Víctor Arribas

Quince líderes mundiales han rendido homenaje a los soldados que partieron de las costas británicas, donde nunca llegaron a pisar las botas nazis, rumbo a las playas de Normandía. Los eventos que conmemoran el 75 aniversario del Desembarco, del Día D conocido también como Operación Overlord, recuerdan a la humanidad que aquello ocurrió en realidad, que no sólo forma parte de los libros de Historia. En el siglo de las mujeres, las mujeres que participaron en aquel acontecimiento que cambió el curso del mundo han tenido un papel protagonista, junto a los veteranos que aún pueden contar lo que vivieron en el amanecer del 6 de junio de 1944. Todos fueron héroes. Su determinación colectiva por el bien de la especie humana les hace acreedores de homenajes como éste todos los años, como se hace con las víctimas del 11-S. La declaración conjunta de todos los mandatarios deseando que nunca se repita el horror del Reich alemán y de la locura en el Pacífico puede compensar en parte ese olvido anual hacia los supervivientes y los caídos en Normandía. 

Los participantes en este evento retransmitido a todo el planeta se han dejado ver en el muelle de Portsmouth, y también se han dejado escuchar. Líderes como May Macron han leído cartas dirigidas por combatientes a sus familiares, misivas que han estado siete décadas y media guardadas como tesoros en los cajones de la mesilla de nobles mujeres y sufridos hijos. A ellos es a quienes ha olvidado especialmente uno de los asistentes, el más polémico y populista. Su visita al Reino Unido tenía mucho calado desde diferentes puntos de vista: el político, el comercial y económico, el de los gestos, el de la diplomacia y el de la tradición. Ésta última es la que pisotea Donald Trump con su idea peculiar del papel que Estados Unidos debe tener en el concierto internacional, una vez ha definido y dejado muy claro cual es su modelo interno para el país que dirige.

Lo que ha dicho sobre las relaciones futuras de Londres con la UE una vez consumado el Brexit, lo que ha dicho sobre el alcalde de la capital británica que es un representante institucional, lo que ha dicho sobre la esposa de uno de los príncipes de la Corona y de la Casa Windsor, todo ello revoca la tradición de entendimiento entre dos patrias, de pasado común, de objetivos compartidos en el concierto internacional, de raíces comunes en los territorios británicos desde los cuales emigraron millones de familias para fundar un nuevo hogar al otro lado del Atlántico. Ni siquiera Trump tiene derecho a obviar todo eso con sus arranques de sinceridad, por coherentes que sean, en las redes sociales o en las entrevistas personalizadas que concede a los medios de comunicación. Medios que tampoco se han librado de sus invectivas: la CNN se ve en los hoteles y residencias diplomáticas de todo el mundo y el hombre más poderoso del mundo echa de menos Fox News

El vínculo angloamericano va mucho más allá de la lengua común y la historia compartida. La “relación especial” abarca, y eso debería entenderlo Trump, a todo lo que representa un país y su gobierno, no solo a los amigos Boris JohnsonNigel Farage. Los dos países han compartido fines estratégicos y alianzas militares, juntos han salvado al mundo más de una vez. Es cierto que entre yanquis e ingleses siempre ha habido rencillas y malos rollos, envidias y rivalidades. Los mismos soldados americanos y británicos que aguardaban la orden de salida en la noche del 5 de junio recelaban los unos de los otros, por no hablar de los mandos de ambos headquarters.

En el arte siempre han vivido una sana competencia: en literatura, en arquitectura, en cine. Las más importantes disciplinas se han visto mejoradas gracias a ese afán de superación de los dos países respecto a lo que el socio preferente iba conquistando. Pero los símbolos que les unen son mucho mayores que los elementos separadores. El escritorio Resolute, sin ir más lejos, que utilizan los presidentes americanos en el Despacho Oval, fue un regalo de la Reina de Inglaterra a Hayes, décimo noveno presidente estadounidense. ¿Cómo tratar ahora de horadar esas relaciones con arengas populistas?

Está claro que Trump practica, como todos los políticos de su especie tanto a derecha como a izquierda, el cuando peor mejor, y que las relaciones internacionales ya no son las mismas desde su llegada al poder en enero de 2017. Lo hemos observado ya en relación con Corea del Norte, a Irán, a China y a sus propios aliados en la OTAN. Pero alguno de sus asesores debería hacerle comprender (para eso les paga el pueblo americano) que el pasado no es una reliquia gratuita que se pueda ignorar ni despreciar.