Carlos Angulo

He leído durante los pasados días navideños las memorias/ “recuerdos” de un periodista, escritas por Juan Luis Cebrián, tituladas Primera Página y me han gustado. En ellas cuenta Cebrián los años que van desde su nacimiento en Madrid en 1944, hasta su cese como director de El País en 1988. El libro arranca con un “a modo de excusa” o declaración de intenciones, y continúa contando  su infancia, juventud y formación. Esta primera parte de sus recuerdos, sirven al lector, además de como prólogo, de explicación y de ayuda para entender algunos de los acontecimientos y actitudes posteriores. Así como para esbozar mejor el perfil del personaje y su época. Continúa después con los inicios de su experiencia profesional y la génesis y el desarrollo del diario El País. Describiendo en cada momento, el entorno, la situación política, las dificultades, algunos errores  y los aciertos habidos durante el periodo relatado.  Concluyendo con las conversaciones mantenidas con Jesús de Polanco, para materializar su salida de la dirección del periódico a un cargo de gestión dentro del grupo de empresas.

He procurado en estos comentarios a la obra de Cebrián, ceñirme a escribir sobre lo que se cuenta en el libro. Sin entrar a juzgar al autor por sus tareas posteriores, ni los hechos y sucesos más o menos recientes. Pues entiendo, según lo dicho por él mismo, que escribirá sobre esa etapa posterior cuando concluya su tarea en las actuales labores de gestión. Y será entonces, cuando se podrá comentar ese periodo con un mayor conocimiento de causa.

Y digo que me ha gustado el libro, más si cabe, después de haber leído, visto y oído, un sinfín de críticas al escritor. Algunas, cuyos autores, daban la sensación de respirar por viejas heridas, agravios profesionales o avatares acaecidos en su relación con él. Otras, las que hablaban sobre lo mal que había estado Cebrián en el transcurso de las entrevistas realizadas en diferentes medios, negándose a contestar determinadas preguntas. Entrevistas, al menos en un par de ocasiones que yo haya visto y oído, “protagonizadas” más por los “avezados” periodistas que las realizaban, que por el propio Juan Luis Cebrián. Y por último, aquellas críticas de quienes defendían a los supuestos maltratados por los comentarios o anécdotas que sobre sus antecesores cuenta el autor en el libro. Al margen de las hechas por personas conocidas por mí, que al mencionar que estaba leyendo dichas memorias, no tardaron ni un instante en arremeter contra ellas y contra la persona que las había perpetrado. Por supuesto sin haber leído ni el título. Todo lo cual me hizo pensar, que si tanto zarandeaban a Cebrián y tan poco le querían, era una señal inequívoca de que resultarían interesantes. Y así ha sido.

Volviendo al libro, en la primera parte decía, deja el autor ver su procedencia, sus ascendientes y las convicciones, religiosas, éticas, morales, educativas y, en general, las pautas de la cultura y la educación recibidas. No solo en casa, sino también en el colegio y su entorno.

A lo largo de la lectura, Cebrián va describiendo dos etapas históricas de la dictadura. Una, en la que el franquismo era aún fuerte, sobre todo durante su infancia y juventud. Y otra, la del tardofranquismo, donde la imagen que transmite, (y doy fe de que la impresión es cierta), era la de un régimen peligroso y agotado. Un régimen, que ya dejaba entrever que las costuras del mismo, a duras penas sostenían un país y una sociedad que avanzaban hacia el último tercio del SXX con una imperativa necesidad de cambios y enormes carencias. Si decir que me ha extrañado, que aún siendo severo el juicio de Cebrián sobre la dictadura, no resulta lo duro que cabía esperar. Pero creo que no es así, porque los años no pasan en balde, los recuerdos pierden intensidad y las pérdidas y la nostalgia suavizan los recuerdos, aunque la realidad fuera entonces más rigurosa.  

Se perciben en el autor durante la primera etapa, sensibles habilidades sociales, contactos e influencias, (quizá debidas en parte a su padre periodista y a su familia), para desenvolverse en el complejo entramado jurídico, político, eclesiástico y militar de la época. Donde se requerían dotes de buen “tirador de esgrima”  para lidiar con los diferentes personajes del momento. La mayor parte de ellos pertenecientes al régimen ó a sus aledaños. Unos inamovibles en sus ideas, los conocidos como inmovilistas. Y otros, los que habiendo sido participes del poder e incluso siendo altos cargos en activo, sabían que tras el asesinato por Eta de Carrero Blanco, y la cada vez más previsible muerte  de Franco, el “movimiento” no tenía continuidad posible. Poco se podía decir en voz alta, pero en la generación más joven de los hijos de la dictadura, era un clamor parcialmente oculto. Esos momentos están bien contados. Con omisiones y quizá con falta de detalles, posiblemente también con excesiva cantidad de nombres que ahora resultan desconocidos. Y pudiera ser, que Cebrián, con un poco más de generosidad en el relato, nos los hubiera podido definir mejor. Salvo las excepciones que hace de aquellos que para el autor eran más próximos, a quienes si describe con detalle y cariño, humano y político.

