra una importancia asombrosa. Una vía alternativa para alcanzar una gobernanza adecuada sobre la globalización y los retos de nos depara el futuro próximo. Una Comunidad en la que 28 (27) países, desolados por la IIGM, aunaron fuerzas para convertirse hoy en la tercera región más poblada del mundo -tras China e India-, y la segunda más rica -tras China-[2]. Tenemos una oportunidad única para alcanzar al fin unas instituciones más democráticas, más enfocadas en conseguir una globalización justa, legítima y, sobre todo, una globalización que no deje a nadie atrás. Hacer más justo el crecimiento, más equilibrado el comercio, y asegurar la igualdad entre todos los individuos.

El colapso climático, la seguridad alimentaria, la crisis financiera mundial, la evasión de impuestos, la regulación mercantil sobre multinacionales, la revolución tecnológica venidera, entre otros muchos, conforman los desafíos de este siglo XXI. Ante nosotros, los europeos, se asoma una coyuntura perfecta para que demos un paso adelante y juguemos nuestro papel.

Debemos aprovechar los comicios de este fin de semana #26M para votar más Europa y más Unión. Optar por deslumbrantes recetas de predicadores populistas o nacionalistas dar pasos hacia atrás. Tenemos la oportunidad de anticiparnos, e iniciar las reformas necesarias para que los ciudadanos estemos preparados para afrontar las exigencias y retos de forma útil. ¿Qué mejor forma que la de legitimidad que aportan las urnas para dibujar el camino que Europa, y en ella, España, debe emprender para alcanzar nuestro futuro y el de las próximas generaciones?


[1] Mediante la idea de la maximización de las utilidades de los agentes que participan en el mercado, por vía de la ley de la oferta y la demanda, cuánto mayor sea la extensión del área de intercambio, es decir, cuántos más individuos participen en el mercado, el equilibrio alcanzado será socialmente más eficiente.

[2] La Unión Europea como la segunda región más rica del mundo, en términos de PIB ajustado por PPA. Vía Fondo Monetario Internacional (FMI). Abril 2018. Véase enlace.