José María Peredo Pombo. Catedrático de Comunicación y Política Internacional de la Universidad Europea de Madrid.

Si los españoles debemos pedir perdón a México como dice López Obrador, qué tendrán que pedir Benjamín Netanyahu y Donald Trump a los 23.000 drusos sirios que viven en el territorio ocupado de los Altos del Golán cuya soberanía, autoproclamada por Israel, ha sido reconocida por el presidente norteamericano, de manera unilateral. En un mundo donde sobran elementos de tensión y cuyas relaciones internacionales pasan por momentos de reconfiguración, las grandes potencias y los líderes y demagogos establecen posiciones sobre los restos de conflictos cruentos, mientras rescatan relatos vacíos e interminables, para convertir la historia en política y la política en historia.

Oriente Medio vive la agonía del final de la guerra en una Siria destruida y reconvertida en un frío y polvoriento juego de mesa. Irán extiende su influencia entre las minorías deshechas para revitalizar la narrativa islamista del enemigo común israelí. Y busca un corredor político-cultural para hacer llegar su mensaje desde Teherán hasta el Líbano. Turquía aspira a controlar territorios antiguamente otomanos y así convertirse en un paso seguro en las nuevas rutas de la energía, donde los kurdos no tengan espacio para impulsar ninguna aspiración soberana. Rusia impone la pieza de la dinastía Al Asad como única solución frente al caos, y así mantiene al régimen y su control sobre el país, así como a un aliado tradicional y estratégico en la región y en el Mediterráneo Oriental. Israel mueve la ficha de los Altos del Golán para recoger del río revuelto de la guerra, un territorio que significa agua para el Jordán, mayor seguridad contra eventuales integrismos en el Norte, y una posición estratégica que le haga consolidar su deseo de convertirse en una potencia regional, reconocida y respetada como tal, en el nuevo mapa geopolítico.

El servicio de exteriores de Donald Trump ha debido sugerir al presidente que reconociera la soberanía israelí en los Altos para equilibrar el nuevo tablero y para hacer más visible la debilitada política americana en la zona. A lo cual Trump ha reaccionado con la rapidez con la que nos tiene acostumbrados cuando se trata del Israel de Netanyahu. Pero aún con más vistosidad, para dejar claro que su figura ha renacido con fuerza de las cenizas de los tribunales, y que su amigo, el primer ministro israelí, ha sido en todo momento un fiel aliado de los Estados Unidos y del ‘trumpismo’.

Los Altos del Golán fue un territorio ocupado por Israel en la disruptiva guerra de los seis días en 1967. Ben Gurión había establecido la doctrina de alejar las fronteras del nuevo y frágil estado israelí y defenderse así de los ataques en terreno enemigo. “La seguridad absoluta de un actor, - decía Kissinger - implica la inseguridad completa del resto”. El Golán y el Sinaí, se convirtieron en los tapones o cinturones de defensa que Israel situó al Norte y al Sur. Años después, durante la guerra del Yom Kipur, con Ariel Sharon a la cabeza, el ejército judío defendió con uñas y dientes el enclave, que suministraba agua y defensas naturales al país. Y años después, tras la firma del Tratado de paz de Camp David con Anwar el - Sadat en 1979, devolvió la extensa Península del Sinaí a Egipto.

Para justificar los hechos consumados de entonces, la actual reclamación de soberanía tras la guerra siria, donde Israel no ha combatido de manera abierta sino esporádicamente, Netanyahu ha alegado que hay símbolos y restos de la milenaria cultura judía en los Altos del Golán. Como si no hubiera restos de la milenaria cultura en el Sinaí, por donde transitó 40 años el pueblo judío buscando la Tierra Prometida. O como si restos similares no estuvieran presentes y ocultos en la totalidad de países de la región. La historia del Golán, el prestigio de Trump y la campaña de Netanyahu, sobre la mesa.