Pedro Canales

Desde la nuclearización de la Guerra fría en los años 50 del siglo pasado, el mundo ha tratado de evitar a toda costa una nueva guerra mundial, que supondría el empleo de armas atómicas y hacer volver el planeta a la edad de piedra. Todas las organizaciones internacionales, y en particular las Naciones Unidas, han buscado las alternativas al enfrentamiento global. Filósofos, científicos, artistas, todos los Premios Nobel de prácticamente todas las disciplinas, se han pronunciado repetidamente en favor del desarme, de la prohibición de la proliferación nuclear, en favor de la paz como única vía de supervivencia para la especie humana.

La crisis en Oriente Próximo, conocido como el conflicto árabe-israelí, no ha supuesto un foco susceptible de desencadenar una guerra a escala mundial durante los casi 70 años de duración desde la partición de Palestina en 1948 avalada por la ONU y la creación del estado de Israel.  Ha sido un conflicto localizado, muy cruento ciertamente, con repetidos brotes de guerra regional, pero limitado en el espacio geopolítico medio-oriental.

Uno de los factores que ha contribuido a limitar los alcances del conflicto árabe-israeli, ha sido el statu quo alcanzado en la ciudad de Jerusalén. Como “Ciudad Santa” para las tres religiones monoteístas más extendidas del planeta, la cristiana, la musulmana y la judía, Jerusalén ha tenido un estatuto de neutralidad política y de tolerancia confesional que le ha permitido ejercer de freno al extremismo religioso y (o) nacionalista xenófobo capaz de incendiar esta estratégica región del planeta.

En 1975, el mundo islámico con sus más de 1.300 millones de fieles, repartidos en 53 países, se dotaba de un “Comité Al Quds”, como se denomina a Jerusalén en lengua árabe, cuya misión principal era la de proteger la neutralidad de la Ciudad Santa. La propuesta fue hecha por el entonces rey marroquí Hassan II, y adoptada por la sexta reunión de la Organización de la Conferencia Islámica celebrada en la ciudad saudí de Yeda.

La propuesta en curso de trasladar la embajada de los Estados Unidos en Israel, de Tel Aviv, la capital reconocida internacionalmente, a Jerusalén, hecha por el presidente de EEUU Donald Trump por la presión y chantaje del primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, supone una ruptura del statu quo de la Ciudad Santa, y una provocación de alcances catastróficos para la región y para todo el planeta.

El rey Mohamed VI de Marruecos, como presidente del Comité Al Quds, ha trasladado a todos los dirigentes árabes e islámicos, así como al presidente palestino Mahmud Abbas, su preocupación y posición de rechazo categórico de la misma. Al presidente norteamericano Trump, Mohamed VI le ha hecho llegar su “extrema inquietud” por las consecuencias de tal acto. Turquía ha amenazado a Washington con romper sus relaciones diplomáticas con Israel; Irán le advierte que eso supondría para Donald Trump “los días contados” de su mandato presidencial; el rey Salman de Arabia Saudita, no lo admitirá de ninguna de las maneras.

Pero más allá de las reacciones de uno u otro país, lo que el mensaje de Mohamed VI contiene implícitamente, es que, con esta decisión, los Estados Unidos se enfrentan a los más de 1.300 millones de musulmanes de todos los continentes; no es sólo una decisión política que atañe a los 350 millones de árabes, a los países de la Liga de Estados Árabes y al pueblo palestino. Va más allá: significa enfrentarse a todos los seguidores del islam, para quienes el carácter sagrado de la segunda Ciudad Santa musulmana, es obligatorio e irreversible. De llevarlo a cabo, Donald Trump y Benjamín Netanyahu, podrían pasar a la Historia como responsables de haber desencadenado la tan temida Tercera Guerra Mundial. Jerusalén va mas allá del propio conflicto palestino-israelí, va más allá de las contingencias políticas y del nefasto reparto de influencias en Oriente Próximo por las potencias mundiales: romper el statu quo de su neutralidad histórica y su tolerancia religiosa, significa hacer estallar un polvorín que afectará a todo el planeta.