Antonio Sánchez-Gijón/CapitalMadrid.com

Mientras en Berlín, y ante el Bundestag, el pre­si­dente francés Enmanuel Macron pro­ponía este do­mingo la aper­tura de “una nueva etapa” en el desa­rrollo de la Unión Europea, en Roma el vi­ce­pre­si­dente del go­bierno ita­liano, Matteo Salvini, con­vo­caba al pueblo a la ce­le­bra­ción de una ma­ni­fes­ta­ción, el pró­ximo 8 de di­ciem­bre, contra la misma Unión Europea, como res­puesta al re­chazo al pro­yecto de pre­su­puesto pre­sen­tado unas se­manas antes a la Comisión.

El gobierno italiano justifica ese presupuesto, que excede el límite del déficit aprobado por la Comisión, como respuesta a la caída del producto interior bruto, y al aumento de la desocupación y de la pobreza, los tres males que definen la coyuntura actual de la economía italiana, según el ministro de Asuntos Europeos, Paolo Savona, en un artículo en Il Sole 24 Ore. El ministro rechaza las condiciones de Bruselas porque no fueron discutidas con el actual gobierno, sino dictadas al anterior. El actual quiere revisarlas en un diálogo con Bruselas, que se llevaría a cabo dentro de un “grupo de trabajo”. Uno de sus argumentos es que la economía de la Unión registra superávit, lo que debería permitir revisar los parámetros fiscales de cada miembro del conjunto.

Italia se haya, en estos momentos, dependiente de Europa, debido a la exigencia comunitaria de un déficit máximo de 1,6%, frente a una propuesta del 2,4%. Bruselas se basa en el hecho de que el ‘spread’ italiano está por encima de los 300 puntos, y Roma arguye que es precisamente ese costo lo que frena la recuperación de la economía. El gobierno, de todos modos, confía en apoyarse en la mediación que puedan hacer tanto el presidente de la Comisión, Juncker, como el comisario de Economía, Pierre Moscovici, no tan inflexiblemente partidarios del estricto cumplimiento de las reglas. Lo que Bruselas discute al presupuesto italiano es su previsión del crecimiento para el próximo año, del 1,5%, que se basa en parte en la hipótesis de unos ingresos por privatizaciones, de €18.000 millones, considerada muy optimista.

El discurso de Macron en Berlín no se ha dirigido, por supuesto, a los problemas económicos de un país dado de la Unión, sino que es una apuesta a favor del enfoque político. “Europa, y en su seno la pareja franco-alemana se ha echado encima la obligación de no dejar que el mundo se deslice al caos”, dijo el presidente francés.

Es precisamente Italia el país que inquieta más a Europa desde el punto de vista del caos, dado que el aumento del sentimiento antieuropeo en el seno de su sociedad constituye la proa de un frente plurinacional, crítico con las reglas y decisiones de Bruselas.

Ante la actual situación de Europa, dijo Macron en Berlín, Francia y Alemania tienen una nueva responsabilidad: “consiste en dotar a Europa de los útiles de su soberanía”. Macron dio a entender que uno de esos útiles sería la posibilidad de realizar transferencias dentro del sistema de la moneda única. Más preciso fue Macron en cuanto a la necesidad de una capacidad común de decisión en materias de política exterior, migraciones y desarrollo.

Elemento esencial de esa capacidad será un presupuesto común para la Eurozona, propuesta que será elevada al consejo del Eurogrupo, el lunes 19 de noviembre, y que sería controlado por los ministros de Hacienda. En los planes de Macron, tal como los expuso en un discurso ante la Sorbona en septiembre de 2017, la arquitectura del euro debe completarse con una unión bancaria, que requeriría un seguro de depósitos común, así como ampliar el mecanismo europeo de estabilidad. Los anteriores gobiernos italianos, junto con el alemán, apoyaron entonces parte de esas propuestas

Las respuestas de Merkel a lo dicho por Macron en la Sorbonne fueron ambiguas. En Berlín, sin embargo, la canciller sintonizó con él, al mostrarse a favor de un Fondo Monetario Europeo.

De todos modos, las ambiciones europeas de Macron seguirán condicionadas por un ‘Expediente Italia’ netamente político, que no se limita a las transgresiones de la disciplina fiscal por parte de la tercera economía del euro, sino que se contagia, como difuso malestar, entre ciertas sociedades de la Unión, que ven crecer el proyecto europeo en detrimento de lo que consideran derechos inalienables de sus constituciones políticas. Un sentimiento que se quiere sintetizar en la palabra “populismo”.