Pero tras las historias de grupos heterogéneos reunidos en casas particulares, publicaciones y revistas tímidamente aperturistas, leyes inaplicables e inaplicadas, más las debilidades del régimen. Va cuajando la idea de la publicación de El País y del permiso necesario para publicarlo, curiosamente firmado por el propio Franco tras diversos avatares. Diario que nace con una idea liberal en principio, pero con diferencias de criterio sobre cómo llevarlo a cabo entre los socios fundadores del mismo.

En esa parte nos habla de las familias políticas inversoras; como la de Areilza y sus prolongaciones, Polanco, Fraga, etc…. Y de cómo se fue perfilando un periódico que estaba siendo creado para ir en una dirección y termino yendo en otra. Da también ciertos detalles, sobre el modo en que se reclutaron algunos de los responsables que habrían de hacerse cargo de las diferentes áreas del periódico, los conflictos de intereses y las luchas por el control del Consejo de Administración. Estas últimas, resultan interesantes e ilustrativas de cómo se fue construyendo y de los poderes y contrapoderes existentes en su seno. Pero de nuevo, echo de menos más historias al respecto. Tiene lógica la discreción, al menos en lo tocante a los que aún permanezcan en el consejo, si los hay. Pero no excusa la falta de largueza en otras partes del mismo asunto.

El éxito posterior del El País y la enorme influencia que llegó a tener en la España de la transición, resulto ser un fenómeno singular en aquellos años. Y es difícil quizá, hablar más de ello, sin que parezca que por parte del autor existe una pretensión de legitimarse y alardear de los logros. Aunque al final del libro el mismo se los reconoce. Pero aún y en ese caso, ya que estaba, podría haberse explayado. Las críticas habrían sido igual de duras con o sin mayor extensión en el relato. Así como haber escrito sobre las historias que ocurren en una redacción, en los despachos, en las reuniones discretas y secretas, sobre las noticias omitidas, etc, etc, etc… Algunas de ellas cita, otras no, estas últimas seguramente son las más.

También echo de menos una visión más extendida sobre el Golpe de Estado del 23 de febrero del 81. Cuenta cosas sobre su génesis, operación Galaxia y alrededores, pero de los diversos actores y sobre las horas que transcurrieron hasta que se resolvió la situación, poco. Se queda el lector con ganas de conocer esa perspectiva con más detalle. No reclamo un análisis del intento de golpe de estado como el realizado en el libro Anatomía de un Momento de Javier Cercas. Sino desde la perspectiva periodística; los movimientos de la redacción, las llamadas telefónicas recibidas y realizadas por Cebrián y los Jefes de Redacción, la confusión existente, el Hotel Palace, la escasez de respuestas, la actividad del Rey con la prensa, la incertidumbre y los miedos que afloraron. Aquellas horas, creo que merecen un relato más pormenorizado.

Para concluir, decir que para mí gusto está bien escrito, se hace una lectura cómoda y amable, y no resulta rebuscado. Es sencilla, excepto tres o cuatro palabras académicas.  Aunque  como comentaba, deja lagunas y ganas de saber más.  Pero además de lo dicho, creo que Cebrián debería de haber escrito más suelto, con menos ataduras, así como pretender un objetivo concreto y ambicioso, con mayor transcendencia a pesar de lo que dice en el “a modo de excusa”. Sobre todo en lo tocante a la etapa en El País.

Porque a su edad, con casi 73 años poco hay que temer, salvo no haber hecho algo con la vida, y no es su caso. Quizá hubiera sido mejor esperar un tiempo prudencial para escribir y publicar, así como no estar en activo es estos momentos. Probablemente eso le hubiera permitido mayor flexibilidad, más extensión y un objetivo mejor definido.  

En todo caso, los méritos de Cebrián son muchos durante su etapa en el periódico, y a pesar de los pesares y por mucho que algunos se empeñen en lo contrario, merece un reconocimiento por su labor profesional durante aquellos años. Hay que saber reconocer el valor de las personas y ser generosos con sus logros, cosa que en esta España nuestra se escatima en general.