Javier Fernández Arribas

Es incuestionable que las sociedades requieren líderes que guíen sus destinos y sean capaces de interpretar adecuadamente las necesidades de la gran mayoría para trabajar por el bien común y canalizar el esfuerzo colectivo para conseguir el crecimiento económico suficiente para lograr el mejor estado del bienestar posible.  El problema radica en que hay personajes que utilizan y manipulan ese papel relevante para su propio beneficio y la confianza de la sociedad se pierde. No solo en ellos, sino en lo que representan, y los populismos baratos y nacionalismos ganan terreno.

Todos los países sufrimos esta lacra, pero quien tiene unos cuantos maillots amarillos de líderes fallidos es Francia. El último ejemplo, Nicolás Sarkozy interrogado por esos cinco millones de dólares que le dio el líder libio Gadafi para su campaña electoral. La justicia francesa anticorrupción, lenta pero inevitable, cayó antes sobre Giscard d’Estaing y los diamantes, o Jacques Chirac y los fondos de la alcaldía de París. Fruto de esas trayectorias ha ido creciendo la extrema derecha del Frente Nacional con la familia Le Pen al frente, y muy cerca de alcanzar el poder.

La aparición de un nuevo personaje como Emmanuel Macron ha logrado superar la crisis, con propuestas extraídas de lo mejor de la derecha, de la izquierda o del centro; pero, sobre todo, formulando soluciones a los grandes problemas de Francia, con grandes dosis de ilusión por encima de la incertidumbre. La corrupción de los políticos no sólo daña a su imagen y a la de su partido, erosiona gravemente al sistema democrático. Y en el caso de Sarkozy con Gadafi a la propia Francia por dos cuestiones básicas: llegar a ser presidente de la República Francesa con la ayuda económica de un dictador del norte de África, lo que supone además una financiación ilegal de la campaña electoral; y el cuestionamiento de la operación militar francobritánica del 2011 para derrocar al líder libio Muammar el Gadafi.

En principio se justificó por la protección de las inversiones en el petróleo libio y por seguir la dinámica de las mal denominadas ‘Primaveras árabes’ que reclamaban democracia y libertad. Sin embargo, ahora se plantea que la verdadera intención desde El Elíseo en ese momento era acabar con pruebas y testigos de la supuesta ayuda fraudulenta y políticamente vergonzosa.

A lo largo de los últimos años, en España, la coyuntura política, económica o social ha determinado que los partidos políticos denominados tradicionales se hayan turnado en ese liderazgo con resultados más o menos aceptables. Con luces y con sombras, el liderazgo del socialista Felipe González durante sus más de 14 años de Gobierno se valora como uno de los mejores momentos de la transición española, que tuvo cierta continuidad con el conservador José María Aznar. Posteriormente, la dinámica partidista nos ha deparado liderazgos manifiestamente mejorables, sobre todo por el desastre del mandato de José Luis Rodríguez Zapatero. Mariano Rajoy navega siempre en el filo de la navaja con el gran mérito de superar la peor crisis económica de las últimas décadas.

La gran cuestión está en que los personajes políticos corruptos e ineficaces provocan que el sistema se desprestigie, que haya desafección de los ciudadanos y que la sociedad sufra una grave crisis de principios y valores.