Paco Soto

Pie de foto: Los ministros de Asuntos Exteriores de Argelia, Egipto y Túnez, en El Cairo.

La solución a la crisis que vive Libia desde que el dictador Muamar Gadafi fue derrocado y ejecutado solo tiene una salida política. Esto es lo que reiteraron esta semana, en El Cairo (Egipto), los ministros de Asuntos Exteriores argelino, egipcio y tunecino, Abdelkader Messahel, Sameh Choukri y Khemaies Jihnaoui, respectivamente. Los tres países norteafricanos han sellado una acción común a favor de una solución de naturaleza política a la grave crisis de Libia. Argel, El Cairo y Túnez apuestan por un “acuerdo político” entre las partes enfrentadas para superar el conflicto. En términos generales, es la posición de la comunidad internacional. Desde que se hundió el régimen de Gadafi, en octubre de 2011, Libia, gran productor de hidrocarburos, es un país a la deriva. Las divisiones políticas, institucionales, territoriales, tribales, el terrorismo yihadista y la violencia de milicias islamistas radicalizadas y de poderosas bandas de delincuentes han destrozado al país norteafricano. La comunidad internacional reconoce al Gobierno de Unión Nacional (GNA) de Fayez al-Sarraj, asentado en Trípoli, pero el Parlamento de Tobrouk no apoya a este Ejecutivo, porque considera que carece de legitimidad y no representa los intereses del conjunto de la población libia.

En este contexto tan complejo, la reunión tripartita de El Cairo fue útil para que tres países del norte de África directamente vinculados al conflicto libio, y dos de ellos, Egipto y Argelia, potencias regionales, reiteraran su apoyo al “proyecto de solución política a la crisis en Libia”. Los jefes de las diplomacias de los tres países expresaron su apoyo a “la unidad, la estabilidad y la integridad territorial” de Libia, y defendieron “el diálogo y el acuerdo político como única solución a la crisis”. Los ministros de Exteriores argelino, egipcio y tunecino rechazaron abiertamente la opción militar para superar el conflicto y también se manifestaron en contra de una intervención extranjera. La diplomacia argelina lleva tiempo defendiendo la opción política negociada a la crisis libia, “el diálogo inclusivo y la reconciliación nacional”, y ha denunciado en varios foros panafricanos la injerencia extranjera. En este sentido, la labor de Abdelkader Messahel es especialmente delicada, porque algunas potencias como Francia no han rechazado completamente la opción militar.

Contra la injerencia extranjera

El Gobierno de Fayez al-Sarraj ha dejado claro que no piensa tolerar injerencia militar extranjera en su país. En julio de 2016, después de la muerte de tres suboficiales franceses de los servicios de información militares en Libia, el primer ministro avisó a París de que no podía actuar en el país norteafricano sin coordinarse con el GNA. Francia encabezó con Reino Unido una coalición de países que bombardeó Libia y derribó la dictadura de Muamar Gadafi, pero no fue capaz o no le interesó ayudar a los libios a construir un Estado moderno y estable. El año pasado, muchos libios se manifestaron en Trípoli y Misrata contra “la presencia militar francesa”. En Bengasi, un Consejo Revolucionario que agrupa a diferentes milicias, algunas de ellas islamistas, hizo un llamamiento a la movilización de los libios para “expulsar” a los militares extranjeros y franceses que actúen en el país, y denunció “la invasión de los cruzados”.

Pie de foto: Un grupo de mujeres libias en un acto político.

El pastel de los hidrocarburos

No es ningún secreto decir que Francia, pero también Estados Unidos, Reino Unido, Italia, España y otros países occidentales quieren repartirse el pastel de los hidrocarburos libios. Tampoco es una temeridad afirmar que la lucha contra el terrorismo, aunque es cierta, es una buena excusa para que Occidente controle materias primas estratégicas como el gas y el petróleo en Libia y otros países. Para conseguir su objetivo, Occidente no tiene muchos reparos morales. En Libia, su política es pragmática y obedece ante todo a intereses económicos y geoestratégicos. La democracia, el Estado de derecho y los derechos humanos no son una prioridad absoluta. Por eso mismo, Francia no tiene ningún reparo en dar su apoyo al GNA de Trípoli y en asesorar militarmente al general rebelde Khalifa Haftar, atrincherado en Bengasi, porque lleva a cabo un combate sin cuartel contra bandas islamistas armadas. Haftar también cuenta con el apoyo de Estados Unidos.

Doble juego

Este doble juego perverso, que ni Francia ni otros países occidentales reconocen, es percibido negativamente por muchos libios y norteafricanos. Países como Egipto y Argelia no son precisamente ejemplos de democracias transparentes y consolidadas. Ahora bien, sus dirigentes, que desde luego no son rebeldes antioccidentales, saben perfectamente que la crisis libia afecta directamente a sus respectivos países y no pueden hacer caso omiso de ello. Otra cosa es que París, Washington, Londres, Roma, Berlín o Madrid les hagan caso. La ONU apoya una solución política a la crisis libia. El pasado mes de agosto, Ghassan Salamé, nuevo representante de António Guterres, secretario general de la ONU, se mostró “convencido” ante el Consejo de Seguridad del organismo internacional que es posible un “acuerdo político” que pueda “garantizar una reconciliación” entre todos los libios. Un deseo encomiable, sin lugar a duda. Ahora habrá que ver si la ONU tiene más influencia en el norte de África que un puñado de potencias occidentales.

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