A la salida de la última reunión del Consejo de Ministros de Interior de la Unión del Magreb Árabe en Rabat, el titular argelino de la cartera, Dahou Ould Kablia, declaró que "las fronteras terrestres entre Argelia y Marruecos no puede seguir cerradas indefinidamente y la cuestión será resuelta próximamente". Desde que el 30 de julio de 2004, con motivo de la Fiesta del Trono, Mohamed VI anunció la abrogación de la exigencia de visado para ciudadanos argelinos, Rabat ha multiplicado las señales en aras de una reapertura fronteriza. En vano. Los que tienden explicar el mundo en términos crematísticos justifican la posición argelina en sus ingentes recursos en hidrocarburos, que le garantizan una total autosuficiencia y que han hecho del país la cuarta economía árabe en 2012. Los más militantes son proclives a argumentar el niet argelino sobre el apoyo de Argel a la causa del Polisario frente a un reino que no entiende por qué debiera desprenderse de sus "provincias del sur". Sea como fuere, las autoridades argelinas siempre habían declinado - y a veces obviado - las demandas marroquíes.

De ahí la importancia de las palabras Ould Kablia, que suponen todo un atisbo de luz en el horizonte y abren una pequeñísima puerta a la conclusión de una cuestión que lastra la construcción y desarrollo de una región que, hoy más que nunca, es fundamental para la paz y estabilidad de Europa y el Sahel. Una situación de bloqueo que dura demasiado y cuyas raíces se remontan al 24 de agosto de 1994, cuando varios hombres armados irrumpen en el hotel Asni de Marrakech para abrir fuego contra un grupo de turistas y acabar con la vida de dos ciudadanos españoles. El comando asesino estaba compuesto por tres franceses de origen argelino. Stéphane Aït Idir, Redouan Hamadi y Tarek Felah habían recibido entrenamiento militar en los campamentos de Al Qaeda en Afganistán para integrar posteriormente el maquis islamista argelino. El todopoderoso ministro del interior marroquí de la época, Driss Basri, no alberga dudas y acusa al DRS, los servicios secretos del país vecino, de estar detrás del atentado.

Hassan II decide entonces instaurar el sistema de visado para los argelinos que deseen venir a Marruecos. Las reacciones se suceden. La Embajada de la República Argelia Democrática y Popular en Rabat denuncia que decenas de sus ciudadanos han sido sacados de sus hoteles e impelidos a volver a su país. Otros muchos, que vuelven a Francia o a España a través de Marruecos, se encuentran bloqueados, al tiempo que se multiplican las denuncias de presuntas víctimas de la brutalidad policial. Argelia, que en el frente interior atraviesa uno de los momentos más convulsos de su dramática "década negra", opta por el cierre de la frontera terrestre y la reciprocidad en el sistema de visado para los marroquíes. Después de una década sellada y apenas seis años transcurridos desde su última reapertura en 1988 la frontera terrestre argelo-marroquí vuelve a estar bloqueada. Un estado de cosas no exento de perniciosos efectos económicos, políticos y humanos.

A pesar del gran potencial existente y la complementariedad entre Argelia y el reino jerifiano, los resultados de la relación económica bilateral son pobres, dejando escapar las oportunidades generadas por un mercado de 70 millones de personas. La Confederación de Dirigentes de Finanzas y Contabilidad argelina estimó en 2010 que su país perdía entre 2,2 mil millones de dólares anuales sólo por el hecho de que los intercambios comerciales no fueran directos. Por su parte, los operadores turísticos marroquíes calculan que una frontera abierta supondría un volumen adicional de dos millones de turistas por ejercicio. Paradójicamente el eje Rabat-Argel es núcleo de la Unión del Magreb Árabe, que persigue la libre circulación de bienes y personas, y la armonización de las legislaciones aduaneras para implementar una zona de libre cambio. El comercio entre Argelia, Marruecos y Túnez supone una mínima fracción de los intercambios, inferior al 5%. Una situación que implica una pérdida anual de entre 2 y 3 puntos de PIB para estos tres estados magrebíes.

Pero es a nivel humano donde más se duele el bloqueo. La región del Oranesado argelina y la Oriental marroquí, similares geográfica y culturalmente, contabilizan miles de familias rotas por la demarcación fronteriza. Padres, hijos, hermanos, primos, que residen a apenas unos kilómetros los unos de otros están separados por un muro - oficialmente - infranqueable. A los que hay que añadir decenas de miles de marroquíes que, establecidos en Argelia durante generaciones, fueron expulsados en 1975 por el presidente Boumediene como respuesta a la "marcha verde" de Hassan II y anexión por Marruecos del Sáhara Occidental. Casi cuatro décadas después quedan viviendas en Orán y en Tlemcén que permanecen vacías a la espera del regreso de sus antiguos inquilinos, que a buen seguro serán recibidos con los brazos abiertos por sus vecinos. "No hay condiciones previas", dijo Ould Kablia, al tiempo que desveló que se están llevando a cabo reuniones para estudiar los mecanismos de la apertura y abordar las cuestiones conflictivas. Apenas una brizna de esperanza, pero suficiente. Porque quizás, y sólo quizás, la apertura no esté tan lejos.