Javier Fernández Arribas

La desesperación lleva al ser humano a actuar de manera temeraria frente a poderes mucho más fuertes y armados hasta los dientes. En Venezuela, a la desesperación de miles de personas que desafían a los colectivos armados, a la Guardia Nacional Bolivariana y al propio Ejército que debería defender los intereses de su pueblo y no los de un entramado narco dictatorial corrupto y desalmado, se une la dignidad de recuperar la libertad, la democracia y los alimentos, medicinas y seguridad imprescindibles para llevar el día a día de sus vidas.

Miles de venezolanos sin miedo salen a la calle para protestar ante unos dirigentes que han convertido su existencia en un verdadero calvario de penurias, desgracias, frustraciones y desengaños. La gestión del presidente Nicolás Maduro y el entramado chavista ha colocado a uno de los países más ricos de América Latina en una crisis insostenible donde la inflación está por encima de los 10millones/%, los salarios medios no pasan de 10 euros al mes, donde escasean los alimentos de primera necesidad, también los medicamentos básicos para las enfermedades más corrientes y donde la seguridad de las personas en las calles ha desaparecido ante las mafias, los grupos criminales y la represión de las fuerzas paramilitares del régimen y de los servicios secretos, controlados principalmente por agentes cubanos.

Hasta tal punto es relevante la presencia de los cubanos, que durante décadas consiguieron preservar a los hermanos Castro de las intentonas malintencionadas de la CIA norteamericana, que han sido capaces de servir desde el SEBIN, Servicio Bolivariano de Inteligencia, de herramienta principal para desbaratar la Operación Libertad, al menos en sus primeros días, aunque su jefe, el general Cristofer Figuera, había decidido apoyar la acción del presidente encargado de Venezuela, Juan Guaidó, para desalojar del poder a Nicolás Maduro. La presión que realizan estos agentes sobre los familiares, amigos y negocios de los altos mandos militares venezolanos, empezando por el propio ministro de Defensa, Vladimiro Padrino, es tan convincente por su brutalidad que obliga a cambiar opiniones con inusitada rapidez.

Es lo que ha ocurrido en unas horas clave en Caracas, desde la mañana del martes 30 de abril a la tarde, cuando después de lanzar la operación de liberar de su arresto domiciliario al líder opositor, Leopoldo López, y llamar al alzamiento militar de las principales unidades del Ejército desde la base aérea de La Caleta, donde algunos militares, por fin, le respaldaban Juan Guiadó comprobó estupefacto que los generales y altos cargos civiles en el Tribunal Supremo y la Fiscalía, que habían confirmado su apoyo para acabar con Nicolás Maduro y los chavistas en el poder, se echaban atrás. El ministro Padrino compareció públicamente para desautorizar el intento de lo que denominó escaramuza y después acompañó al propio Maduro en el video que daba por zanjada la asonada contra él.

En Washington, no se daba crédito a lo que ocurría. Lo tenían todo atado, pero los rusos interfirieron la operación y evitaron que Maduro saliera del poder y de Venezuela. Los insurrectos se quedaron en tierra de nadie y tuvieron que improvisar: Guiadó continuar con sus llamamientos a la movilización popular para seguir presionando con paros y una huelga general, Leopoldo López y su familia refugiándose en la residencia del embajador español en Caracas, después de pasar por la representación diplomática de Chile, para ser huéspedes y lograr protección que evite su regreso a la prisión militar de Ramo Verde donde cumplía una condena de 14 años de prisión.

El poder chavista ha repartido diversas prebendas entre los altos mandos de las Fuerzas Armadas y de la Policía para garantizarse su lealtad. Licencias y concesiones en sectores como la energía, el petróleo, la construcción, la seguridad, la alimentación, el turismo que les permiten gozar de unos privilegios extraordinarios que ahora se afanan por conservar. Venezuela vive horas críticas con un elevado riesgo para las vidas de miles de civiles que ocupan las calles de las ciudades para exigir el final de la dictadura. Responden al llamamiento de Juan Guaidó para acabar con un régimen que también intenta que sus seguidores subvencionados salgan a la calle para demostrar su legitimidad por el apoyo popular.

De momento, los enfrentamientos se han limitado a gases lacrimógenos y piedras para evitar que la muerte de inocentes pueda ser utilizada por alguno de los dos bandos. Perversa gestión de las vidas de miles de personas en lo que se considera una rebelión popular contra la usurpación del poder por parte de Maduro y los chavistas o un intento de golpe de Estado orquestado por Estados Unidos. El papel de Rusia, vendedor de armas a Maduro y con efectivos militares en suelo venezolano, y el de China acreedor de bonos por más de 120.000 millones de dólares, respaldados por el petróleo y materias primas, complican y mucho la solución al conflicto. Mientras miles de venezolanos sin miedo se juegan la vida.