Carlos Miranda. Embajador de España/merca2.es

La caída, en 1989, del Muro de Berlín y, en 1991, de la Unión Soviética trajeron un nuevo paradigma. Junto al final del comunismo y la (relativa) democratización de los restos del Imperio soviético, se profundizó la globalización con sus vasos comunicantes planetarios. Mejoraron económicamente países en desarrollo y empeoraron países desarrollados. El cambio climático, las migraciones y la crisis económico-financiera agravaron la situación en casi todos lados favoreciendo los populismos.

Quedó una sola superpotencia, EEUU, al desaparecer el Pacto de Varsovia por la fuga entusiasta de sus miembros a la OTAN para precaverse de Moscú. Se derrumbó la Unión Soviética, con su reguero de independencias y explosionó la propia Rusia a la que se le escaparon, entre otros, los tres países bálticos, Georgia, Bielorrusia y Ucrania. Sin embargo, Rusia reapareció tras controlar los desórdenes de su triple cataclismo y, ahora, China emerge inquietantemente.

Son tres potencias nucleares, aunque Washington y Moscú disponen de arsenales muy superiores a los de Beijing. Igualmente son nucleares Pakistán y la India. Pero, Islamabad y Nueva Delhi se miran sin pestañear en su provincianismo local, aunque desde el subcontinente vigilan asimismo la cercana China. Los demás nucleares lo son también localmente: Corea del Norte quiere que sobreviva su monarquía comunista; Israel, que no le echen al mar; Francia, que nadie toque su hexágono; Reino Unido, sus islas.

China puede planear a cuarenta años por la estabilidad actual de su dictadura capitalista del proletariado mientras mantenga un fuerte crecimiento, lo que no está claro. Debe prevenirse de Rusia y quiere establecer un control de sus zonas vecinales, en especial en el Mar de China meridional. Su objetivo estratégico es el de controlar económicamente buena parte del mundo. Su incremento militar podría ser competitivo con los EEUU, pero tampoco tiene porque serlo globalmente. El tiempo y las circunstancias lo dictaminarán en función de su propia estabilidad interior.

Rusia ha recuperado un control parcial de su entorno vecinal, especialmente en el Cáucaso y con la anexión ilegal de Crimea. Desea condicionar a Bielorrusia y a Ucrania, además de amilanar a los tres países bálticos y de mantener territorios marionetas cerca de Georgia y Rumania. Ocupa, a través de Siria, el vacío que deja EEUU en el Oriente Medio y, cómo cuando era URSS, se persona en América Latina, patio trasero estadounidense. Su rol es, sin embargo, más contenido que cuando la Guerra Fría, sin perjuicio de intentar recuperar zonas que puedan descuidar los EEUU o la Unión Europea.

Los EEUU están abdicando de su misión redentora democrática mundial (salvo, ahora, en Venezuela). Pide relevos en materia de defensa que los europeos apenas dan porque cuesta dinero. No tienen aun suficientemente claro en la Unión su propio destino manifiesto, aunque se les repita insaciablemente la necesidad de una UE federal, integrada política y económicamente.

EEUU es aún más poder global que Rusia y China, aunque limitado por estos dos “marcadores”. Un triunvirato asimétrico. La denuncia del acuerdo INF por EEUU y Rusia subraya su preocupación por la ascendente China, augura carreras armamentistas y hace aún más necesaria una ONU con un Consejo de Seguridad que funcione bien. Mientras tanto, la arquitectura del desarme y del control de armamentos se diluye, incrementando riesgos diversos para una Europa que Moscú no desea ni estable ni unida junto al objetivo de sacar de la misma a los EEUU.

Difícilmente podrá la UE ser equidistante de estos tres triunviros si no forja una verdadera Unión con su propia defensa nuclear y capacidades tecnológicas punteras. Además, el Atlántico Norte es un polo inevitable de fusión cultural, económica y política entre América del Norte y Europa.