Javier Fernández Arribas

La Asamblea General de Naciones Unidas es una gran oportunidad de mantener jugosas reuniones con numerosos líderes de países de todo el mundo. Se celebra todos los años durante la última semana de septiembre y Nueva York se convierte en capital del mundo, con inmunidad para la asistencia de todos los dirigentes, incluidos aquellos dictadores de países sojuzgados por regímenes totalitarios. La estrella del acontecimiento siempre es el presidente de los Estados Unidos, cuyo discurso es seguido por todas las delegaciones y tiene repercusión internacional.

Más en estos momentos donde el inquilino de la Casa Blanca, Donald Trump, desprecia el multilateralismo que encarna la ONU, fomenta el proteccionismo, azuza una guerra comercial suicida con China e, incluso, con sus aliados europeos, entre otros, y aplica sus propias medicinas para afrontar problemas internos muy graves que pueden llegar a plantearle problemas para su futuro. Todo ello con el objetivo de las elecciones parlamentarias de medio mandato donde se juega la mayoría en la Cámara de Representantes y el Senado. Lo curioso de esta situación es que Trump es criticado y aborrecido por muchos dirigentes internacionales, entre ellos numerosos de sus aliados europeos, pero, sin embargo, hay quien no duda en pasar una semana en Nueva York con tal de asistir este lunes pasado a la recepción del presidente norteamericano y pugnar por la ‘photo opportunity’ con el propio Trump.

No piensen ustedes que ese anhelo se reduce a dirigentes de países del tercer mundo que pueden presumir después de un apretón de manos y unos cuantos segundos de saludo con uno de los hombres más poderosos del mundo. Hay otros responsables políticos, imbuidos por el marketing político y los golpes de efecto en los medios de comunicación y redes sociales, de países desarrollados que maniobran durante la recepción o antes con el protocolo de la presidencia norteamericana para conseguir esa foto. Así está, ahora mismo, el nivel de algunos dirigentes políticos que piensan más en los golpes de efecto y de imagen que en una labor más discreta pero eficaz para solucionar los problemas de los ciudadanos que les han elegido. O han votado en unas elecciones parlamentarias que después han propiciado mayorías interesadas para cambiar el poder sin pasar por las urnas. Las relaciones internacionales son vitales para cualquier país en este mundo globalizado y los contactos y reuniones que ofrece la Asamblea General de la ONU son magníficos pero no justifican una estancia de cinco días.