Pedro Canales

Pie de foto: El conflicto en la ex colonia española que dura más de cuatro decenios, en vías de encontrar una solución sin vencedores ni vencidos.

El año 2017 se perfila como el de profundas mutaciones geopolíticas en el norte de África. Toda una serie de indicios muestran que la actual situación de statu quo en la crisis del Sahara Occidental va a modificarse. La vuelta de Marruecos a la organización panafricana – fue miembro fundador de la OUA, Organización para la Unidad Africana, pero la abandonó y ha sido el único Estado del continente a no formar parte de la Unión Africana -, el posible desmembramiento confederal de Libia, la constitución de alianzas político-militares entre países de la región para combatir el terrorismo transnacional en el Sahel y en África occidental, y la recuperación de la estabilidad y el crecimiento en Túnez y en Mauritania, a pesar de la crisis socio-económica que azota la región, conforman un panorama favorable a la búsqueda de soluciones definitivas a los conflictos regionales.

Es cierto que los países del Golfo, las monarquías de Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos y Catar, se muestran muy activas en mediar entre Argel y Rabat para abrir vías de solución a la crisis. Sus relaciones estructurales con la monarquía alauita y personales con el Presidente argelino se lo permiten. No lo hacen con el otro actor, el Frente Polisario, porque no tienen vinculaciones con el mismo, aunque envían mensajes dejando entrever que todos saldrían ganando con el fin del conflicto.

Pero la iniciativa más importante viene del interior mismo del régimen argelino. El Presidente Abdelaziz Buteflika, si su salud se lo permite, está dispuesto a encontrar una solución definitiva. “Lo intentó hacer en el momento en que accedió a la presidencia en 1999 – ha confiado a ATALAYAR una fuente vinculada al gobierno tunecino -, pero la muerte de Hassan II frustró el proyecto”. Posteriormente, en la primera década del 2000 Buteflika realizó varios intentos, pero el establishment militar se lo impidió. Quizás era demasiado pronto. Argelia salía de una década sangrienta, convulsa, de masacres, atentados y desapariciones forzosas con no menos de doscientas mil víctimas. Aún había que esperar.

La declaración de Lakhdar Ibrahimi, amigo personal de Buteflika, hecha en una reunión en Orán sobre temas militares y de seguridad, llamando a “dejar de lado el problema del Sahara Occidental” y acercar Argelia y Marruecos; sus anteriores viajes a Rabat, sus entrevistas con el ex primer ministro marroquí Abderrahmán Yussufi, los viajes de personalidades de alto nivel entre los dos países, con motivo del funeral de Ait Ahmed o del homenaje al ex presidente Ahmed Ben Bella hecho en Rabat, las polémicas declaraciones del ex secretario general del FLN Amar Saadani distanciándose de la posición oficial; todo ello indica que ya se han sentado las bases  del acercamiento y  la solución.

Sin embargo, fuentes conocedoras de los mecanismos y del comportamiento de los sistemas políticos imperantes en la región tan diferentes y a menudo opuestos entre ellos, como la simbología y el estricto protocolo monárquicos en Marruecos, y la herencia de legitimidad revolucionaria en Argelia fundada en la guerra de liberación anticolonial, coinciden en que es necesario un acto de gran impacto histórico y político para sellar definitivamente el contencioso.

En este sentido se habla de un encuentro directo entre el rey Mohamed VI y el Presidente Buteflika, como conclusión de negociaciones intensas a las que los emisarios del Golfo no son ajenos, y en las que además de representantes del movimiento independentista Frente Polisario, podrían participar también otros países como España, Francia y Estados Unidos, que tienen interés en la solución del conflicto. Sólo una reunión de alto nivel con luz y taquígrafos entre el soberano marroquí y el presidente argelino, pondría fin a la crisis entorno a la ex colonia española. Soluciones hay, sólo falta la voluntad política y la oportunidad.

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