Pedro Canales

Pie de foto: Un grupo de mujeres de Cantabria homenajeadas por el Gobierno autonómico. 

La víspera del 8 de Marzo, murió mi tía Pepita con 102 años. Una mujer normal, y por eso mismo siempre excepcional, del pueblo llano, de la Cantabria profunda, de sus valles siempre verdes. Una mujer, cuya vida la resumió ella misma en una frase: “hicimos lo que teníamos que hacer, nada más”.

Pepita Pérez Arronte fue una mujer del andamio. No de las que están arriba pintando, arreglando fachadas o reparando tejados, no; de las que sostienen el andamio, las de abajo, las anónimas. Con 20 años le pilló la guerra civil, después la guerra mundial, después la interminable postguerra. Mucho dolor y amargura en aquella España. Pepita, y miles y cientos de miles más Pepitas, Cármenes, Marías, Juanas, han sido las testigos del siglo XX, de la España oscura, de la España olvidada. Gracias a estas mujeres estamos aquí.

Ella, y las demás, atravesaron el desierto. Perdió su primer hijo, piloto militar, en la flor de la vida; después se quedó viuda; más tarde perdió uno y otro hijo. Pero siguió sosteniendo el andamio. Criar – como se decía entonces – ocho hijos, en los 40 y los 50, era duro, muy duro. Pepita, y su cuñada Josefina, mi madre, con otros nueve, llenaban ellas solas la mitad de una escuela. Vivían en el mismo edificio, en portales contiguos. En aquellos años la familia era un valor, era parte intrínseca del andamio, la más importante. Eran los tiempos de “la noche oscura del cuerpo”; la del alma la cantaron y ensalzaron nuestros grandes místicos, Juan y Teresa; la del cuerpo fue silenciosa, eternamente larga.

“Hicimos lo que había que hacer”. Gracias a ellas, que nunca se rindieron, que sostuvieron el andamio con los hombros en carne viva, otras mujeres iluminaron la España oscura: Clara de Campoamor, María Zambrano, Concha Espina, Concepción Arenal, Rosalía de Castro, María Antonia Salvá, Maruja Mallo, María Casares y muchas, muchas más.  Estas sobresalieron, mostrando al mundo la estirpe de las luchadoras como Agustina de Aragón, María Pita, María Pineda, herederas de las anónimas defensoras de Numancia, de las guerras cántabras y de la resistencia popular a la invasión napoleónica. Pero estas mujeres brillaron, porque detrás de ellas estaban las del andamio.

Pepita, como las demás, no hicieron doctorados, ni masters, ni fueron portada en las revistas del corazón ni de ahora ni de antes, no tuvieron medallas olímpicas, ni oscars, no hicieron política. Dedicaron su vida a sostener el andamio y a construir la familia. No había tiempo para más. Sus mayores alegrías se limitaban a las fiestas familiares y a ir al pueblo en verano, para beber en sus fuentes y sosegar el hogar. Fue una mujer de genio, exigente, de ordeno y mando. Sólo así se podía salir adelante. Tenía las ideas claras de lo que debía hacer. Estando ya sola en la casa con sus dos hijas pequeñas, una de ellas, que había terminado Magisterio y le ofrecían un puesto en San Sebastián, le preguntó si quería que se quedase en casa junto a su hermana pequeña adolescente. Pepita le respondió: “si quieres, quédate, pero con mis condiciones”. El andamio era suyo; no quería piedad, ni conmiseración; seguiría hasta el final. La maestra novata, Estela, entendió el mensaje, y se fue a construir su vida. “Nunca dejaré de agradecérselo”, me confesó ayer. Pepita luchó hasta el final, nunca tiró la toalla, dejó un ejemplo. Sirvan estas líneas de homenaje a la mujer.